OPINIÓN
A propósito de los planteos disfrazados de “arte” planteados por el super millonario portorriqueño Bad Bunny, salta a la vista una realidad cada vez más hipócrita en la relación de los EEUU con el inmigrante
Por Carlos Mira
Resulta frecuente escuchar discursos duros contra ese país mientras, en paralelo, se multiplican los esfuerzos por permanecer dentro de su territorio. Se lo acusa de racista, intervencionista, explotador o desigual. Sin embargo, esas críticas suelen pronunciarse desde trabajos remunerados en dólares, con conectividad estable y con la mirada puesta en regularizar la situación migratoria lo antes posible. La narrativa simplificada —Estados Unidos como antagonista global— convive con una realidad bastante más compleja.
La mayoría de quienes llegan no lo hacen seducidos por el cine, la música o la cultura pop. Migran porque el salario en su país no alcanza, porque la inseguridad es cotidiana, porque el sistema político es inestable o porque el esfuerzo personal no garantiza progreso. No se trata de fascinación cultural sino de cálculo práctico. Y hay un dato difícil de ignorar: millones cuestionan al país, pero millones más siguen intentando entrar.
Estados Unidos alberga decenas de millones de inmigrantes —alrededor de 51 millones, cerca del 15% de su población— y casi una quinta parte de su fuerza laboral está compuesta por personas nacidas en el exterior.
Tampoco es casual que el dinero circule en una sola dirección: desde Estados Unidos hacia los países de origen. Solo hacia México, por ejemplo, llegan decenas de miles de millones de dólares anuales en remesas, que representan una parte significativa de su economía.
La explicación no es moral, sino estructural. Estados Unidos dista de ser perfecto, pero ofrece estabilidad institucional, reglas previsibles y un mercado laboral que paga más que en la mayoría de los países emisores de migrantes. Esa combinación pesa más que cualquier consigna ideológica.
El inmigrante trabajador suele comprenderlo con claridad: aprende el idioma, se inserta en el mercado, emprende, compra vivienda, invierte y apuesta por la educación de sus hijos. Mientras tanto, existe otra figura recurrente: la del crítico permanente que denuncia al “sistema” desde dentro del propio sistema que le permite trabajar, opinar y generar ingresos. La paradoja, o hipocresía, es evidente.
La crítica es legítima y necesaria. Pero convertirla en identidad permanente no necesariamente produce resultados. Si el país fuera un mecanismo cerrado y sin movilidad, no existirían las historias —cada vez más comunes— del recién llegado que abre un negocio, de la familia que pasa del alquiler compartido a la vivienda propia o del hijo de inmigrantes que accede a educación superior y profesiones calificadas.
De hecho, los inmigrantes no solo se integran: también sostienen la economía. Pagan cientos de miles de millones en impuestos y aportan de manera decisiva al crecimiento productivo y al mercado laboral estadounidense.
Nada de esto implica que el camino sea sencillo. Tampoco que el éxito esté garantizado. Significa, simplemente, que la posibilidad existe. Y cuando la posibilidad existe, la conversación deja de girar únicamente en torno a la opresión y empieza a incluir la responsabilidad individual.
Aquí aparece el punto incómodo: responsabilizar al sistema es más sencillo que asumir la disciplina que exige progresar. El país no promete prosperidad automática; ofrece un marco jurídico estable, oportunidades económicas y un terreno donde el esfuerzo puede rendir más que en otros lugares. El resto depende de cada persona.
Si el rechazo fuera absoluto, la permanencia no sería una meta. Si el país fuera inviable, nadie arriesgaría patrimonio, familia y futuro por quedarse. La contradicción no es política: es humana.
Se puede señalar desigualdades, denunciar abusos y exigir mejoras. Pero construir una vida dentro de un sistema mientras se lo descalifica sin matices no es necesariamente un gesto de lucidez, sino muchas veces una forma de incoherencia.
La cuestión de fondo no es si Estados Unidos es un modelo perfecto —no lo es—, sino otra más directa y difícil de esquivar: ¿se está allí para protestar o para progresar?
Porque intentar sostener ambas cosas al mismo tiempo suele ser inestable, y tarde o temprano la realidad termina imponiendo coherencia.
The Post

Comentarios
Publicar un comentario