UN SÁBADO MÁS

HISTORIAS

El hijo de un zapatero analfabeto que huyó de los pogromos en Ucrania terminó escribiendo el cancionero de un país. Chico Novarro: canon musical argentino y americano

Por Osvaldo Bazán

Vinicius de Moraes y Alberto Olmedo. Palito Ortega y el Gato Barbieri. María Elena Walsh y el Gordo Porcel. Y Héctor Stamponi. Y Luis Miguel. Y María Concepción César. Y Tom Jobim. Y Andrés Calamaro. La lista es enorme porque así era Chico Novarro, enorme; la amalgama perfecta del sonido argentino; tropical y tanguero, romántico y gracioso, un repertorio como una caja de Forrest Gump donde nunca sabés de qué será el próximo bombón.

Todo comienza con un amor de guerra, de la Primera Guerra Mundial. Alberto (que no se llamaba Alberto, pero andá a explicarles a las autoridades argentinas con todos esos rusitos que llegaban de repente) Mitnik, zapatero ucraniano con una historia que reíte de Netflix, un poco soldado del zar, un poco soldado comunista, esclavo del ejército alemán, candidato a pogromos y otras delicias, y Rosa Lerman, judía rumana, se conocieron en el pueblito de Marcolés, en Rumania.

Las cosas siempre estuvieron feas, pero, aun así, siempre empeoraron. Hasta que el único camino que les quedó a Alberto y a Rosa fue la emigración urgente y así, con dos nenas chiquitas —Esther y Sofía—, decidieron escapar al Nuevo Mundo, a Estados Unidos. Pero el cupo de Estados Unidos estaba lleno —gracias por eso—, y se embarcaron entonces hacia un lugar impensado: Santa Fe, Argentina.

Eran épocas en que los zapatos no se cambiaban, se arreglaban, y Alberto —que nunca tuvo un taller, que era analfabeto, hablador, romántico y muy simpático— salía por los pueblos del litoral santafesino, por Laguna Paiva, a remendar zapatos y charlar mientras Rosa se quedaba en casa con las tres niñas ucranianas y los dos chicos nacidos en Argentina, Samuel y Bernardo, y la menor, Fanny. Cada noche era una fiesta en la cortada de tierra cuando Sam, Bernardo y Fanny, inspirados por El alma que canta (googleen, mocosos), se lanzaban a entonar los tangos de Gardel o Rosita Quiroga que escuchaban en los discos de su papá, aunque en realidad a don Alberto Mitnik le tiraban más los cantantes líricos. Mamá Rosa estaba feliz; ella cantaba canciones en idish, y sus hijos en la vereda le recordaban a su padre, de quien decía que cantaba tan fuerte allá en Rumania que lo escuchaban desde varias aldeas alrededor.

Toda la familia era musical, y mientras Fanny estudiaba violín y música clásica, Samuel entraba de lleno en el jazz e introdujo a Bernardito —quien a esa altura ya era conocido por todos como Miki— en la adoración por la batería y en especial por Gene Krupa. La licuadora tenía entonces las canciones en idish, los cantantes líricos, los tangos de El alma que canta, los discos de Harry James, Django Reinhardt y Gene Krupa, y el Regimiento 12 de Santa Fe que, cercano a la casa paterna, ensayaba todo el día con sus clarinetes y sus redoblantes. Miki fue una esponja; fue acumulando sonidos que más tarde se desprenderían de él y llenarían el continente y más allá. Sólo contaba con 10 años cuando el Liceo Municipal de Santa Fe le abrió sus puertas. Su destino de músico era natural para todos excepto para su padre, que lo quería contador.

La húmeda Santa Fe no le hacía bien al asma de Miki, y entonces su papá Alberto se lo llevó a Deán Funes, con su clima sano y su cadencia cordobesa. “Soy SanCor, Santa Fe y Córdoba”, diría mucho tiempo después Miki, ya Chico.

Trece años tenía cuando hizo su “primera gira”.

En un tren destartalado salió de Deán Funes hasta Recreo, en Catamarca, y cuando tocaban, la gente le dejaba monedas sobre la batería y le decían: “¿Sabés por qué te dejo esto? Porque sos parecido a mi hijo”, según contó muchos años después. Y recordó que antes de que saliera el tren, don Alberto les dijo a los compañeros de Miki: “No me interesa si gana mucho o poco. Me interesa que lo cuiden porque es un nene”. Y los tipos le dijeron: “Quédese tranquilo, don Alberto”.

