OPINIÓN
Cuando sueño con personas que fueron importantes en mi vida, pienso en Willie Colón y Rubén Blades: hermanos y socios que terminaron peleados por plata y política
Por Osvaldo Bazán
No hay promesas ni papeles escritos. No hay una fiesta para oficializar la relación. En general tampoco hay un día clave y mucho menos una noche de bodas. Las amistades nacen así, como sin querer. No en la infancia, claro, donde para hacer amigos no hace falta más que jugar. Digo los amigos de después, cuando empiezan a pesar los CV, los prejuicios y los juicios.
La amistad también es un misterio.
La razón no tiene nada que ver con su comienzo, pero hay miles de razones que justifican la ruptura de una amistad.
Se rompe por miles de razones.
Era un adolescente Rubencito cuando, en el escenario de la plaza 5 de Mayo y Avenida Central en Panamá, los vio y supo que su vida iba a ser esa marea de bongós y tumbadoras, ese trombón a vara enloquecida, esa clave de son. Willie Colón y Héctor Lavoe, a fines de los ’60, aún no muy conocidos en Panamá, le movieron al adolescente toda la estantería. Fue un acercamiento de fan, mientras los músicos cargaban los instrumentos, pocas palabras, mucho entusiasmo.
Distinto fue unos años después, cuando Rubén Blades ya era abogado y se acercó después del show, también en Panamá. Fue la primera charla divertida entre quienes serían después los reinventores de la salsa. Blades le dio a Colón los bosquejos de algunas canciones que tenía y Colón no podía creer que ese abogadito esmirriado hubiera compuesto esas piedras preciosas, a las que les hacía falta un pulido aún, pero que mostraban un potencial que él no había visto en otro lado. Ahí nomás lo invitó a ir a Nueva York, la paradójica capital de la música latina caribeña.
Dos años después, Rubén ya estaba cantando su propio tema “El cazanguero” en el disco The Good, the Bad and the Ugly de Willie.
Era el encuentro de la calle y el swing del barrio que traía Willie con la intelectualidad de Rubén.
Fue una explosión.
Unas letras que nunca habían llegado a la salsa, unos arreglos que hacían brillar todo lo que lo rodeaba. Eso fue Metiendo mano, el primer disco que grabaron juntos, donde canciones como “Pablo Pueblo” o “La maleta” mostraban un camino que luego profundizarían, con un espíritu de época rebelde y —siendo condescendientes— algo ingenuo. La canción “La maleta” habla de lo mal que se vive en Nueva York, que había que armar urgente “la maleta” para irse.
Spoiler: ninguno de ellos dejó Manhattan.
Más allá de ese análisis que daría para otro newsletter y que quizás suene extemporáneo hoy, lo cierto es que Metiendo mano fue el primer escalón que, en el segundo, directamente alcanzó el cielo.
Siembra es “el” disco, la cima creativa, el momento en que el mundo paró a escuchar. Desde ese punto inalcanzable que es “Pedro Navaja” (basada en el “Mack the Knife” que Kurt Weill y Bertolt Brecht escribieron para la Ópera de tres centavos, basada a su vez en “Moritat”, una “balada de asesinato” que cantaban los juglares medievales contando las noticias policiales), desde “Pedro Navaja”, decía, son siete canciones inoxidables.
Uno imagina lo que habrán sido esas jornadas de grabación en La Tierra Sound Studios y no puede menos que imaginar que la electricidad creativa y las carcajadas estallaban en cada rincón. Como el momento en que Yomo Toro, el maestro del cuatro (esa guitarra chiquita de Puerto Rico), no llegaba para hacer el solo que “Buscando guayaba” necesitaba y entonces Willie, que estaba encantado escuchando a Rubén cantarolar en el estudio, lo animó para que hiciera con su voz el solo imitando el sonido de un instrumento. Y así fue que Blades improvisó ese scat que aún hoy suena a propósito; uno no termina de creer que un atraso haya producido esa maravilla.
La química fue brutal en esos años.
Willie muchas veces tuvo que defender a un vehemente Rubén aunque no compartiera sus ideas. Lo hizo por lealtad, porque los amigos están para eso, porque eran Willie y Rubén y uno no se anda fijando en esas cosas.
Por eso, cuando en un show en Miami Rubén insistió en cantar “Tiburón”, mirada, otra vez digamos “ingenua” sobre el imperialismo norteamericano frente a la diáspora cubana exiliada, Willie —que estaba más cerca de los exiliados que de la postura de la canción— defendió el derecho de Rubén a cantarla. Hubo hasta amenazas de muerte, pero ahí estaban los dos, defendiendo el derecho a cantar una canción.
