OPINIÓN
Temas varios. Fríos los panchos. Dos países en Bolivia. No sos el mismo
§ Se profundiza cada vez más la interna de La Libertad Avanza entre los Caputo boys (el Gordo Dan y todas Las Fuerzas del Cielo) y el otro vértice del Triángulo de Hierro, Karina, que hace equipo con los Menem (Lule en las sombras y Martín como presidente de la Cámara de Diputados).
Esta vuelta se supo que una cuenta troll de X (@PeriodistaRufus), que se la pasaba atacando al sector liderado por Santiago Caputo, pertenecía al mismísimo Martín Menem: cometió la torpeza de publicar un link de Instagram desde la cuenta personal del diputado, cosa que Instagram buchonea al instante. Luego del miniescándalo, la cuenta @PeriodistaRufus se dio de baja (en una maniobra bastante sospechosa que no puede atribuirse a otra cosa que a la famosa “cola de paja”). Claro que en la Internet nada se pierde: algún libertario geek armó un pequeño sitio en el que se pueden consultar 612 posteos de entre el 1° de marzo del año pasado y el último sábado, cuando se dio de baja la cuenta.
Cuando le preguntaron, Milei salió a decir que fue algo que “le han plantado” a Martín Menem. En la misma entrevista, dijo que Santiago Caputo es “como un hermano” para él. Pero para calentar los paños fríos salió Agustín Laje: “No tenía ninguna intención de meterme en este quilombo, pero cómo molesta constatar que le están mintiendo al presidente”.
Al presidente le pueden mentir, pero eso no significa que él se deje engañar. ¿Es lo que está pasando? ¿O Milei sabe todo e igual quiere mediar porque cree que necesita tanto a los motores de la batalla cultural como a los dueños del territorio y en esa combinación está el secreto de su éxito electoral?
§ La sesión de Diputados del 6 de julio de 2021 pasó a la historia por el pintoresco festejo del diputado mendocino José Luis Ramón, con poncho y gritos en la madrugada, y por la enorme mayoría que votó la inefable Ley de Zonas Frías, que ampliaba a lugares como Rosario y casi la mitad del país el subsidio al consumo de gas. Podemos decir que esa noche fue el pico de insensatez ideológica del sistema político argentino, un ejemplo perfecto de cómo razonar mal y defender una medida anti-pobres con un discurso a favor de los pobres. Aquella ley no sólo multiplicó por cuatro los subsidios al gas, sin importar el consumo o el ingreso de los usuarios, sino que puso parte de la carga en los millones de hogares argentinos sin acceso a la red de gas, que se calientan con garrafas más caras.
Era una ley indefendible pero, en aquel momento, con enorme consenso (salvo excepciones, JxC votó en contra), justo en una época en la que el círculo rojo y los analistas más reputados reclamaban a los políticos por no ponerse de acuerdo en nada. Bueno, acá tenían una muestra de qué podía pasar cuando los políticos se ponían de acuerdo: una de las leyes más insólitas desde el regreso de la democracia, votada por casi 200 diputados.
Pasaron menos de cinco años desde aquella noche, pero el sentido común ha cambiado mucho. Tanto cambió que el miércoles Diputados derogó (buena parte de) aquella ley y apenas si ha habido protestas, escándalos o fricciones. Da un poco de vértigo pensarlo así, pero hasta hace nada lo normal, lo mayoritario y lo festejable, casi lo obligatorio, era pensar que cualquier problema se arreglaba con un nuevo subsidio del Estado nacional. Hoy ya no es así, pero la moraleja de la historia es que las mayorías políticas y sociales pueden cambiar más rápido de lo que uno cree. Saludos a Ramón, si nos está mirando.
