CRISIS EN EL GOBIERNO


OPINIÓN

El costo político de sostener a Adorni y las tensiones internas que amenazan a Milei

Por Carlos Mira

Hay decisiones políticas que, más que errores, parecen actos de negación. Y en ese terreno empieza a moverse con preocupación el gobierno: sostener a un jefe de Gabinete cuya capacidad de explicar —y, sobre todo, de convencer— se ha mostrado frágil no es un gesto de fortaleza, sino de empecinamiento.

Resulta difícil de comprender que el Presidente insista en respaldarlo cuando las intervenciones públicas de Manuel Adorni no han hecho más que agrandar las dudas en lugar de disiparlas. Pero más desconcertante aún es que haya decidido arrastrar a todo su gabinete a esa defensa, obligándolo a exponerse en el Congreso en una escena que puede terminar siendo contraproducente. Cuando una administración se ve obligada a blindarse en bloque, lo que suele quedar en evidencia no es la solidez, sino la debilidad.

Ese movimiento, lejos de cerrar filas, puede abrir grietas. Porque no todos dentro del oficialismo están dispuestos a pagar el mismo costo político. Figuras como Sandra Pettovello, Patricia Bullrich o Luis Caputo —cada uno con peso propio y agendas sensibles— no necesariamente comparten la conveniencia de inmolarse en una defensa que no eligieron. Y cuando las tensiones internas empiezan a filtrarse, el problema deja de ser comunicacional y pasa a ser estructural.

Pero el foco de fondo no está solo en un funcionario. El Presidente, más temprano que tarde, va a tener que enfrentar una cuestión más incómoda: el rol de su propia hermana en la dinámica del poder. Es ahí donde empiezan muchas de las decisiones que terminan convirtiéndose en errores políticos. Los personalismos, los caprichos en la gestión de vínculos y las cruzadas innecesarias no solo desgastan al entorno, sino que arrastran al propio jefe de Estado a batallas que nunca debieron librarse.

A esto se suma un entramado de relaciones que empieza a generar ruido incluso entre los propios: el vínculo con el clan Menem, ciertas conexiones con sectores del peronismo y, más delicado aún, la aparición de nombres ligados al kirchnerismo más rancio —incluyendo figuras asociadas a Justicia Legítima— en procesos de designación judicial. Para un gobierno que construyó su identidad en oposición frontal a ese universo, estas señales no pasan desapercibidas.

El problema central, sin embargo, es otro: la confianza. El Presidente fue elegido por una mayoría que esperaba ruptura, sí, pero también coherencia. Y esa base empieza a mostrar fisuras. Incluso entre sus defensores más firmes aparecen los “peros”. Ni hablar de aquellos votantes del PRO que lo acompañaron en el balotaje por afinidad táctica: ese respaldo era condicionado, no incondicional.

Hay una lógica política que el Presidente parece no estar leyendo con claridad. La sociedad argentina tiene un comportamiento pendular: cuando vota opciones moderadas, al cabo de transcurrido un tiempo del gobierno exige cambios más drásticos (caso Macri); cuando apuesta por posiciones extremas (casos Milei y Kirchner), al poco tiempo reclama equilibrio y moderación. Él llegó al poder encarnando un extremo. Pretender gobernar con la misma lógica que le permitió ganar es desconocer la naturaleza del mandato que recibió y de la retorcida idiosinmcrasia argentina… Digamos todo.

Si no logra correrse a tiempo, el riesgo no es solo personal ni político. Es colectivo. Porque si el gobierno fracasa por obstinación, no será una derrota aislada: será un retroceso para todos aquellos que creyeron que esta vez el cambio era posible. Incluso para esos “argentinos de bien” a los que el propio Presidente suele invocar.

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