OPINIÓN
Al sexualizar la imagen pública de sus militantes, legisladoras y funcionarias, el oficialismo desafía otra regla de la comunicación política tradicional
Un comentarista señaló recientemente en X que uno de los méritos de este gobierno, más allá de los aciertos en materia de gestión, es la revalorización del capital sexual de las mujeres de mediana y mayor edad. La observación fue una de las tantas que suscitó el posteo de Instagram de Juliana Santillán, diputada por La Libertad Avanza, en el que se la ve posando en bikini. La foto la muestra en una pose que se pretende casual, pero que para el ojo crítico —una chica de 22 años que dedica una obscena cantidad de tiempo al perfeccionamiento de su feed— se revela como un deliberado intento de estilizar la figura. La bombacha de la bikini calza justo en la línea del ombligo para afinar la cintura; una pierna está flexionada, lo que profundiza la curva de la cadera; el torso está echado para adelante, contorsión que incrementa el volumen del pecho, y la dirección de la mirada hacia arriba facilita la compresión de la mandíbula para dar la ilusión de un cuello más tenso.
El posteo de Juliana, acompañado de la leyenda “Mar del Plata”, dista mucho de la típica publicación family friendly de un político de vacaciones. Si lo habitual podía tratarse de Victoria Tolosa Paz, Elisa Carrió o María Eugenia Vidal posteando imágenes con el cuerpo cubierto y algún comentario reafirmando un amor —a veces desmesurado— por la costa argentina, Santillán en cambio se exhibe en total calidad de sexy. Y no es sólo en esa foto: scrolleando su perfil de Instagram, veo que la intención clara detrás de la mayoría de sus posteos es la de mostrarse como una femme fatale. Incluso en las placas que la retratan cumpliendo sus deberes como funcionaria hay un lenguaje visual que remite a lo hot: el pelo, su gesto y los encuadres la convierten en una especie de súper-diputada candente.
Esta forma de mostrarse es transversal a las mujeres de La Libertad Avanza. Pensemos en Lilia Lemoine, Celeste Ponce, Leila Gianni (ahora afuera del espacio). Todas comparten una característica: el componente sexual de sus posteos en redes. La diputada Ponce, en un tuit en el que responde a quienes la critican por defender a Israel, argumentó sobre la historia del cristianismo enfundada en un conjunto abotonado hasta la mitad del pecho, mostrando clara e intencionalmente el escote. Para criticar a Fernando Espinoza por la colocación de llantas al costado de la calle, Leila Gianni publicó en la campaña del año pasado, cuando era candidata de LLA, un video que arrancaba con ella diciendo “qué lindas gomas”, capturada en un encuadre que ponía el énfasis en los atributos delanteros de la futura concejal. Los comentarios no lo pasaron por alto: “Las tuyas queremos ver” y “lástima que hay mucha ropa” son algunos de los aportes –los menos explícitos– dejados por los usuarios. Y antes de que me ataquen con inocencia, respondo: no, no son mujeres que simplemente tienen una buena figura. Mayra Mendoza también se la pasa enseñando su cuerpo, pero no lo hace en clave hot. Sus videos entrenando tienen más que ver con la cultura del fitness que con una pose seductora.
Trato de desglosar el fenómeno de las sexy libertarias. Para mí, ser mujer en política permite dos grandes estrategias estéticas. Se puede ser una Milagros Maylin, una Fabiola Yáñez o una Juliana Awada y exhibir la belleza con discreción, casi accidentalmente. Las tres cuidaban su imagen sin exacerbar su sex appeal; la intención era no sugerir nada que se alejara de lo moderado y lo prudente. La otra vía es convertirse en una Pato Bullrich o una Lilita Carrió: mujeres que, de alguna manera, pasan por alto el hecho de que lo son. No potencian su femineidad y, en caso de hacerla notar, se lo hace como desafío, no para provocar deseo. Se puede ser recatada y exhibir una belleza sin peligro, o se puede fumar en la mesa con los colegas masculinos sin dar importancia a las reglas del decoro femenino.
