CÓMO RECUPERAR LAS MALVINAS

OPINIÓN

Argentina tiene una oportunidad histórica para restablecer su soberanía en el archipiélago sin disparar un solo tiro: la batalla cultural

Por Alejo Schapire

Siempre quise recuperar las Malvinas. En abril de 1982, tenía nueve años. Vivía tan lejos del colegio de Martínez, al que fui cuatro años, que era el primero del recorrido del micro escolar. Me acostaba en los asientos del fondo y escuchaba la radio a todo volumen con las noticias. Medio dormido, seguía los partes de guerra, intentando reconstruir con los ojos cerrados los combates aéreos. Nunca había visto un “sijarrier”; me lo imaginaba como un terrible caza negro recortado en un cielo muy azul, perseguido por intrépidos Pucará con la escarapela pintada en el fuselaje.

Ya en la escuela, cantábamos “tras su manto de neblinas” y dibujábamos la bandera. Recuerdo la incomprensión divertida de Yves, un díscolo francés pelirrojo, el único compañero que llevaba anteojos, retado por la maestra de Historia y Geografía por haber coloreado de violeta un pabellón que no era de su país. Tampoco me olvido de la joven maestra de francés recién llegada que no usaba corpiño y se inclinó una mañana sobre mi pupitre con los ojos llenos de lágrimas para reclamarme: “Ustedes están locos, ¿cómo le van a hacer la guerra a Inglaterra?”.

Desde entonces, aprendí qué era un Sea Harrier y la instrumentalización política de la guerra como último intento desesperado de una dictadura buscando sobrevivir, aferrada al salvavidas de la sagrada unión nacional. Aparte de los testimonios de sobrevivientes, documentales, literatura —Los pichiciegos de Fogwill; Las Islas de Carlos Gamerro—, vi pasar décadas de inconducente politiquería chovinista en clave electoral para recuperar el archipiélago. Más recientemente, miro videos en TikTok de los propios isleños y leo crónicas de viajeros con mirada argentina, como la de Marcos Falcone. No voy a hablar ni de lo justo del reclamo ni de sus evidentes usos políticos de distracción, tanto para consumo doméstico como británico. Lo que sí me llama la atención es que, después de tantos años, Buenos Aires no haya ensayado el plan más evidente y pragmático para recuperar las islas.

Palestinizar Malvinas

Para cualquier observador de la política europea, está claro que estos países atraviesan una crisis mayor de identidad nacional. Décadas de autoflagelación por los pecados del colonialismo, la consiguiente alergia a cualquier manifestación de patriotismo por temor a ser acusado de racista, así como la celebración del exotismo tercermundista, han creado un terreno extremadamente fértil para nuestros intereses. La imprevisible política exterior de Trump, más amable con adversarios de Estados Unidos que con sus aliados tradicionales, y el alineamiento ideológico con Milei nos han abierto una excepcional ventana de oportunidad.

Cualquiera de las potencias europeas en declive está hoy profundamente partida en, al menos, tres bloques: una izquierda capturada por su ala radical, unos conservadores aún bajo la tutela moral del progresismo y una reacción nacionalista que convierte la nostalgia en programa frente a unas sociedades transformadas por la inmigración.

En este contexto, donde el nacionalismo propio —únicamente— es visto con recelo, no son de extrañar las pocas ganas que sus ciudadanos tienen de dar la vida por su país. En Europa Occidental, apenas un tercio de la población dice estar dispuesto a defender su tierra con armas. En Gran Bretaña, una encuesta sobre una hipótesis todavía más concreta (ser voluntario ante una invasión inminente) encontró sólo un 6% de respuestas afirmativas.

Declive del nacionalismo, auge del individualismo hedonista, culpa por el pasado colonialista: todas estas debilidades son para nosotros ángulos de ataque. Lo importante es cómo jugar estas cartas.