Sin embargo, y aunque nada de la percusión le era ajeno, el mandato paterno era claro: así es que llegó a ser perito mercantil y conseguir un empleo en una contaduría cordobesa bajo el mando de don Briski, el padre de Norman. Duró nada porque el maestro José Lovrich lo invitó para una aventura extraña en la época: ser el baterista de una orquesta de tango. Sólo Osvaldo Fresedo tenía baterista en esos años, por lo que fue vanguardia en la percusión tanguera, aunque pronto pasó a ser el cantante de la orquesta. El tango era un barrio que lo recibía gustoso, pero al que abandonaría para volver recién muchos años después. El muchacho sabía que había muchos caminos que la música podía ofrecerle. Y no se quería perder nada. Estaba, sin ir más lejos, la explosión del bebop, ese meteorito que venía a romper el planeta de los dinosaurios de las big bands de la época dorada del swing. Entró en la Montecarlo Jazz de Córdoba y pensó que eso sería: un jazzero. Pero nada en la vida de quien después se convertiría en Chico Novarro fue tan sencillo.

Con el bongó en un brazo y la rumbera Marga en el otro, a los 18 años, encaró por primera vez la aventura porteña, la meca a la que pensaba llegar. Se suponía que tenían un contrato con la Orquesta de Raúl Marengo. Pero llegaron a Buenos Aires; Marengo no apareció por ningún lado, y el premio consuelo fueron tres días encerrado en un hotel del centro explotado de sexo y amor con Marga, unos años mayor que él. El hecho de que la rumbera tuviera novio oficial quizás hacía todo más apasionante. Bueno, igual, pasión no faltó.

Así que, como en el primer intento Buenos Aires le dio la espalda, Chico enfiló para Santiago de Chile, ciudad que estaba dispuesta a abrirle los brazos. O al menos el restaurante chino El Mandarín: “Un año comiendo comida china, estudiando un poco de guitarra, por pedido del dueño del restaurante y cantando tangos”, contó. Todos le decían que lo hacía bien, así que, siempre guiado por un optimismo vital, le escribió a un consagrado Horacio Salgán ofreciéndose como cantante de tangos y, si bien firmó la carta como Bernardo Mitnik, se atrevió a sugerir que su nombre artístico podía ser Mario Bernal.

No, Salgán jamás contestó esa carta.

Cuando muchos años después, ya colegas establecidos, Chico le contó la anécdota a Salgán, este no la recordaba y pensó que todo era una broma. Como en la canción “Amnesia” de Chico, ese bolero en el que la mujer vuelve y le dice a su examante que habían tenido una historia, pero él no la reconoce:

Usted me cuenta que nosotros dos
Fuimos amantes
Y que llegamos juntos a vivir
Algo importante…
Perdón, no la quisiera lastimar
Tal vez, lo que me cuenta sea verdad
Lamento contrariarla pero yo
No la recuerdo

La historia vuelve al Buenos Aires de mediados de los ’50 y encuentra a Chico vendiendo diarios en la avenida Rivadavia. Quizás no casualmente una de sus primeras canciones… mejor no adelantar, volvamos al muchacho que vende diarios, que para en un bar de Corrientes y Esmeralda esperando que enfrente, en el Empire, falte un baterista para ir y hacer un reemplazo.

Entonces fueron los años de Miki Lerman, de músico de élite, de hacer arreglos para la Agrupación Nuevo Jazz, con promesas que finalmente se cumplieron largamente, como el Gato Barbieri, Jorge Navarro, Lalo Schifrin o Rodolfo Alchourrón, tocando en el YMCA los lunes reservados para los “modernos”, nunca confundiéndose con los lunes reservados para los “antiguos” bajo el riesgo de que ocurriese como le pasó a Schifrin, que se metió en lunes de antiguos siendo moderno y tuvo que salir corriendo. Chico enfilaba para músico de culto; estudió con el maestro Jacobo Ficher contrapunto, armonía y fuga. Ya podía hacer arreglos para todos los instrumentos, así que con su amigo cordobés Raúl Bonetto —a quien le decían El Lungo, justificado, claro: medía casi dos metros— y tres músicos más armaron un conjunto y fueron a probar suerte por cuatro meses a un grill de Bogotá. Se quedaron un año. Ahí la esponja Miki chupó todos los ritmos que en Nueva York se agrupan bajo la funcional etiqueta de salsa, pero él supo diferenciar un merecumbé de una cumbia, un merequetengue de una guaracha. Entró en la selva tropical de la música, donde se proveyó de camaleones y orangutanes, siempre bajo su sombrero de paja.

