¿LA HORA DE CUBA?

OPINIÓN

A pesar de que la caída del régimen cubano es la eterna promesa en cada sacudida geopolítica –de Granada a Nicaragua, y de Libia a Siria–, el seísmo en Venezuela podría provocar la grieta final

Por Pilar Rahola

A pesar de que la caída del régimen cubano es la eterna promesa en cada sacudida geopolítica –de Granada a Nicaragua, y de Libia a Siria–, el seísmo en Venezuela podría provocar la grieta final. El mismo Trump lo dejó entrever después de la captura de Maduro, cuando dijo a los periodistas del Air Force One que “parece que Cuba está lista para caer”. Ciertamente, el cierre del flujo económico que llegaba a La Habana vía Caracas, verbigracia de los miles de barriles diarios de petróleo que pactaron Chávez y Fidel Castro en el año 2000, podrían dar el golpe mortal a un régimen que ya acumula grandes debilidades.

Además, quien dirige el asunto cubano en la administración estadounidense es Marco Rubio, el hijo de exiliados cubanos que prometió en su libro “An American Son” que lideraría un ejército de esos mismos exiliados para hacer caer al castrismo y convertirse en el presidente de una Cuba libre. Ese sueño podría haber encontrado su oportunidad, aunque Cuba nunca es lo que parece...

De momento, lo que sí parece seguro es que Cuba está en la agenda de Trump, pero no en la versión de su primera administración, cuando acabó drásticamente con el programa de normalización de Obama y restauró la política de hostilidad, sino en su capítulo final: la caída efectiva del régimen. Así lo confirmaba el congresista Carlos Giménez en X: “El Presidente Trump está valorando todas las opciones que conducen hacia una Cuba libre de la dictadura narcoterrorista que ha destruido a la patria”.

El debate, pues, no está en el objetivo, sino en el método y es en ese punto donde cualquier opción se complica. ¿Ordenará Trump una intervención militar, previa al control de la isla? ¿Se saltará la opción militar, y jugará la carta de la negociación? ¿O será la opción de esperar al colapso, derivada del empeoramiento de la situación ya insostenible que sufre la isla? Intervención, negociación o colapso: en ese triángulo se debaten hoy las estrategias.

Opción militar

Sin duda hay que tenerla en cuenta porque a Trump no le tiembla el pulso a la hora de usar la fuerza militar para implementar su política exterior, como ha quedado sobradamente demostrado tanto en Irán como en Venezuela. Además, le avalan sus propias palabras en el programa de Hugh Hewitt: “No creo que podamos ejercer mucha más presión que la de entrar y arrasar el lugar”. Pero más allá de la tendencia al exceso dialéctico, cabe recordar que Trump es un pragmático que mesura mucho sus decisiones militares. Y una intervención estadounidense en Cuba sería una aventura muy cara, y de resultado incierto. A diferencia de Venezuela, Cuba tiene un ejército muy bien entrenado, experimentado en múltiples guerras en el extranjero -la última, la guerra de Ucrania, donde combaten más de un millar de cubanos, según la mayoría de fuentes-, y desde 1959 está preparado internamente para cualquier contingencia. El riesgo de entrar en un conflicto enquistado a 145 kilómetros de las costas estadounidenses es muy alto. Quedaría la posibilidad de una intervención rápida y quirúrgica, siguiendo la fórmula venezolana, tal como ha planteado el líder cubano José Daniel Ferrer, pero también es una opción de alto riesgo, con el añadido de que Trump no encontrará fácilmente a una Delcy cubana a la que poder controlar en el proceso de transición.

Opción negociación

Sin duda es una opción del gusto de Trump, que tiende a considerar la política exterior como una oportunidad para negociar acuerdos económicos. Pero a pesar de sus propias palabras asegurando que está hablando con el régimen, éste parece negarlo rotundamente y las últimas noticias no van en esa dirección, especialmente con la llegada a La Habana del ministro de Interior ruso, Vladimir Kolokoltsev, que no es un canciller cualquiera. Es el general responsable del aparato represivo ruso y por su cruento papel en la guerra de Ucrania ha sido sancionado por la UE, de manera que nadie imagina que ha ido a La Habana para firmar acuerdos culturales. Muy al contrario (y más allá de ayudar a reforzar el aparato represivo), se trata de una auténtica declaración de intenciones justo en el momento en que cae el chavismo: la confirmación del papel de Rusia como guardián de la supervivencia del régimen cubano, reforzando sobre todo su carácter represivo. Es decir, una relación simbiótica donde el Kremlin aporta supervivencia a la dictadura cubana y Cuba le da influencia estratégica. A ello cabe añadir dos gestos internacionales igualmente significativos: la “nueva ronda de ayuda” de China a la isla, con un aporte de 80 millones de dólares y una donación de 60.000 toneladas de arroz, y la decisión de la presidenta mexicana Claudia Sheinbaum de mantener el envío de petróleo a Cuba, sin tener en cuenta ni la presión regional, ni la advertencia de Trump que había asegurado que “¡no habrá petróleo ni dinero para Cuba! ¡Cero!”. De momento, pues, parece que es Cuba quien mueve ficha y que la opción negociadora no se sitúa a 145 kilómetros, sino a miles de kilómetros de la isla.

Opción colapso

Sin duda, a pesar de México, Rusia y China, la situación de la isla, que ya estaba al límite, ha entrado en barrena con la caída del régimen bolivariano. En los tiempos de Chávez Venezuela llegó a enviar 100.000 barriles diarios de petróleo, y en la actualidad rondaba los 35.000 diarios, que la isla pagaba con todo tipo de servicios humanos, incluyendo contingentes de seguridad. Era un proceso de vampirización de los recursos venezolanos que durante dos décadas han permitido la supervivencia del régimen. Además, la llegada de petróleo no solo servía para paliar el déficit energético de la isla, sino que se revendía en los mercados internacionales, especialmente a China. Pero con la caída de Maduro y el cese de envíos del crudo venezolano, la situación económica de Cuba se agravará terriblemente. El PIB está por los suelos, los créditos se amontonan sin pagarse, la escasez de alimentos golpea con la misma dureza que la falta de medicamentos. Apenas hay combustible y la crisis energética deja a la población con cortes de luz que llegan a las 20 horas al día. Mientras, la producción industrial ha caído en picado al igual que la producción agrícola. Y el turismo internacional está en sus peores cifras.

Ante una situación tan extrema, Trump podría considerar que la estrategia más eficaz es ayudar a implementar el colapso -aún tiene opciones para dañar más la economía de la isla- y esperar a que el régimen caiga por el peso de la gravedad, en un proceso de autodestrucción. Pero en ese caso, el riesgo de un Haití a las puertas de EEUU, con una crisis humanitaria y un aumento de la criminalidad, que derivaría en una crisis migratoria masiva, es muy alto.

Tres opciones, tres altos riesgos. La determinación de Trump para que caiga el régimen cubano en su mandato parece tomada, y ello es una noticia grandiosa para los derechos humanos. Se trata de la dictadura más antigua y longeva del continente, y por ello es la más resiliente. ¿Caerá? Todos los indicadores abonan la esperanza. Pero desgraciadamente ninguno parece optimista en la premura de la caída.

Infobae




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