OPINIÓN
Muchos políticos y funcionarios de hoy día se destacan por sufrir los efectos de esta suerte de epidemia, construyendo ficciones
Por Carlos Berro Madero
Como señalaba Schopenhauer, hay individuos que se vuelcan sobre sí mismos, procurando aislarse de todo acontecer externo, al sentir que el mismo se muestra amenazador para su “creatividad conceptual”.
Dichos sujetos no controlan, ni logran comprender, ciertos procesos que se desarrollan a su alrededor, tratando de instalar la validez de una suerte de “interioridad romántica” (sic) totalmente subjetiva, que los lleva a fracasar cada vez que comunican ideas que solo reflejan su inapelable fidelidad a sí mismos.
Muchos políticos y funcionarios de hoy día se destacan por sufrir los efectos de esta suerte de epidemia, construyendo ficciones sobre algunos asuntos a la medida de sus apetencias personales y contribuyendo a un aislamiento conjetural que los lleva a provocar verdaderos desastres con sus actos de disposición.
En efecto, alejados del hombre “del común” (Ortega), desarrollan una individualidad monárquica, apelando a los valores de una “riqueza” de ideas que terminan siendo rechazadas por quienes esperan ser oídos e interpretados correctamente.
Esto se ha convertido en una constante de los tiempos modernos, provocando crisis sociales y políticas de resolución casi imposible, al asentarse sobre el sentimiento de individuos que intentan poner el mundo que los rodea sobre sus espaldas para promover un supuesto “nuevo orden”.
Convencidos que lo que representan frente a los demás es lo que exalta el valor de su honor, categoría y gloria personal, olvidan que toda realidad se compone de dos partes: sujeto y objeto; las que deben compatibilizar distintas diferencias conceptuales.
La política mundial está produciendo una enorme cantidad de líderes que adolecen de esta falla garrafal y los lleva a chocar, casi invariablemente, con una realidad que no se muda y los enfrenta, mientras esboza frente a ellos una mueca dolorosa.
Se trata del ensimismamiento provocado por un tipo de razón “ilustrada”, que termina por convertirse en ciega e irracional potencia de destrucción y sacude los cimientos de toda la sociedad, contribuyendo a la expansión de un individualismo torpe que promueve un desarrollo social de poca duración en el tiempo.
La lista de afectados aumenta de manera alarmante, y no parece existir por el momento un remedio efectivo para controlarla, evitando el colapso de una democracia al borde de la implosión.
Quizás, porque como decía Chesterton en “La superstición del divorcio”, el hombre persigue finalmente siempre su propia aventura.
A buen entendedor, pocas palabras.
Tribuna de Periodistas

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