OPINIÓN
La felicidad –en su sentido fuerte– no es solo “estar bien”, ni “tener lo necesario”, ni siquiera “estar acompañado”. Es vivir bien: obrar bien
Por
Ceferino Muñoz Medina

Y obrar bien no depende por completo de las circunstancias externas, sino del carácter y de las elecciones. La verdadera felicidad, la auténtica vida lograda, solo es alcanzable mediante la virtud.
Luego de semanas de saludos y buenos deseos –“Feliz Navidad”, “Feliz Año Nuevo”– conviene precisar un poco qué estamos diciendo. Cuando deseamos “felicidad”, ¿de qué hablamos? Y, más aún, cuando un ranking como el World Happiness Report afirma que la mide, ¿qué mide en rigor: felicidad o bienestar?
La pregunta no es una mera ocurrencia. Desde 2012, el World Happiness Report publica una lista anual de países “más felices”. Y algunos gobiernos se tomaron el asunto como política pública: Bután promovió la Felicidad Nacional Bruta; Venezuela creó en 2013 un Viceministerio para la Suprema Felicidad Social del Pueblo; y Emiratos Árabes Unidos estableció un Ministerio de la Felicidad y el Bienestar. Hay, pues, medición, instituciones y hasta burocracias de la felicidad.
Pero la cuestión de fondo es conceptual: una cosa es medir condiciones o percepciones asociadas a una vida satisfactoria y otra, muy distinta, es medir la felicidad en sentido pleno.
Durante más de una década, el índice del World Happiness Report combinó condiciones objetivas con una evaluación subjetiva de la vida: ingreso, salud y esperanza de vida, apoyo social, libertad para elegir, percepción de corrupción, entre otras variables. Son dimensiones relevantes, claro. Sin embargo, describen sobre todo “bienestar”, o, si se quiere, “calidad de vida”. No necesariamente aquello que, desde la tradición ética, entendemos como felicidad.
Aristóteles ya había distinguido este punto hace veinticuatro siglos con una claridad que todavía sorprende. Para él, hay bienes exteriores (recursos materiales, seguridad, condiciones sociales), bienes del cuerpo (salud, vitalidad, placeres) y bienes del alma (amistad, amor, conocimiento, sabiduría, formación del carácter). Los rankings contemporáneos han medido sobre todo los dos primeros grupos: bienes exteriores y corporales. Y es razonable, pues un país con baja corrupción, buena salud pública, educación sólida y posibilidades de progreso ofrece condiciones favorables para vivir. Pero lo que se mide allí son condiciones que facilitan la vida buena, no la vida buena misma.
Aquí entra el dato interesante del giro reciente. En los últimos años –y especialmente en 2025– los investigadores empezaron a mirar con más atención ciertos bienes del alma: confianza social, apoyo mutuo, cercanía afectiva, generosidad. En términos aristotélicos, comenzaron a rozar el terreno de la philia, esa amistad cívica y personal que Aristóteles consideraba constitutiva de la buena vida. Medir cuántas comidas se comparten, cuánta confianza hay entre desconocidos o cómo se distribuye el cuidado dentro de los hogares no es medir “emociones”, sino registrar prácticas de convivencia.
Hasta ahí, el avance es real. Sin embargo, incluso con este cambio, el ranking sigue dejando fuera lo que Aristóteles consideraba el núcleo de la felicidad: la virtud. Esa excelencia y fuerza del carácter que nos hace elegir lo correcto a pesar de las contingencias que nos rodean.
La felicidad –en su sentido fuerte– no es solo “estar bien”, ni “tener lo necesario”, ni siquiera “estar acompañado”. Es vivir bien: obrar bien. Y obrar bien no depende por completo de las circunstancias externas, sino del carácter y de las elecciones. Para Aristóteles, alguien puede disponer de bienes exteriores y corporales, e incluso gozar de buenos vínculos, y aun así no ser feliz si carece de hábitos virtuosos para conducir su vida. Prudencia para deliberar con lucidez; justicia para dar a cada uno lo suyo; fortaleza (hoy le llaman resiliencia) para sostener y acometer lo correcto bajo presión; templanza para ordenar deseos y placeres. La felicidad, entonces, no reside solo en lo que nos pasa, sino en cómo reaccionamos, vivimos y ordenamos eso que nos pasa.
Por ello los índices modernos tienen un valor enorme como diagnóstico social: permiten comparar condiciones de vida, detectar deterioros, diseñar políticas, señalar fracturas en el tejido comunitario. Pero también tienen un límite inevitable: pueden decirnos cuánto bienestar hay, cuánta confianza circula o cuánta gente se siente satisfecha con su vida. Lo que no pueden medir es lo más decisivo, esto es, la calidad moral del obrar, aquello que depende de la libertad y del modo en que cada uno conduce su existencia.
En suma, sí, se puede medir mucho de lo que rodea a la felicidad. Pero la cuestión ética permanece intacta, y tal vez sea la única que interesa cuando pasa el ruido de los brindis: lo decisivo es no solo “cómo nos sentimos”, sino “cómo vivimos”. Porque para Aristóteles –posiblemente el filósofo más relevante de todos los tiempos– la verdadera felicidad, la auténtica vida lograda, solo es alcanzable mediante la virtud.
LOS ANDES
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