A la vuelta se enteraron de que la entonces superpoderosa discográfica RCA Victor todos los sábados a las dos de la tarde hacía pruebas de “nuevos talentos”, y con El Lungo —que se hacía llamar Boné— se presentaron a la audición. La idea era un grupo tropical, introducir en la melancólica Buenos Aires algo del sabor del Caribe. El productor ecuatoriano Ricardo Mejía “la vio” y aceptó el primer long play del dúo, pero había que poner un nombre. En Venezuela, un dúo de hermanas estaba siendo muy exitoso y se llamaban Las Navarro, así que a Mejía le pareció lógico que estos dos fueran Los Novarro. Ya no había Miki Lerman, estaba el Largo Novarro y el Chico Novarro. Pero había un problema. Faltaba un tema para completar el disco y no había ningún compositor a mano. Así que Mejía le dio a Chico el empujón que le hacía falta y así, recién con 30 años, el muchacho escribió su primera canción: “La ley”, un merecumbé basado en el canto de los canillitas que voceaban “¡Salió la ley! ¡Salió la ley!” anunciando el contenido de los diarios que vendían, como el propio Chico en sus años de la avenida Rivadavia.

En el Congreso aprobaron
la nueva ley.
Después de un largo debate
salió la ley.
El mundo entero comenta
la nueva ley.
La gente grita contenta
¡salió la ley!
Artículo primero: tóquese
Artículo segundo: cántese
Artículo tercero: báilese.
Publíquese, difúndase y archívese

Fue la primera de casi 700 canciones que son hoy parte indiscutible del canon musical del continente.

El Largo largó la banda al poco tiempo, y Chico no se achicó. Mejía lo usó como cuota tropical para un éxito que sumaría nueva ola, rock, tango, twist: El Club del Clan.

Fue de verdad el ingreso a la popularidad monstruosa que podía dar un programa de televisión en los años ’60. Allí explotaron “El orangután”, “El camaleón”, “El sombrero de paja”, firma indeleble de la presencia de la alegría en el cancionero de Chico Novarro.

Era el nacimiento de “la juventud” como segmento a la vez creador y consumidor. Y ahí estuvo él, no sólo como cantautor, también como compositor para otros. Con Palito Ortega hizo “Despeinada”, que cantó Palito, y “¡Qué suerte!”, “El cardenal” y “El juramento”, que consagraron a Violeta Rivas.

¿Cómo compatibilizar la imagen del muchachito sonriente y despreocupado que bailaba porque el orangután le decía a la orangutana que se apurara a comer su banana para salir a pasear en liana con el baterista de anteojos oscuros que salía en la película El perseguidor, que con libro de Julio Cortázar protagonizaba Sergio Renán? ¿Eran la misma persona? Eso quiso saber el Gato Barbieri, que le preguntó a Chico: “Miki, ¿vos bailás cumbia en televisión?”, y Chico contestó: “No, ese es mi primo, que es muy parecido”.

Pasaría mucho tiempo hasta que la alegría despreocupada fuese aceptada. Lástima que en ese tiempo la cumbia dejó de ser lo que era para degenerarse en villera, pero eso es otra historia, y ahí ni Chico ni Miki tienen nada que ver.

Después vinieron el éxito, la fama y también la plata. Pero para Chico eso fue menos importante que las canciones. Que iban apareciendo, fruto de todo aquello absorbido en cada noche, en cada grill, en cada melodía que supo atrapar.

El bolero y el tango aparecieron naturalmente, porque el Caribe y Buenos Aires siempre estuvieron en este hijo de ucraniano y rumano nacido en Santa Fe, criado en Córdoba. Nunca se consideró un gran cantante —en realidad da la impresión de que nunca se valoró lo suficiente; de hecho, en una de sus últimas entrevistas llegó a decir: “Hubiera preferido quizás ser más músico, haber tenido un estudio más completo de algún instrumento. Estudié, es verdad, pero no en la medida que hubiera querido. Me hubiera gustado ser un músico más importante”—, pero está claro que la honestidad que le pone un autor a sus propias creaciones le da un plus que el mejor intérprete quizás no pueda conseguir. Por eso tardó tanto en largarse a “cantar en serio”.

Pero hubo una noche, como en la vida de todas las personas, hubo una noche de 1968 en la que todo cambió.