El llamado a la unidad nacional de Milei es útil, más allá de sus intenciones para mejorar su imagen a nivel nacional, sobre todo porque necesita para esta estrategia de soft power a la izquierda. Un Juan Grabois o una Myriam Bregman son voceros ideales para avivar las culpas de los europeos, en especial con los militantes anticoloniales y antirracistas británicos, el ala radical y propalestina, en particular de Jeremy Corbyn, el Green Party y sus secuaces. Los diputados argentinos que juraron sus cargos por Palestina serán nuestra primera línea de combate con la consigna “Free Malvinas, Globalize mate”. Un pañuelo de tipo kufiya pero con motivos de las islas podría ponerse de moda en los campus universitarios del hemisferio norte.

Las Actrices Argentinas serán enviadas con abultados viáticos a todos los festivales internacionales de cine, donde deberán, desde las alfombras rojas, recordar con tono solemne y moralizante que las Malvinas son argentinas, racializadas, y que sus ocupantes son colonos blancos privilegiados, opresores de nacimiento que no tienen ni voz ni voto en el asunto. Algún billete o canje podrá dárseles a Roger Waters, Javier Bardem, Mark Ruffalo y Susan Sarandon para que se pongan una remera o un prendedor con las Malvinas pintadas de celeste y blanco. Nuestros megáfonos serán Al Jazeera, RT (ex-Russia Today), Telesur y el puñado de suscriptores que le queden a Le Monde Diplomatique. Si alcanza para comprar bots anglófonos manejados desde la India o Pakistán, es un plus.

También se puede enviar a los chiques de Just Stop Oil o Extinction Rebellion a enchastrar con pintura las sedes de las petroleras británicas; probablemente lo harán gratis y sin pedir demasiadas explicaciones. Atentos a Greta Thunberg; parece que anda huérfana de causas.

Es importante ganarse la simpatía de los académicos del norte, siempre entusiastas a la hora de denigrar a su propio país y justificar cualquier ataque a Occidente, así vengan de Hamás o el Hezbolá. Como de costumbre, The Guardian, seguido por la BBC, retomará esta narrativa.

Apoyarse en la quinta columna

Se me retrucará que Milei jamás será visto como un redentor de “los malditos de la tierra”. Gente, esta progresía piensa que los grupos terroristas e islamistas, así como sus gobiernos, lo son, pese a encarnar las formas más acabadas de patriarcado, homofobia y sometimiento religioso. Como dijo la papisa de la teoría de género Judith Butler, estas organizaciones “son movimientos progresistas de la izquierda global”.

En cambio, el Gobierno argentino sí tiene que tomar en cuenta que por un tiempo deberá evitar presentarse como el faro de Occidente y distanciarse de Israel. En lo posible, se mostrará públicamente ante medios internacionales con representantes de los llamados pueblos originarios y proyectará, a través de sus embajadas, una imagen internacional basada en el folclore e incluso la cumbia villera; todo exotismo tercermundista suma. En cambio, por una vez se aconseja ni mencionar a la Scaloneta, vista como pandilla de supremacistas blancos.

Sobre todo, Milei no se debe equivocar de enemigo. El Gobierno británico es laborista, pero no debe atacarlo, sólo hacerle sentir culpa corriéndolo por izquierda. De lo contrario, se arriesga a que la izquierda y sus votantes, en nombre de la unidad nacional que suele aparecer ante una amenaza exterior, hagan causa común con los Tories, y estamos fritos.

En otras palabras, Milei tiene que dar la batalla cultural no sólo con las herramientas, sino con los discursos de la izquierda para azuzar los conflictos internos de una nación irreconocible donde hacer ondear la bandera británica es “divisive”.

En lo internacional, debe tomar nota de los recientes precedentes de Mauricio y el archipiélago de Chagos contra Reino Unido, de Nueva Caledonia y los independentistas canacos contra Francia, de Marruecos y Ceuta contra España. En todos esos casos, la izquierda europea ha simpatizado crucialmente con las pretensiones foráneas.

En síntesis, Argentina debe apoyarse en la quinta columna de Gran Bretaña para ganar la batalla de la opinión pública local sin la necesidad de disparar un solo tiro.

Existe un plan B; es más simple pero más difícil: hacer que los isleños tengan más ganas de ser argentinos que británicos. Por desgracia, para eso, no hay plata.

Revista Seúl




Comentarios