ECONOMÍA, CULTURA Y LOS LIBERALES DE IZQUIERDA

OPINIÓN

Por eso Milei insiste en que su tarea principal es la batalla cultural

Por Jorge Fontevecchia

1) No será la economía, sino la cultura

Economistas heterodoxos con posiciones opuestas al Gobierno reconocen que esta vez puede ser distinto a la tablita de Martínez de Hoz, que colapsó en 1980; o la Convertibilidad, que concluyó en crisis a fin de 2001, porque la Argentina tiene un in crescendo Vaca Muerta y minería que se agregan al aumento de la productividad del campo, recursos que no existían hace tres y cinco décadas, que, si bien llegarán a su maduración en 2030, la existencia de ese flujo futuro, como garantía, facilita el puente financiero hasta que la restricción de dólares se haya superado.

Y con ese aval, supongamos que “el Messi de las finanzas” Luis Caputo lograra eliminar lo que resta del cepo y llegar a las elecciones de 2027 sin las turbulencias cambiarias de 2025 con un precio del dólar corregido, aun por debajo de la inflación. Incluso con una inflación anual en 2027 de la mitad de lo previsto para 2026 (15% en lugar del 30% actual). Con crecimiento del producto bruto como el de este año, alrededor de 3%, acumulando tres años seguidos de crecimiento del producto bruto, algo que no sucede desde 2009 hasta 2011. ¿Alcanzará esa bonanza para que Milei sea reelecto si esos indicadores se producen con el 30% más rico de la sociedad más próspera y un 70% igual o peor?

Ese escenario de país, con crecimiento de su producto bruto y estabilidad económica, pero con una marcada diferencia entre las clases sociales y una mínima o casi inexistente clase media, es similar al de la mayoría de los países de Sudamérica, pero la Argentina tiene una cultura igualitaria macerada en más de un siglo de tradición política, en parte por la conformación de su población muy mayoritariamente integrada por descendientes de inmigrantes europeos y recursos territoriales per cápita mucho más abundantes que nuestros vecinos. Capital humano y capital natural forjaron una sociedad que hizo posible la existencia de una mayoritaria clase media que nos diferenció del resto del subcontinente.

¿Aceptará gran parte de lo que fue la clase media, como destino permanente y no coyuntural por efecto de una crisis puntual, su empobrecimiento sistémico? En el caso de nuestros vecinos esa tolerancia a una muy marcada diferencia social no requirió un proceso de amansamiento y disciplinamiento porque nunca se produjo el ascenso de una gran masa de su poblacional a clase media.

Cristina Kirchner tratando de emular a Perón, sin su talento ni condiciones de posibilidad, insistía en empoderar a los argentinos que no habían alcanzado a ser clase media o habían descendido de ella por alguna de las últimas crisis previas, haciéndoles interiorizar la demanda de ascenso social, inculcando la aspiración.

En sentido opuesto, el expresidente del Banco Nación Javier González Fraga, al comienzo de la presidencia de Mauricio Macri, generó controversia al declarar: “Le hicieron creer a un empleado medio que podía comprarse celulares e irse al exterior”.

La batalla cultural se resume allí: hacerle creer que sí o hacerle creer que no a la mayoría de la sociedad respecto de la posibilidad de materializar una aspiración y convertirla en derecho ejecutable. “No toda necesidad genera un derecho” si no hay forma de financiarlo.

Milei con Sturzenegger proponen a nuestro país como libre de regulaciones para la inteligencia artificial cuando no solo el Papa acaba de criticarlo en su primera encíclica, sino hasta Trump avanza en su regulación. Lo hacen para provocar, como parte de su batalla cultural, para correr lo decible, la ventana de Overton, aunque no sea practicable pero sí corra el punto extremo. Lo mismo Sturzenegger cuando propone debatir eliminar la existencia de la licencia de conducir, son negociadores de un bazar mediterráneo arcaico, piden el doble para luego acordar un intermedio más alto.

Volviendo a la hipótesis del éxito financiero de Luis Caputo, para que luego esa forma de estabilidad cambiaria y fiscal sea políticamente sustentable, una parte significativa de la población debe aceptar como justo o al menos inmodificable el orden social que deriva de esa forma de producción y distribución de la riqueza; esa no es una tarea del ministro de Economía, sino del Presidente.

El ajuste practicado por Luis Caputo desde diciembre de 2023 fue posible por el proceso previo de campaña de Milei instalando el mantra “No hay plata”. ¿Cuando haya más plata, la sociedad aceptará que las mejoras se distribuyan solo en los deciles más altos de la población? Por eso Milei insiste en que su tarea principal es la batalla cultural.

