RECIÉN, CUANDO ESTABA JUGANDO

OPINIÓN

Una simpática anécdota infantil se convierte en un símbolo de un pasado que, incluso en la adversidad, sería mejor que el presente

Por
Fernando G. Toledo

Recién, cuando mi mamá volvió, yo estaba en mi pieza, en el fondo de casa, esperando el momento. El juego era sencillo: consistía en que no se diera cuenta de lo que había pasado. Yo debía, para ello, ocultar el desastre. O más bien, los dos. El chico y el grande. Era un juego, como dije, y tal vez funcionaba la estrategia: el pequeño desastre de las galletas debía ocultar el gran desastre de haber sido rescatado de las aguas.

Hace un rato, durante la tarde, en el juego me visitaban mis amigos, justo cuando mamá había salido. Éramos cinco y yo, como en la fila de la escuela, era el del medio en cuanto a la altura, como me pasa siempre. Ese detalle era importante para el juego.

Mi mamá había estado horneando unas galletas para un cumpleaños y las había dejado sobre la piedra de la mesada. Eran una tentación para nosotros, chicos voraces, pero yo era obediente: las galletas no me pertenecían y no podía tocarlas. Y si yo no podía comerlas, mucho menos los cuatro chicos que habían llegado sin avisar a jugar a mi casa esa tarde, justo cuando me había quedado solo por unas horas.

Las galletas —el primer desastre, el pequeño— provocaron, de algún modo, el segundo. Fuimos a mi pieza para jugar con el grabador que tenía desde hace poco y mis amigos se aburrieron más rápido que yo. Eso no fue nada: también todos, de pronto, tuvieron ganas de ir al baño. Me pareció raro que fuera primero Hugo, después Horacio, después Marcelo y después Ariel. Y cuando la rueda volvió a empezar, me di cuenta de que, uno por uno, habían estado robándose las galletas recién hechas por mi mamá. Desastre consumado. ¿Qué iba a hacer más que decirles de todo, que no se podía, que eran para un cumpleaños, que me iban a matar? Se rieron y pidieron ir de nuevo al baño, así que decidí cortar por lo sano y los invité a salir a jugar.

Fue rápido que llegamos, recién, a la calle del Club, frente al canal. No sé a quién se le ocurrió la idea, pero nadie la objetó. Iba hasta el tope de agua, con una corriente furiosa, y saltarlo por encima era un desafío.

El primero en probar fue Ariel, el más alto, y sorteó a la perfección el ancho del canal. Yo empecé a calcular si me iban a alcanzar las piernas y Hugo, el otro más alto, también saltó. No quedaba espacio para la cobardía, mucho menos cuando Horacio, apenas más bajo que yo, también lo hizo. Cuando uno cruzaba abrazaba al que ya estaba del otro lado. Salté yo y ahí nomás me tocó celebrar con Marcelo, el más petiso, que alcanzó la otra orilla por poco. Pero la hazaña del canal se parecía a las galletas: una sola no era suficiente. Así que todos volvimos a cruzar la calle para tomar envión y saltar otra vez. Entonces noté algo: ya estábamos más cansados y a Ariel y a Hugo el salto les costó un poco más. Cuando vi que Horacio lo conseguía apenas, dudé y me di vuelta para advertir a Marcelo. Pero él ya había salido corriendo para el gran salto. Así que me sentí un estúpido y también corrí.

Fue hace ratito, así que lo tengo claro: vi desde atrás que el más bajito de nosotros alcanzaba con una pierna la otra orilla, mientras la otra se le hundía en el agua. Evitó el fracaso trepando con esa pierna mojada por la orilla y dejó todo embarrado y resbaloso para recibir mi caída. Mi salto era arriesgado, así que estiré las dos piernas para no fallar. Sí, crucé, pero el barro me jugó una mala pasada y, recién aterrizado, resbalé a las aguas del canal furioso. Los otros cuatro celebraban y no vieron que yo, aún de pie, manoteaba lo que fuese para no ser arrastrado. Por fin uno me vio y entre todos me rescataron.

Ya a salvo, me reí. Ellos, en cambio, estaban blancos del susto y dieron por concluido el juego. No se ofrecieron ni siquiera a acompañarme. Se fue cada uno a su casa.

Hace un rato llegué a la mía y el juego siguió. Me saqué los pantalones empapados y los escondí entre la ropa sucia. A las galletitas las acomodé para tratar de ocupar los huecos vacíos. Se iba a notar que faltaban y yo le iba a decir a mamá que mis amigos se las habían comido sin avisarme. Ella se iba a enojar, pero su enojo no sería comparable con el que se llevaría en caso de enterarse de que a su hijo casi se lo lleva la corriente.

Y, claro, cuando mamá llegó recién, jugamos de nuevo. No vio las galletas, pero descubrió el pantalón mojado. Me preguntó qué había pasado y yo, como no tenía mentiras preparadas, le dije simplemente que me había caído al canal.

Fue recién. Fue hermoso cómo se enojó, cómo me gritó, cómo me prohibió salir por un mes. Me reí hasta llorar cuando me preguntó si estaba loco, si no me daba cuenta de que podía ahogarme, si no se le había ocurrido pensar en qué hacía ella si a mí me pasaba algo. Fue hermoso pensar en eso hasta hace un rato, y que mi mamá siguiera gritando, porque así yo jugaba a que aún era un niño y ella jugaba a que aún estaba viva.

LOS ANDES


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