Eran las tres de la mañana cuando el gran pianista Eduardo Lagos se despertó un tanto asombrado por el insistente timbre que sonaba en su departamento. La sorpresa se agigantó cuando abrió la puerta y aparecieron, en alegre montón, Vinicius de Moraes, Dorival Caymmi, Astor Piazzolla, Amelita Baltar, Domingo Cura, Chico Novarro y varios nombres más. Venían de una exitosa función de María de Buenos Aires y no estaban dispuestos a terminar la noche. Buscaban un piano y una tertulia. La encontrarían en la casa de Lagos. Entre esos monstruos, un tímido Chico más chico que nunca fue casi empujado al piano, y ocurrió como en las películas. De la bullanguería general se pasó a la pausa intrigante y de ahí al silencio respetuoso. Chico se encontró con Vinicius y Caymmi escuchándolo apoyados en el piano. “Yo cantaba casi para mi corbata”, recordaría muchas veces. Hasta que Vinicius dio su veredicto: “¡Filho da puta!”, en son de elogio que Novarro se colgó desde ahí como una de sus mejores medallas. Dos de los más grandes compositores del continente de todos los tiempos le dijeron: grabe sus canciones, grábelas usted. De la noche también participaba Alfredo Radoszynski, el mítico dueño de la no menos mítica Trova, y ahí mismo se decidió la grabación del primer disco de Chico Novarro con un nombre revelador: Punto y aparte, con arreglos de Oscar López Ruiz y el hermano de la vida Mike Ribas.

A partir de allí, una andanada de temas inmortales.

Por ejemplo, “Carta de un león a otro”, ese himno a la libertad que nació en una de las innumerables visitas que Chico hizo al zoológico con sus hijos viendo la tristeza en los ojos del león encerrado; una canción que conmovió tanto a María Elena Walsh que fue la primera en grabarla, justo ella, que casi no grabó temas de otros. Cuando en el final de la dictadura Juan Carlos Baglietto la reversionó poniendo dramático énfasis en “Muchos humanos, son importantes, silla mediante, látigo en mano”, el primer asombrado fue Chico Novarro.

Como el gran creador que era, metía las situaciones cotidianas en un alambique de arte, destilando así pepitas de oro en forma de canción. Fue lo que le ocurrió con “Algo contigo”, su canción más reversionada. Un día fue a ver a la cantante Lisette, que se presentaba en Buenos Aires. Él la saludó, ella respondió al saludo y la persona que acompañaba a Chico en ese momento le dijo: “Esta chica quiere tener algo contigo”. Fue la chispa. Volvió a su casa y rápidamente escribió el inicio de la canción que después grabarían desde Rubén Blades y Ana Belén hasta Rosario, Vicentico y Andrés Calamaro, entre otros.

Cada canción de Chico Novarro encierra miles de historias, las propias y las que se desencadenaron en los demás. Y es también la historia sonora de este crisol hecho país a veces sin rumbo, a veces cruel, a veces absurdo. Del sombrero de paja a algunos de los últimos tangos inoxidables de la mano de Eladia Blázquez. De la alegría ingenua en la televisión de los ’60 con Marty Cosens y María Concepción César a la desgarradora “Arráncame la vida de un tirón/ que el corazón ya te lo he dado”, mascarón de proa de un espectáculo que ganó todos los premios, con Andrea Tenuta y Silvana Di Lorenzo, entre otras acompañantes. El autor que se sentó con Jobim en Río de Janeiro a escuchar cómo el brasilero estaba temeroso de subirse a un avión para grabar con Frank Sinatra, el simpático saltimbanqui que se divertía con Porcel y Olmedo en Los caballeros de la cama redonda, el artista consumado que hizo un dúo histórico con uno de los últimos grandes tangueros, Rubén Juárez.

Desde la irrupción de la juventud y la televisión en las sociedades americanas hasta la explosión noventista del bolero en la voz de Luis Miguel y ese himno romántico que es “Cómo”, canción cuya letra y música fueron escritas en medio de la noche, dictadas por alguna musa nocturna y misteriosa y olvidadas en un papel hasta la mañana siguiente.

Muchas de estas cosas las escuché el fin de semana pasado, en el espectáculo que Pablo Novak presentó en La Trastienda, Pablo canta de Chico, y supe que iba a querer contarlo acá, porque es lo mejor que me pasó en la semana.

Recordar que soy del país en el que el hijo de un zapatero remendón ucraniano que se escapó de los pogromos rusos vino y nos descubrió con canciones que siempre estarán allí, siendo a la vez argentino y universal, gracioso y romántico, clásico y moderno.

La boca del subte bosteza mi andar
rumbo a la salida de la diagonal
Cuando el obelisco le tira un mordisco
a una nube flaca que intenta pasar.
Es un viejo Apolo que nunca despega
Parado en la tarde de un sábado más.
Sobre Buenos Aires, un sábado más.

Y entonces, queridos amigos, esta ha sido la historia de un sábado más.

Revista Seúl



Comentarios