Nuevo modelo
Mis amigas violetas, en cambio, introducen al juego una nueva estrategia comunicacional: la de la funcionaria MILF. El término, que corresponde al acrónimo de Mother I’d Like to Fuck, remite a una señora de mediana edad que, sin disimular sus años, se presenta en todo su esplendor sexual. Ropa ajustada, labios gruesos y pelo largo; el escote siempre bien a la vista y una especie de puchero a la hora de hablar. Una MILF no disimula que tiene 40, 50 o 60 años: lo celebra desde su posición de mujer consagrada en materia de cuerpo, sexo y amor. A nuestro presidente, por ejemplo, le gustan así. La norma tradicional de los hombres poderosos indica que cuanto más jovenes, mejor, pero Milei se inclina por las Daniela Mori y las Yuyito González. ¿Será que las MILF son parte del código estético del partido? El PRO se caracterizaba el traje sin corbata y con zapatillas; el peronismo ha devenido en sinónimo de flequillos y tatuajes de dibujitos en los brazos. La Libertad Avanza, a medida que se consolida, construye sus propias banderas de imagen.
Presenta a sus políticos como personajes: tenemos al León rockstar y a la diputada cosplayer, a Luis Petri, que en su rol de ministro de Defensa solía mostrarse con el uniforme del ejército; a Patricia Bullrich, que se vistió de salmón hace pocos días para promocionar la reforma laboral como en una escena de Legalmente rubia. La teatralización de la gestión es parte del lenguaje de LLA, que se aleja así del abecé de los viejos manuales de comunicación política, según los cuales el dirigente ha de mostrarse amigable, sobrio y cercano. Al partido violeta no le interesa la cercanía: su historia es la redención del friki que se quedaba hasta tarde en foros de Internet despotricando contra los zurdos empobrecedores. En su repentino triunfo, elige a la mujer más exuberante, la que representa a su sexo de forma más ruidosa. Porque todo en LLA es exagerado: los actos de campaña son conciertos de rock, los dichos son claros y pesados —que no se nos olvide la contundencia del “no hay plata”— y las mujeres del partido son algo así como demasiado mujeres. Una Maylin no podría participar del juego libertario, por incumplir con los volúmenes requeridos. Y está bien: Santillán, con sus formas, tampoco podría ser del PRO ni de la última entrega del peronismo. Cada bando tiene su estilo.
Cualquiera diría que posicionarse en clave soft porn no es una estrategia inteligente a la hora de hacer política pero, siguiendo esa misma línea, la mayoría de las jugadas del oficialismo son contraintuitivas. Jaime Durán Barba no recomendaría pasearse con una motosierra y el «Rock del gato» acompañado de una ex novia cubierta de lentejuelas podría ser visto como un tiro en el pie. Hasta al inefable Carlos Menem le hicieron cortarse el pelo en sus años de gloria. Lo que quiero decir: las tácticas comunicacionales de LLA son, desde su génesis, un atentado directo contra todo lo que se sabía sobre campañas políticas. Por eso tantos auguraban su implosión: incluso con una oposición débil, ¿cómo sobrevive un partido cuyo referente se niega a cambiar de campera? Pues bien, así, justamente: jugando un juego que nadie entiende.
Primero, hay que mantener entretenida a la oposición periodística: lo mejor es que se rían de Conan y alimenten la leyenda de las tendencias incestuosas del presidente. Es un contenido fácil: no hay que leer mucho y regala una asegurada viralidad. Luego, hay que sostener la distancia. Milei asumió despotricando contra quienes se sentaban en los sillones que ahora ocupan los suyos: de adoptar las formas de sus antecesores, caería su premisa. Y con ello, la fe que le ha depositado el grueso de los “argentinos de bien”. Después del hartazgo por «los de siempre», es necesario seguir alimentando la narrativa del outsider. En vez de spots de campaña que impostan un círculo de mate con vecinos y un novedoso modelo discursivo-decisional con la corbata verde abortera, la fórmula que ha resultado es la de subir a todo volumen el despliegue tacky y bizarro de festivales y diputetas. La consigna es “cuanto más lejos, mejor”.
Con eso se mantiene viva la llama. Las fuerzas del cielo necesitan de la épica para dar sentido a su cruzada: lo que libran es una batalla cultural, no un cambio de gestión. Están los buenos y los malos, la proclama de una única solución y, a la cabeza del ejército de loquitos lindos, el líder redentor que necesita de sus admiradoras. Las MILF libertarias son parte de la tribu y de la leyenda. Juliana Santillán tiene fijado en su perfil de Instagram tres fotos abrazando al presidente, con el caption “mi abrazo favorito”. Con ese gesto alimenta los tres rostros: el papelonero, el loco y el rockstar. Los tres son necesarios, los tres dejan a sus correspondientes destinatarios contentos.
Revista Seúl
Comentarios
Publicar un comentario