LOS DÍAS ERAN ASÍ

OPINIÓN

La generación de las redes, esa farsa de democracia digital que en realidad es manipulada hasta en sus detalles más mínimo, con criterios de perversidad que no reparan en convertir al desprecio en un negocio que genera dinero segundo a segundo

Por Sergio Schneider

Perdonen la cara angustiada, perdonen la falta de abrazo, perdonen la falta de espacio, los días eran así.
("A nuestros hijos", Vítor Martins-Ivan Lins)

El jueves pasado, en NORTE TV, el programa "Pulso político" montó un debate con dos voces políticas juveniles en principio antagónicas. Una de ellas, la de Branko Jovanovich, dirigente universitario peronista; la otra representada por Damián Domínguez, joven arquitecto que también durante su paso por la universidad decidió militar por las ideas libertarias. Ambos se volvieron conocidos en la franja etaria que comparten y dentro del grupo de jóvenes interesados por los asuntos públicos.

Desde la preparación del debate y en base a la experiencia desarrollada en muchos años de ejercicio periodístico, productores y conductores de NTV dieron por descontado que los protagonistas del encuentro no iban a tardar en calentar la discusión y convertirla en un ring intenso de acusaciones, contraataques y descalificaciones. Es lo que sucede desde que tenemos memoria en la política "adulta" del país y del Chaco.

Otra cosa

El debate fue de las cosas más esperanzadoras que uno haya vivido en el día a día de los últimos años. Jovanovich y Domínguez mostraron que, efectivamente, piensan totalmente diferente acerca de la historia política de la Argentina, que difieren muchísimo a la hora de identificar cuáles son las causas del formidable fracaso nacional en materia económica y social, que están en las antípodas al momento de evaluar el rol de Javier Milei o Cristina Kirchner en la situación del país, pero que son capaces de exponerlo de una manera que, lamentablemente, nunca vemos ni oímos en los jugadores de las ligas escuchándose, respetándose, siendo capaces de entender que alguien que piensa diferente no solamente no es un enemigo al que urge destruir, sino incluso capaces de dar por sobreentendido que ese otro que opina distinto lo hace desde un deseo idéntico al propio de que las cosas sean mejores para todos los que vivimos en esta nación, desde un mismo amor por el pueblo que somos.

Pensaba, luego de escucharlos y verlos, en cuántas cosas del debate político (en definitiva, de la construcción de un proyecto de país) hemos aceptado como inalcanzables o impracticables, al punto de que cuando dos personas involucradas en la política son capaces de discutir de verdad, como lo hicieron ellos, recién nos damos cuenta de que no las tenemos. Por ejemplo:

-La capacidad de escucharse. Ya sabemos que escuchar y oír no son lo mismo. Nuestros funcionarios, legisladores y dirigentes, habitualmente, oyen pero no escuchan. Si debaten tienen tan por cierto que son los dueños de la verdad que no les interesa prestar atención a lo que dice el otro. ¿Para qué, si es imposible que la razón esté en otro lado que no sea el suyo? No solemos ver discusiones reales, sino monólogos que se enciman, se chocan, se estrellan frontalmente.

-La posibilidad de hallar puntos en común. En el intercambio entre Jovanovich y Domínguez hubo momentos en los que, con mucha naturalidad, fueron capaces de darse la razón recíprocamente. Sin que fuera un acto de sarcasmo, sin que se tratara de una ironía filosa. También sin grandilocuencia. Simplemente, la disposición a aceptar que la verdad no está toda del lado de uno mismo. "En eso tenés razón", la frase menos escuchada en las discusiones públicas y en las de nuestras propias vidas cotidianas.

-Discutir no requiere de descalificar. Ninguno de los dos militantes tuvo, en ningún momento, la necesidad de mofarse de las ideas del otro ni mucho menos la de echarle encima el barro de la desacreditación personal. Se centraron en sus ideas. Las defendieron, verificaron una vez más que son distintas, pero aceptaron que cada uno tiene las suyas y que nadie tiene la potestad de obligar a otros a pensar lo mismo que uno.

-El disenso no es un asunto personal. A pesar de la pasión con la que viven sus militancias, no se gritaron, no amagaron con golpearse, no se ladraron aparatosamente. Se saludaron con mucha cordialidad antes de comenzar y volvieron a saludarse del mismo modo al retirarse. Pensar diferente no es una ofensa ni un agravio que perfora las paredes de lo personal. Aunque a muchos, demasiados, les cueste creerlo, la democracia no es un bien privado. Deberían aprenderlo (pero no lo aprenderán) los jefes partidarios, pero también la infinita legión de salames que descalifican desde la miserabilidad de las redes, enarbolando principios que -para colmo- jamás han tenido cabalmente.

-Se puede pensar con la cabeza propia. Ambos dieron muestras claras de que no repiten consignas como autómatas. Comparten y replican, obviamente, pensamientos y lecturas de la realidad que bajan desde arriba en los sectores de los que forman parte, pero lo hacen masticando y procesando cada idea. Y en ese ejercicio de animarse a pensar por sí mismos, generan reflexiones que se salen del cauce de lo más repetido o que incluso parecen contradecir lo que sostienen, en algunos temas puntuales, sus principales referentes. Parecen tener la sabia convicción de que la lealtad que sirve no es la que defiende hasta lo indefendible, la que prioriza "lavar adentro los trapitos sucios" y "no sacar los pies del plato", sino la de plantear con honestidad intelectual la mirada personal sobre los asuntos que se juegan en cada instancia.

No es fácil

No se trata, tampoco, de caer en la idealización. Lo que pudimos ver el jueves no nos dice que se viene un mundo nuevo ni que las futuras generaciones de argentinos correrán de la mano por las calles cantando una misma canción. Eso seguirá ocurriendo, por muchísimo tiempo, solamente cada vez que se esté jugando un Mundial de Fútbol. Porque Branko y Damián son dos jóvenes, pero no son toda la juventud, y miles y miles de otros no eligen ni el respeto por los demás ni la idea de lograr alguna vez una auténtica construcción colectiva de lo que queremos ser, sino que aprenden temprano de sus mayores que para la imposición de un proyecto político no hay nada mejor que tener un buen odio a mano. Sus referentes y líderes les enseñan que no es tan importante saber lo que uno quiere hacer como tener en claro, muy en claro, a quién detestar y en qué pechos hay que clavar las lanzas.

Son, además, la generación de las redes, esa farsa de democracia digital que en realidad es manipulada hasta en sus detalles más mínimo, con criterios de perversidad que no reparan en convertir al desprecio en un negocio que genera dinero segundo a segundo. Y son, también, los pollos de la granja en una fase extrema del capitalismo, que exacerba la idea de que uno es su capacidad de consumo. No sos lo que sos, sos lo que tenés. Y tener será, siempre, una aventura individual. En otro mundo, un chico se prestigiaba en los libros que había leído, en la música que escuchaba, en las ideas que podía desarrollar. Hoy, en muchísimos ambientes, todo eso quedó reemplazado por la marca del celular que se porta y la de las zapatillas que se llevan.

Pero aún en esa podredumbre que reciclan una y otra vez los dueños circunstanciales de la pelota, crecen Brankos y Damianes que se atreven (y vale el verbo, porque no debe ser fácil salirse de las ecuaciones de este tiempo) a ir por otro camino. Uno que nunca nos muestran los que dirigen, y que ojalá habiliten los que vengan después de algún después.

Diario NORTE


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