Otro momento en que la vehemencia de Rubén los metió en problemas fue cuando el famoso Studio 54, ya en su decadencia, los invitó a tocar.
El presentador dijo algo así como que eso era un hito para la música caribeña y Rubén, que no se podía callar la boca, dijo que toda esa audiencia era de plástico, que sólo los aceptaban porque el lugar estaba en decadencia y necesitaban el dinero de los latinos y que, si los latinos querían ser tomados en serio, debían comprometerse políticamente.
Willie no lo pensó dos veces cuando el promotor del show y varios asistentes se abalanzaron sobre Rubén: se interpuso con su gran presencia, salvó al cantante de una zurra inminente y consiguió que le pagaran.
Después vino Maestra vida, un álbum doble (¡googleen, mocosos!) ambicioso, ese momento en donde los artistas populares parecen necesitar decir “ojo, que además de hits, puedo hacer otras cosas”.
A veces sale bien.
Este fue el caso.
La segunda ópera salsa (la primera había sido esa maravilla de Hommy de Larry Harlow “el judío maravilloso”, basada en Tommy de The Who).
La historia de amor y tragedia de Manuela Pérez y Carmelo Da Silva, dos generaciones de latinos viviendo en Nueva Yol (sic), contada con bongós, maracas y el brillo de los bronces de algunos de los mejores músicos de sesión de la ciudad de la salsa.
Para muchos es el Everest creativo tanto de Willie como productor como de Rubén como autor.
Faltaban todavía dos discos más de esa zafra: Canciones del solar de los aburridos, donde la presencia de “Tiburón” dificultó la difusión en Estados Unidos (de hecho, Rubén estuvo prohibido en Miami hasta 1996), pero también había lugar para el amor y el humor en canciones como “Ligia Elena” (gran alegato antirracista con la abuela que se quedó esperando los nietitos de “dientitos rubios”) y “Te están buscando”.
El último disco de este momento fue premonitorio. Es La última pelea, banda sonora de una película menor en donde los dos actuaban, Rubén como boxeador, Willie como promotor. Al agotamiento artístico se le sumaba una evidente desconexión.
Ya no era lo mismo.
Quizás el brillo los encegueció, quizás los caminos de la vida, quizás alguna frase de más, alguna mirada esquiva, quizás la íntima convicción de cada uno de que era él mismo el motor del proyecto y el otro, un colaborador.
Comenzaron carreras separadas, por eso la noticia de la grabación de un nuevo disco en 1995, trece años después de la última pelea, nos abrió el corazón a los fans.
“¡Volvieron!”, grité cuando vi la tapa del CD en la vieja disquería Tal Cual, de Rosario, en la esquina de Córdoba y Mitre. Conté cuánta plata tenía en la billetera y entré corriendo.
Llegué a casa y sí, estaba bien, pero no era para tanto.
No llegaba a lo que cada uno estaba haciendo por separado.
Después nos enteramos de que ni siquiera se juntaron para grabar, que en ningún momento compartieron ni una palabra en el estudio de grabación.
Nada.
Una exigencia de Sony que no ganó premios ni fue récord de ventas.
Las cosas no estaban bien, pero no imaginaba que tan mal.
No hubo más noticias hasta 2003, cuando en el estadio Hiram Bithorn, de San Juan, Puerto Rico, se anunció “Siembra… 25 años después”, la gran celebración por el cuarto de siglo.
Otra vez juntos en un escenario.
La propuesta comercial convenció a los dos: 350.000 dólares a repartirse, descontados gastos de hotel, vuelo, músicos.
Los 20.000 asistentes al show presenciaron un viaje al pasado, nostálgico pero frío. Sonó bien, sí, pero sin alma. Alguien había cortado los cables. No había electricidad, no había carcajadas. Había un trabajo profesional como tantos.
Los amigos no eran amigos ni enemigos ni nada.
Pero lo peor estaba por venir.
La organización no pagó.
Comenzaron los reproches. Vos dijiste que yo dije, pero vos firmaste y recibiste más que yo que no dije y no firmé y vos al final, chorizo.
Willie Colón alegó que sólo recibió una parte muy pequeña y que Rubén Blades o sus representantes no le pagaron lo acordado. Que le debían 115.000 dólares. Por su parte, Rubén Blades sostuvo que los promotores (Roberto Morgalo y Arturo Martínez) fueron los que no pagaron ni a él ni a Willie. Dijo que sólo recibió alrededor de 68.000 dólares y que los empresarios se quedaron con el resto.