Se podría sostener que el espíritu del rumbo económico de Milei se demostró exitoso en Chile generando una clase media inexistente previamente en nuestro vecino. Pero el plan se pudo aplicar, independientemente de su inicio en una dictadura porque luego tuvo consenso democrático, en una sociedad que no tenía una clase media mayoritaria y pudo mejorar desde una posición muy inferior a la Argentina hasta llegar al nivel comparable con la Argentina actual, y hoy se encuentra estancada en la maldición de los países de ingresos medios, que después de llegar a esa posición no pueden alcanzar el pleno desarrollo. La Argentina, aun habiendo retrocedido, ya tiene el piso social que Chile recién alcanzó en los últimos años, no enfrentamos la misma demanda que del otro lado de los Andes.

Ayer, en el programa de las mañanas de Perfil, reflexionando sobre la última encíclica del Papa, Emilce Cuda, la primera mujer laica argentina en recibir un doctorado pontificio en teología moral y la primera mujer en ocupar un cargo ejecutivo en la Pontificia Comisión para América Latina, puesto que continúa ejerciendo bajo León XIV, remarcó que si una persona como Elon Musk acumula una riqueza de más de 800 mil millones de dólares, mayor a la mayoría de los países del mundo, algo está mal. Es obvio, la gigante concentración que se viene generando en las últimas dos décadas es una anomalía. Emilce Cuda dice: “En el Antiguo Testamento, en los momentos de crisis, de esclavitud del pueblo, no critican al esclavizador. No le hablan al que está esclavizando, le hablan al pueblo: ‘Esto les está pasando porque se fueron a adorar falsos dioses. Despiértense, organícense’”:

No hay que confundir el debilitamiento del peronismo y los sindicatos como un debilitamiento del sentimiento igualitario de los argentinos, que es muy anterior a Perón y en mucho lo trasciende, incluyendo al sector socialdemócrata del PRO, buena parte del panradicalismo y los partidos provinciales. Es más, parte de ese sentimiento igualitario estuvo en la elección por Milei de muchos de sus votantes independientemente del malentendido entre lo que Milei prometía como candidato y las consecuencias de su política como presidente.

2) El libertarismo de izquierda que sumó votantes a Milei

“Milei no es liberal, es anarquista”, sostiene Mauricio Macri. El liberalismo en la Argentina no tiene un caudal de 56% de los votos, como obtuvo Milei en el balotaje de 2023. El mejor ejemplo es Patricia Bullrich, que alcanzó el 24% en la primera vuelta de 2023 sin llegar a pasar a la segunda vuelta. O el propio Mauricio Macri, cuando fue electo presidente en 2015 y obtuvo 34% en primera vuelta incluyendo a los radicales y la Coalición Cívica (sin Sanz ni Carrió, fue 30%).

Parte de los votantes de Javier Milei en 2023 proviene de sectores que no se pueden catalogar de derecha o centroderecha, cuya explicación se puede encontrar en la palabra anarquista, corriente política que nació en la izquierda más radicalizada, y especialmente en el libertarismo de izquierda que defiende el libre mercado y al emprendedor pero critica a las grandes corporaciones y al capitalismo de Estado.

Cuando Javier Milei sale a criticar a Paolo Rocca desconcertando a quienes le asignan al gobierno libertario ser una expresión de los grandes empresarios, permite vislumbrar la vertiente libertaria de izquierda que en la melange ideológica de Milei existe inconsciente y solapada en forma de “anarquismo espiritual”.

El libro. El interesante libro Manifiesto libertario de izquierda del filósofo y profesor de la UBA y Di Tella Luis Diego Fernández narra el origen común del libertarismo de izquierda y derecha hasta que Murray Rothbard, luego de haber promovido la alianza con la Nueva Izquierda, a comienzos de los años 70 “declara muerto ese camino considerando que es necesario apelar a la clase media norteamericana que cree en la propiedad privada y sostiene valores conservadores” señalando que “si no se sale de esa convergencia con la izquierda, los libertarios seguiremos siendo vistos como una secta que se resiste a la autoridad y no solo al estatismo”. Aquella Nueva Izquierda norteamericana “había repudiado el New Deal y el estado de bienestar, al cual percibían como un aparato de la sociedad disciplinaria y normalizadora”.

