CULTURA
Todos, o casi todos, hemos dejado de escribir poemas de amor. A veces porque no han tenido ningún efecto, o peor aún, tuvieron efectos devastadores

Miguel Gaya nació en Ayacucho, Buenos Aires, en 1953. Es abogado y escritor.
Participa en grupos poéticos desde los años ochenta, ha publicado los libros de poesía La vida secreta de los escarabajos de la playa, Levanta contra el viento la cabeza oscura, Colección Robin Hood, Siluetas en la corriente del río, Los poetas salvajes, Lo efímero y otros poemas inestables y Mediterráneo, e integró varias antologías del género. También es autor de las novelas Contemplar ese animal sangriento (2008), Una pequeña conspiración (2012) y Las hormigas argentinas conquistan el mundo (2020).
Es asesor legal de la Asociación de Reporteros Gráficos de la República Argentina (ARGRA) y de la Fundación Tomás Eloy Martínez, miembro honorario de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE) y socio fundador del Centro PEN Argentina, es además colaborador en distintos medios de comunicación, como Clarín, Página/12, Diario de Poesía y otros del país y del extranjero.
Todos hemos escrito poemas de amor.
Es mejor admitirlo de antemano, como en esas reuniones grupales de autoayuda. No es una vergüenza. Los resultados pueden haber sido vergonzosos, y en algunos casos embarazosos, pero es la verdad.
Todos, o casi todos, hemos dejado de escribir poemas de amor.
A veces porque no han tenido ningún efecto, o peor aún, tuvieron efectos devastadores. O porque alguno, el poema o el objeto de amor, no estuvieron a la altura. Porque el amor, o el arrebato poético, terminan confirmando su carácter efímero. Quién sabe, hay infinitas razones.
La cosa es que la gran mayoría de los humanos, para mejor gloria de la poesía y en algún caso de la salud de las relaciones amorosas, deja de escribir poemas de amor. Pero el impulso en la especie sigue, tal vez por insensatez, tal vez por buenas razones, mejor no indagar mucho en esto. Y siempre hay alguien en algún lugar del mundo en un tris de empuñar la lira, la pluma o el ordenador. Incluso el teléfono.
Si usted, arrebatado lector, está a punto de acometer alguno, aquí le dejo un par de consejos, o tips, como se dice ahora, para evitar, en lo posible, daños mayores.
El primer consejo es que considere que no es el primero en enamorarse. Verá, la humanidad tiene sus años y avatares, y tal vez para usted estar enamorado sea una novedad, pero el mundo en general no lo considera tan así. Por lo tanto, si va a escribir un poema de amor, no lo legue al mundo, ni espere que se estremezca. Ponga el foco en su amad@ y encomiéndese a las musas. Pero no la/o nombre, por las dudas. Hay que ver lo duradero que son los nombres en los poemas, Beatriz lo sabe. A veces los poemas duran más que los amores.
Segundo, mida las referencias. Todos nos sentimos exultantes al enamorarnos, y si somos correspondidos aún más. Todos sabemos que es aconsejable usar un lenguaje poético cuando de versos se trata, y las metáforas se nos atropellan en la boca. Pero, ay ¡mucho cuidado! Hablar a los gritos de trombas marinas, tormentas de emociones y rayos de pasión puede estar bien si usted está parado en un peñasco inglés, total no lo escucha nadie. Pero cuando debe leérselo a alguien, en voz baja, no tiene el mismo efecto de verosimilitud. Sea humilde, más bien.
Por último, usted siente que la pasión lo envalentona, es cierto, pero tampoco es aconsejable sobreactuar. Cuando alguien en tren de promesas apasionadas en lugar de mentar la anatomía se le da por la orografía, estamos en problemas. No hable de erupciones de amor, de penínsulas y bahías, de terremotos. No comprometa su futuro con promesas poco realistas. Sea cauto. Incluso le diría que no sea literal. Tampoco sublime, no exagere.
Así las cosas, no crea que estas bienintencionadas advertencias buscan desanimarlo. No enmudezca ni se prive. Más bien arriesgue. Recuerde siempre que un poeta portugués dijo que todas las cartas de amor eran ridículas. Y escribió las mejores.
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