¿CON QUÉ CARA?

OPINIÓN

Cuando el fallo no les gusta, es "lawfare"; cuando les conviene, es "la democracia funcionando"

Por Mario Casalongue

Sergio Palazzo salió a repartir certificados de decencia institucional como si fueran volantes en la puerta de un banco: “Son unos delincuentes si votan esto, es un mamarracho jurídico”.

La frase la tiró con tono de sentencia, de esas que buscan aplauso fácil en la tribuna propia.

El problema es que la palabra “delincuentes”, en el ecosistema kirchnerista, no es una metáfora. Es un apellido repetido.

Porque cuando un dirigente de Unión por la Patria señala con el dedo y grita “delincuentes”, el país no escucha solo una crítica a la reforma laboral: escucha el eco de años de poder, caja, impunidad y condenas. Y en el centro de esa escena está Cristina Kirchner, jefa política del espacio y condenada por corrupción. O sea: no es que el kirchnerismo “denuncia delitos”, es que discute quién tiene el monopolio del discurso indignado.

Palazzo asegura que la reforma “va a terminar en la Justicia” porque es un “mamarracho jurídico”. 

Qué ironía: el kirchnerismo hablando de Justicia como si fuera una institución neutral y no esa cosa molesta que solo respetan cuando archiva y que detestan cuando condena. 

No falla: cuando el fallo no les gusta, es “lawfare”; cuando les conviene, es “la democracia funcionando”.

El bancario también defendió su manual histórico: dijo que “no se trata de las leyes laborales” y afirmó que durante los gobiernos kirchneristas, entre 2002 y 2015, se generaron 233 mil empresas y más de 4 millones de puestos de trabajo. Dato lindo para la cartelera, sí.

Pero la pregunta incómoda es otra: si esa época fue tan gloriosa, ¿por qué el “modelo” terminó dejando una economía con inflación crónica, un Estado elefantiásico y la misma sociedad que hoy el kirchnerismo pretende liderar desde el rol de víctima permanente?

Encima Palazzo no se quedó en la amenaza verbal. Pidió directamente movilización y sugirió que los gordos de la CGT se reúnan para tomar una medida de fuerza previa al tratamiento de la ley. Traducido al idioma argentino: “si no me gusta el Congreso, lo aprieto en la calle”.

En el medio, el Gobierno de Javier Milei convocó a sesiones extraordinarias del 2 al 27 de febrero de 2026, y Palazzo leyó el calendario como un oráculo: si no lo trataron antes, es porque “todavía no tienen los votos”. 

Pero el kirchnerismo la vende como si fuese estrategia militar, mientras juega su propio ajedrez de siempre: presionar, condicionar, victimizarse y armar relato.

También habló de “poder de fuego” y de cómo Nación condiciona a gobernadores con la caja. Lo dijo con indignación profesional, como si fuese la primera vez que un gobierno usa recursos para disciplinar aliados. 

Ahí se nota el verdadero enojo: no es por el método, es por quién lo usa. Cuando la lapicera era propia, era “federalismo con gestión”. Cuando la lapicera es ajena, es “extorsión”.

Lo más jugoso igual quedó en la frase inicial: “Son unos delincuentes”. Y ahí es donde se corta la música. Porque si el kirchnerismo quiere jugar ese juego, hay que jugarlo completo. Si “delincuente” es el que vota una reforma, entonces el diccionario peronista debería tener un apartado especial para los condenados, los procesados, los amigos del poder y los que hicieron del Estado una caja registradora.

Cristina Kirchner condenada. Julio De Vido, símbolo del “planificación” que terminó con causas encima. Lázaro Báez, emblema del empresario que creció al ritmo del Estado. Y una larga lista de nombres que el kirchnerismo nunca explica del todo, pero siempre intenta tapar con una consigna.

Entonces, cuando Palazzo apunta a Diputados y grita “delincuentes”, lo que queda flotando no es la reforma laboral. Lo que queda flotando es la pregunta que el kirchnerismo detesta: ¿con qué cara?

Y la respuesta, en el universo K, es fácil: con la misma de siempre. 

La cara de la impunidad maquillada de madurez.

Agencia NOVA


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