Y continúa así: “En el caso del libertario de izquierda, la crítica del capitalismo se hará en nombre del mercado realmente libre y de igual modo el repudio a los empresarios corporativistas se producirá en defensa de los empresarios que desarrollan negocios de pequeña y mediana escala sin reclamar beneficios por parte del Estado”. “Defender al empresario y al mercado libre desde esta óptica es precisamente repudiar al corporativismo y al capitalismo”.

“El mercado es un esquema que se instituye a partir de la anarquía deseante que, al mismo tiempo que permite la movilidad del deseo, continuamente busca fijar una pulsión anárquica mediante la máquina capitalista”.

Gilles Deleuze sostenía que “no debemos concebir a la sociedad como una totalidad estructurada racionalmente por sus contradicciones (en sentido marxista) sino a partir de un patchwork de flujos y deseos heterogéneos”, lo que “como señala Friedrich Hayek, premio Nobel y referente de la Escuela Austríaca (sic), impide toda planificación y concentración de conocimiento”.

“Más que el deseo de revolución, el deseo es revolucionario en sí mismo (...) la revolución es algo del ser y no del deber ser”. “Una revolución subjetiva desde el cruce del deseo y el mercado, dos lenguajes disímiles enlazados a través de la anarquía ontológica”.

“No hay capitalismo que no sea estatista, por ello la izquierda libertaria debe diferenciar con claridad entre capitalismo y mercado libre, al mismo tiempo que ensayar una crítica al primero y una valoración al segundo”. Deleuze afirma que “el capitalismo nunca ha sido liberal, siempre ha sido capitalismo de Estado”.

“El rechazo que encontramos en el pensamiento deleuziano a la totalización y centralización desde el punto de vista ontológico, su filosofía sin arche, sin principio fundamental ni génesis, es anárquica” (donde) “solo hay flujos aleatorios y mutantes de un deseo productivo, algo que hace imposible toda planificación centralizada al modo soviético, en el terreno epistémico o económico, lo cual lleva al postulado hayekiano del orden espontáneo”. Nótese que se vuelve sobre la Escuela Austríaca y Hayek planteando que “el auténtico problema no es ideológico sino organizacional”.

“Es posible producir, comunicar y vender bienes y servicios con menos costos sin intermediarios que hace solo una década, utilizando las ‘herramientas del amo’ corporativo en su contra (...) a diferencia del marxismo, la cuestión no residiría en la propiedad de las fuerzas de producción sino en el ‘uso’ de la técnica (...) más que enredarse en revoluciones utópicas por la disputa sobre los medios productivos, es posible usar la tecnología de múltiples formas e incluso contra la lógica de quien la creó. (...) El libertarismo de izquierda tiene una veta aceleracionista en relación a la esfera laboral: usemos la innovación tecnológica a nuestro favor y en contra del capitalismo corporativo”.

“El libertario de izquierda, a diferencia del libertario clásico, no hace foco en el Estado como único mal (a pesar de que sea un “mal necesario” por lo menos provisoriamente, en la dimensión de realpolitik), sino también es crítico de otras estructuras de poder que de igual modo impactan negativamente sobre los individuos, ejerciendo sobre ellos medidas disciplinarias, restrictivas, autoritarias o coercitivas, tales como la Iglesia, los monopolios, las corporaciones multinacionales o las normas hegemónicas sexo-genéricas”.

“Para el libertarismo de izquierda el problema es la autoridad en sí misma, no solo su expresión patente en el Estado sino todo esquema de autoridad piramidal y jerárquica que condicione la autonomía y los cuerpos”.

“La forma existencial de los militantes de izquierda, como testimonio de la revolución encarnada (es) una vida atravesada y producida por la ruptura de las convenciones burguesas, los hábitos y valores socialmente aceptados (...) hacer de su propia vida un ‘escándalo’ de verdad”.

Significante Milei. No habría que confundir los votos de Milei con votos de la derecha y las grandes corporaciones, de la misma forma que sería un absurdo confundir los votos del peronismo con la izquierda. Para Deleuze, “ser de izquierda es una cuestión de comportamiento y de percepción, no de voto ni de militancia”.

La conjunción de Friedrich Hayek con Gilles Deleuze encuentra una continuidad entre la Escuela Económica Austríaca y el Mayo francés de 1968 que Deleuze apoyó activamente y provocó el encuentro con el activista y psicoanalista Félix Guattari plasmado en la coautoría de El Antiedipo.

Milei, quizá sin saberlo, funcionó como un significante crítico de todo sistema de autoridad siendo la derecha significante de todo lo contrario. Un malentendido a decodificar.

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