EL VERDADERO CRIMEN DE MILEI

OPINIÓN

Hay dos Argentinas que conviven, pero que ya no avanzan al mismo ritmo

Por Carlos Mira

Hace apenas unas semanas, en este mismo espacio, retomábamos la potente imagen que acuñó Carlos Pagni en su libro para describir el conurbano bonaerense: “el nudo”. Un entramado social, económico y urbano imposible de desatar sin comprender primero cómo fue atado. Y proponíamos entonces una idea incómoda pero necesaria: no hay solución posible sin aceptar que ese nudo fue, desde su origen, una construcción artificial.

El conurbano no creció de manera orgánica. Fue deliberadamente “fabricado”. Se promovieron migraciones internas que desembocaron en asentamientos precarios, sin servicios ni infraestructura, en torno a la capital. ¿El objetivo? Alimentar un esquema manufacturero igualmente artificial, sostenido por una legislación que aisló a la Argentina del mundo, distribuyó privilegios a discreción y dio lugar a una “burguesía nacional” más dependiente del favor político que del talento competitivo.

El problema no fue solo el diseño inicial, sino su persistencia. La prolongación de lo artificial terminó profundizando sus propios defectos hasta consolidar lo que hoy es el conurbano: la síntesis perfecta de todo lo que no debería ser. Un territorio donde la precariedad estructural convive con la ilusión permanente de reparación estatal.

En ese contexto, la columna publicada por Jorge Liotti en La Nación aporta un ángulo complementario. Liotti describe las “asimetrías” del actual diseño económico impulsado por Javier Milei: dos Argentinas que conviven, pero que ya no avanzan al mismo ritmo.

De un lado, el viejo mundo: industria protegida, manufactura subsidiada, construcción dependiente de la obra pública, comercio tradicional. Todo eso que el peronismo de los años ‘40 consolidó bajo la promesa de un proyecto igualitario. Del otro, las actividades que se apoyan en ventajas competitivas reales: servicios, minería, agro, energía, finanzas, tecnología. Un universo donde el protagonismo ya no es colectivo sino individual, donde la oportunidad reemplaza al privilegio.

El contraste es brutal. Y expone una paradoja incómoda: el sistema que se presentó durante décadas como “igualitario” produjo, en los hechos, una desigualdad cada vez más profunda. Mientras tanto, el modelo denostado como “cruel” —el capitalismo competitivo, típicamente asociado a Estados Unidos— ha sido el que logró una forma de igualdad mucho más concreta, visible y cotidiana.

Para entender esa diferencia, vale recordar una anécdota reveladora. La contó Matías Almeyda, cuando dirigía a los San Jose Earthquakes en California. En plena pandemia, sin fútbol pero con programas que debían seguir al aire, lo llamaron para una entrevista radial. La conversación derivó, como suele ocurrir, hacia la vida fuera de la cancha.

Entonces le preguntaron qué lo había sorprendido de vivir en Estados Unidos. Almeyda, con la simpleza del futbolista, respondió algo que encierra una definición profunda: “lo que más nos impactó a mi esposa y a mí fue comprobar cómo aquí el jardinero puede vivir la misma vida que la de un gran señor”.

Sin saberlo, Almeyda acababa de describir uno de los fenómenos centrales del capitalismo democrático: la igualdad visible. Esa percepción según la cual, para un observador externo, resulta difícil distinguir el nivel de ingresos de dos personas, aun cuando en términos reales sus ingresos sean muy distintos.

Porque, al final del día, ¿cuántos autos puede manejar al mismo tiempo ese “gran señor”, aunque tenga veinte? Uno. Igual que el jardinero. ¿Cuántos bifes de chorizo puede comer simultáneamente? Uno. Igual que el jardinero.

Esa es la igualdad posible. La única que no requiere coerción, ni imposición, ni violencia estatal. Todas las demás versiones de igualdad —las que buscan nivelar resultados y no oportunidades— terminan inevitablemente en algún grado de fuerza o incluso de violencia coercitiva.

Por eso sería dramático que una cadena de errores, torpezas o escándalos —desde Libra hasta el Andis, pasando por Adorni o cualquier otro episodio menor elevado a categoría de crisis— termine erosionando el cambio cultural que empieza a insinuarse en la Argentina. Ese viraje lento pero necesario hacia una sociedad que entienda que la verdadera igualdad no se decreta, se construye.

Si ese proceso se interrumpe, si la política vuelve a enredar el nudo en lugar de desatarlo, entonces sí estaremos ante el verdadero riesgo. No el de un ajuste, ni el de una recesión pasajera. Sino el de haber desperdiciado, una vez más, la oportunidad de salir de la trampa.

Más allá de la crypto, de la Agencia de Discapacidad o del Jefe de Gabinete (o ahora el caso del secretario de infraestructura del ministerio de economía que olvidó declarar siete propiedades en Miami), ese, en definitiva, sería el verdadero “crimen” de Milei. Todas esas cuestiones son minucias al lado de la posibilidad de que, por su propia torpeza, se frustre el único cambio que realmente importa.

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