Si hubieran seguido siendo amigos, lo hubieran solucionado de otra manera, pero no. Como cantó Fito, “el tiempo, maldita daga” cortó lo que quedaba.
El 3 de mayo de 2007 (exactamente cuatro años después del concierto), Willie Colón presentó una demanda formal contra Rubén Blades en el Tribunal Federal de San Juan por incumplimiento de contrato. Reclamaba los 115.000 dólares más intereses y costos.
El juicio fue ganado por Rubén, pero, en realidad, todo fue pérdida de los dos.
Simon & Garfunkel construyeron juntos el “Puente sobre aguas turbulentas”, pero no lo pudieron cruzar. Lennon y McCartney, Hall & Oates, los Gallaghers, todos llegaron del amor al odio. No tanto como Ike & Tina Turner, claro, pero todos sufrieron una ruptura. Si hasta Charly y Nito tuvieron su encontronazo después de la apoteosis de Sui Generis.
El tema es qué pasa con la amistad después de la amistad. Cuando eso que era brillo se ensucia de tal manera que ya no hay vuelta atrás.
¿A que también le pasó al amable lector de este humilde escrito?
¿En qué personas estará pensando ahora, un apacible sábado a la mañana?
¿Alguien llamará por teléfono?
¿Para recordar qué?
¿La noche abrazados vagando por la ciudad en busca del último bar o los mensajes insidiosos en las redes sociales con destinatario claro pero nunca mencionado?
¿La emoción de ser nombrado padrino ante el primer nacimiento o la llamada no contestada?
Como escribió Félix Grande, “donde fuiste feliz alguna vez, no debieras volver jamás”.
Pero sin ponerse sentimentales, sigo con la historia.
Otro pico de tensión fue cuando Blades regrabó completamente, en 2022, el disco Siembra (aquel logro compartido), pero con otra orquesta, la de Roberto Delgado. Lo hizo en vivo en el teatro Coliseo de Puerto Rico. Cuando dos años después el disco fue nominado a los Grammy, Colón publicó en sus redes un video fatal: “Hoy tengo que presenciar dolorosamente un clon de mi trabajo galardonado con el Grammy al Mejor Álbum Tropical, sin reconocimiento a mi contribución en su creación”.
De golpe se sintió sacado de su obra, borrado de la siembra.
Blades contestó también públicamente: “Estoy regrabando temas que hice antes bajo otros sellos. Lo hago para poder ser el dueño de los ‘masters’ de mis composiciones musicales… Quise grabar Siembra para obtener la propiedad de mi trabajo, cuyo máster original hoy es de Fania Records. Y claro: soy el único ‘clon’ en esta nueva versión de Siembra grabada en 2022”.
Blades y Colón pelearon por dólares, pero creo que eso es anecdótico. Ya estaban separados hacía mucho tiempo. Ya se había instalado la desconfianza y el rencor. Después siguieron con la política. Colón cada vez más trumpista, Blades cada vez más antitrumpista.
Cuando el 21 de febrero murió Willie, Blades le dedicó una última carta: “Recuerdo perfectamente la última vez que lo vi, el 3 de abril de 2023, en el velorio de nuestro amigo y colega, el bongosero Jorge ‘Georgie’ González. Estaba conversando con José Massó y su esposa Divina cuando sentí una mano en mi hombro. Me volví y allí estaba Willie. Si a mí me sorprendió verlo, el resto de la gente presente casi se desmaya al vernos juntos. Contrario a lo que quizás algunos esperaban, nuestra conversación fue cordial. Y es que, a pesar de los pesares que existían y existirán, ambos siempre respetamos lo que hicimos y las experiencias por las que atravesamos durante esos seis años y seis álbumes juntos, creando direcciones musicales inéditas hasta ese momento, en un género colmado de inconmensurables talentos”.
La carta sigue por los momentos buenos de la pareja y se pregunta sobre el pleito judicial, sin encontrarle explicación.
No se limitó al brillo: también hubo mención para la mugre.
Y termina con un “Descansa en paz, Willie Colón, y te repito lo que siempre digo: ¡gracias, Willie! Usted no está muerto, compadre. Al contrario; ahora es que Usted comienza a vivir”.
No entendí el final, eso de decirle a alguien que comienza a vivir porque se murió, pero bueno, será algo caribeño, qué sé yo. Después de todo, Rubén Blades fue durante ocho temporadas Daniel Salazar en Fear the Walking Dead, donde se dedicó a matar zombis.
Bastante a menudo sueño con amigos que ya no son amigos.
Nunca son sueños desagradables.
Pero prefiero que queden en eso.
En la época en que esperábamos la salida de los discos de Willie y de Rubén.
Revista Seúl

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