EDITORIAL
Se observa una notable postergación de la maternidad
Por Walter R. Quinteros
Según datos oficiales del Ministerio de Salud de la Nación, durante 2024 se registraron poco más de 413.000 nacimientos, una cifra que marca un mínimo histórico y consolida una tendencia descendente que viene desde hace varios años.
Una década antes, en 2014, se habían contabilizado más de 777.000 nacidos vivos. Según los expertos en demografía, esta caída no responde a un único motivo, sino a la suma de cambios sociales, económicos y culturales que están redefiniendo la forma en que las personas proyectan su vida familiar.
La pregunta es; qué nos está pasando.
En la mayoría de los casos se trata de la postergación de la maternidad. Ahora, la edad promedio de las mujeres al momento de tener hijos se ubica hoy entre los 27 y los 29 años, lo que refleja una reorganización de prioridades vitales.
Esto se debe a que se prioriza la formación profesional, la estabilidad laboral, el desarrollo personal y la búsqueda de autonomía económica, antes de decidir la llegada de un hijo.
Los especialistas explican que este cambio no representa necesariamente un rechazo a la maternidad o la paternidad, sino una redefinición de los tiempos y de las condiciones consideradas adecuadas para asumir esa responsabilidad.
Otro dato a tener en cuenta es que se produjo un descenso muy pronunciado del embarazo adolescente, que se redujo cerca del 60 por ciento en los últimos años. Un poco a favor se puede hablar desde el punto de vista de los trabajos en Salud Pública, ya que está asociado a un mayor acceso a información y políticas de salud sexual y reproductiva.
Pero no podemos dejar de lado que esta baja está asociada a la caída global de la natalidad.
En este sentido, las condiciones económicas y laborales también pesan en las decisiones reproductivas. Hoy tenemos que influyen la inestabilidad financiera, los ingresos insuficientes, la informalidad laboral y la falta de previsibilidad, son datos que a la larga desalientan la formación o ampliación de las familias.
Para los especialistas en el tema, aquellas familias numerosas de siete u ocho hijos —patrón, que fue común en otras épocas—, hoy subsiste solo en grupos muy específicos. La transición hacia familias pequeñas es un proceso histórico de largo plazo, pero en las últimas décadas se aceleró de manera notable, en sintonía con lo que ocurre en la mayor parte del mundo.
Los datos marcan que: A mediados del siglo pasado, el promedio mundial era de cinco hijos por mujer, mientras que para este año se estima que esa cifra rondará apenas los dos. Este cambio refleja sociedades cada vez más longevas y con menos nacimientos, lo que modifica el equilibrio poblacional.
Según el informe del Ministerio de Salud de la Nación, provincias como Misiones mantienen las tasas de natalidad más altas del país, mientras que jurisdicciones como la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y Tierra del Fuego exhiben los niveles más bajos, lo que da cuenta de realidades sociales y económicas muy heterogéneas.
También se observa que los avances médico científicos y las mejoras en las condiciones de vida extendieron la esperanza de vida, dando lugar a una población cada vez más envejecida. La pirámide etaria se ha transformado, con una base más estrecha de nacimientos y una cúspide más ancha de personas mayores.
Con esto, se abre un canal problemático que se instala sobre el mercado de trabajo:
Una menor cantidad de jóvenes puede traducirse en una reducción de la fuerza laboral activa.
Obliga a una mayor presión sobre los sistemas previsionales, que deben sostener a una población jubilada más numerosa durante más tiempo.
El gasto social y sanitario debe adaptarse a las necesidades de una sociedad con mayor proporción de adultos mayores.
Conclusión: Los gobiernos deberán ahora planificar y consensuar políticas de largo plazo para garantizar un desarrollo equilibrado y sostenible.

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