OPINIÓN
De cómo el relativismo moral erosionó la base cultural y económica del país
Los restos de un delincuente juvenil de 14 años fueron despedidos a los tiros y al grito de “ustedes defienden a la policía y están en contra de los chorros”. La escena, brutal y elocuente, no fue solo la expresión de un hecho policial: fue la manifestación descarnada de una cultura que durante años se fue incubando en la Argentina y que hoy muestra sus consecuencias sin disimulo.
Durante demasiado tiempo se instaló, de manera explícita o solapada, la idea de la romantización del crimen. No se trató de un fenómeno marginal ni de una lectura aislada. Referentes públicos con llegada masiva contribuyeron a naturalizar ese clima moral. El humorista y actor Daddy Brieva, identificado reiteradamente con el kirchnerismo y el peronismo, llegó a afirmar sin ambigüedades: “nosotros en el peronismo tenemos una alta consideración por el oficio del chorro”. En la misma línea, el dirigente peronista Guillermo Moreno sostuvo públicamente que el delincuente debía actuar con “códigos” y que, si lo hacía, estaba todo bien; incluso llegó a precisar que “cuando se le roba a una viejita no hay que pegarle”.
Lo que parece extraído de un film surrealista ocurrió en la Argentina real. Y esos dichos no fueron exabruptos individuales: formaron parte de una cultura en la que comenzó a darse por descontado que no estaba del todo mal que quienes tenían menos les robaran a quienes tenían más. Ese deterioro moral caló hondo y terminó convirtiéndose en uno de los cimientos más persistentes que el peronismo logró instalar en el hipotálamo social argentino.
La consecuencia no se limita al plano policial. Esa base ética difusa se expande a otros terrenos y configura una nueva amalgama de sentido común en la que las generaciones más jóvenes, como mínimo, empiezan a dudar de lo que está bien y de lo que está mal. Cuando el delito deja de ser inequívocamente condenable y pasa a ser relativizado según la identidad social del que roba y del que es robado, la brújula moral de una sociedad se descompone.
El componente clasista de ese razonamiento agrega un daño adicional: conspira contra la formación de una cultura del esfuerzo y del progreso material por la vía del trabajo. Si el inconsciente colectivo pondera como “bueno” o justificable el atajo del delito, el incentivo para construir, producir y mejorar se erosiona. De allí a advertir que esta matriz cultural impacta directamente en la performance económica y en el nivel de vida del país hay apenas un paso.
Lo más inquietante es que empieza a imponerse la sospecha de que la instalación de la romantización del crimen no fue un tránsito aleatorio ni espontáneo. Que pudo haber sido, en cambio, parte de un proceso deliberado para desmoronar las bases morales y mentales de la sociedad, debilitando su capacidad de juicio y haciéndola más dependiente de la dádiva estatal administrada por dirigentes que, durante décadas, ocuparon el poder con los resultados que hoy están a la vista.
Desde ya, nadie sostiene seriamente que la sola modificación del régimen penal juvenil vaya a transformar automáticamente a la Argentina en un país modelo y floreciente. Sería ingenuo y simplista. Pero sí es imperioso reconstruir una base cultural mínima en la que la sociedad vuelva a distinguir con claridad lo que está bien de lo que está mal.
Eso implica también señalar sin eufemismos a quienes, desde la política o la cultura, contribuyeron a erosionar esa frontera. Los Brieva y los Moreno de la vida no son meros opinadores pintorescos: funcionan como arietes subliminales de una avanzada que relativizó principios elementales y debilitó los mecanismos del buen razonamiento social.
La Argentina no va a salir de su estancamiento mientras no recupere esa estructura moral básica. Sin ella, no hay ley que alcance, economía que prospere ni futuro que se sostenga. Con ella, en cambio, comienza el único camino posible hacia una sociedad que vuelva a valorar el trabajo, la legalidad y la responsabilidad como pilares de su desarrollo.
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