§ Hace dos días que nuestros vecinos bolivianos están viviendo un clima de asfixia casi total. La tensión que se viene generando desde hace semanas explotó anteayer y ayer con manifestaciones violentas, saqueos, bloqueos en las entradas de la capital y el pedido de renuncia del presidente Rodrigo Paz. Las huelgas, que como siempre son por el triste desgaste económico que el país arrastra hace años, comenzaron a principios de mes, pero se convirtieron en una cuestión de alcance nacional, cuestión que complejiza el asunto porque se mezclan demandas concretas por el costo de vida con reclamos territoriales de grupos indígenas. Desde mineros a maestros, pasando por productores agropecuarios y organizaciones sindicales cercanas a Evo Morales.
A la crisis social hay que sumarle la crisis política. El presidente es el blanco de la huelga, pero no hace falta ser un politólogo especializado para ver que la situación que tiene enfrente es de completo impasse. Asumió hace tan solo seis meses y ya está peleado con su vice, carece de mayoría en el Congreso y ahora además recibe el odio de la gente que medio año atrás lo votó. Incluso pareciera que Paz tampoco tiene un plan claro de cómo enfrentar esta crisis: por momentos quiere dialogar y por momentos quiere criminalizar. Además de los cambios que hizo en el gabinete, creó un consejo especial para dialogar con los sectores que exigen su renuncia. Pero también acusó a los manifestantes de golpistas organizados por Evo Morales (cosa que fue respaldada por el gobierno de Estados Unidos y el de Argentina).
Si bien este reportaje de LN+ muestra que la penuria económica es la causa de los problemas más que un intento de cambiar el régimen, es claro que el rol de Evo Morales enturbia todo un poco bastante. Parece estar viviendo en un país dentro de su país: prófugo de la Justicia por estar acusado de trata y de haber mantenido relaciones sexuales con una menor de edad. Pero, sobre todo, cuenta con un arsenal de militantes, algunos armados, que lo cuidan de posibles raptos o allanamientos. Incluso tomaron un aeropuerto regional para que no lo puedan buscar en avión. Está resguardado dentro de su campo de fuerza mientras difunde mensajes en redes sociales y llama a organizar manifestaciones. Encarar el plan económico se vuelve difícil ante un Estado con tal debilidad.
§ La polémica suscitada por el recital de Fito Páez del miércoles pasado fue tal que consideramos redundante explicar el asunto y vamos a pasar directamente a aportar nuestros dos centavos. Eso mismo que todos estaban esperando leer ahora.
Se supone en principio que un músico popular tiene todo el derecho del mundo a presentar el espectáculo que estime más conveniente, con las canciones que mejor le resulten, las que tenga ganas de tocar o aquellas que quiera difundir más allá de que no sean necesariamente las preferidas por el público. Se supone también que el público que paga una entrada cara en el principal estadio cubierto de la ciudad no debería sentirse obligado a aplaudir una mala actuación, del mismo modo que podría comportarse de una manera más educada si el espectáculo por algún motivo no lo satisficiere.
Pero nos parece que la mano va más bien por otro lado. Sucede que en Argentina y en todos lados está lleno de solistas y bandas de rock que conocieron mejores épocas, y que aun así disfrutan el mero hecho de presentarse en vivo a tocar. Gordos, pelados, con la voz en condiciones dispares, a veces incluso con material nuevo para presentar, pero ya sea en un barcito, en un festival o en un estadio, estos artistas tienen bien en claro qué es lo que se espera de ellos: que toquen eso que los que pagaron la entrada quieren escuchar.
Fito, en cambio, no parece dispuesto a reconocer que hace 30 años que no saca un disco decente (después los escuchamos). Actúa como si estuviese todavía en la cresta de la ola y en el estado de gracia de sus primeros discos, cuando hasta el quinto tema descartado de un LP parecía un tesoro para la posteridad. Y como si este equívoco en la percepción de su obra fuese poco, además se propuso tocar completa su reciente ópera rock sin avisarle a nadie con la suficiente antelación.
Le pedís demasiado a tu público, loko. Que sí, repetimos, podría haber cuidado un poco más las formas. Queda feo eso de enfrentar el “acaso mi disco nuevo no vale” con el colectivo “acaso mi plata no vale”.
Revista Seúl

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