ORDENADOS POR EL ANTIKIRCHNERISMO

OPINIÓN

El equipo, los proyectos y los votantes del Gobierno se parecen cada vez más a los del PRO

Por Hernán Iglesias Illa

Después de la renuncia de Cúneo Libarona y el nombramiento de Juan Mahiques en el Ministerio de Justicia, ayer a la mañana, publiqué este tuit, descriptivo y sin comentarios: «Tras el cambio anunciado recién, ahora 6 de los 9 ministros del gabinete nacional son ex dirigentes o funcionarios del PRO: Caputo, Santilli, Quirno, Sturzenegger, Monteoliva y Mahiques». El tuit generó respuestas tan diversas, muchas de ellas encendidas, otras burlonas, que me pareció interesante repasarlas y explicar mejor por qué me parece significativo que dos tercios del gabinete venga del PRO o de sus gobiernos.

La mayoría de las respuestas fueron negativas, porque es lo habitual en X: al que le gusta lo que decís mete un like o un RT y sigue con su vida. Es el interpelado el que se siente obligado a responder. Un primer grupo, poco interesante, fue el de los kirchneristas que decían cosas como “este gobierno siempre fue del PRO”, algo que sorprendería tanto a los oficialistas como al propio PRO. Otros kirchneristas, muy contentos, me retuitearon con variantes de “el gobierno de la casta”, una ironía a esta altura anacrónica. Después estaban los (así llamados) PRO puros, que insultaban a los ministros por sumarse a un gobierno que no les gusta; los ex cambiemitas, enfurecidos desde Cemento por el apoyo del PRO al oficialismo; y los libertarios ortodoxos, que aprovechaban para recordar la “tibieza” de la experiencia 2015-2019. Unos pocos, canosos o pelados, recordaron el rol de la Ucedé en el primer gobierno de Menem.

En definitiva, nadie tuvo nada positivo para decir sobre el PRO, lo que no es sorprendente, porque en estas décadas ha sido infrecuente encontrar valoraciones imparciales positivas sobre el partido. No es una queja: si no ocurrió es al menos en parte por responsabilidad del PRO, donde participé activamente diez años. Mi módico consuelo es que quizás algunos de los que likearon en silencio entendieron por qué me pareció relevante el dato, que para mí contribuye a explicar mejor la situación política actual, la de los últimos años y, quizás, la de los próximos.

Una pregunta habitual, de algunos para regodearse, de otros por curiosidad genuina, es qué futuro tiene el PRO en esta situación. No es una mala pregunta. Me la hice yo mismo, por ejemplo, durante el tratamiento de las leyes aprobadas en estos días: la reforma laboral, un proyecto no muy distinto del que presentó Cambiemos en su momento; el nuevo régimen penal juvenil, muy parecido al que presentó Cambiemos en 2019; y el acuerdo UE-Mercosur, negociado por el propio gobierno de Cambiemos. En su momento quedaron apenas en proyectos, por una variedad de razones (los libertarios dirán que faltaron “huevos”), pero la pregunta clave era qué debían hacer los legisladores del PRO frente a estas tres leyes sobre las que estaban convencidos. La única respuesta posible era votarlas. ¿Desdibujó eso el perfil de su partido? Más vale, pero las alternativas eran peores.

Uno de los tuiteros ingeniosos de ayer me recordó la famosa frase de Macri, al final de su mandato, sobre que si volviera a empezar “haría lo mismo, pero más rápido”, sugiriendo que el gobierno de Milei está, curiosamente y dolorosamente, cumpliendo ese mantra: lo mismo, pero más rápido. Es decir, el mismo rumbo, sobre todo en lo económico, y sin “gradualismo”, por usar una palabra caída en desgracia. Pero además en otro sentido: la misma lucha contra el kirchnerismo pero con más convicción, asegurar su derrota más rápido. Esto es importante porque desde hace por lo menos un año el gran villano de la cosmovisión libertaria ya no es “la casta” sino el kirchnerismo, identificando correctamente que es la mejor manera de mantener a sus votantes heredados del PRO. Incluso esto apareció en algunos análisis pos-electorales del año pasado: el anti-kirchnerismo, esa emoción con mala fama, vista como una posición poco inteligente y poco democrática, tan culpable de la “grieta” como el propio kirchnerismo, al final estaba vivito y coleando.

Demanda y oferta

En el apogeo del duranbarbismo, hace una década, teníamos en el PRO una frase que decía: la demanda ordena la oferta. Es decir, los deseos de los votantes condicionan las alianzas electorales y no al revés. Agrupar dirigentes y sellos partidarios sirve de poco si esa mezcla no representa una expectativa de la sociedad. No es una ley de hierro (hay excepciones), pero sí bastante potente y creo que sirve para explicar de una manera distinta lo que viene pasando. Desde 2023, pero sobre todo en 2025, el electorado cansado de la época kirchnerista reordenó a la coalición antikirchnerista de la siguiente manera: pasó de una coalición liderada por el PRO y acompañado por partidos menores moderados a una coalición liderada por LLA donde ahora al PRO le toca el rol de acompañante menor moderado.

Esto, claro, ocurrió en parte porque la oferta de JxC de 2023 no representó esa pulsión de cambio de época de un electorado que se había corrido, grosso modo, hacia la “derecha”, hacia el “más rápido”. En 2023 buena parte del sistema creía que la demanda principal de los argentinos era terminar con la grieta entre macristas y cristinistas. En 2025, con el auge de Provincias Unidas, un claro ejemplo de “ofertismo” político, pasó lo mismo. Pero la demanda era otra y, en mi visión, no se ha modificado: para una parte importante del electorado no peronista, ahora multigeneracional (hijos libertarios, padres cambiemitas), el objetivo principal de su participación política sigue siendo ayudar a dejar atrás al kirchnerismo y votará la combinación de la oferta que mejor exprese esa demanda.

Esta situación podría cambiar si la economía despega a un nivel en el que ya parezca que estamos a salvo de una crisis. O si el candidato peronista milagrosamente no es Axel Kicillof sino un defensor de la economía de mercado que repudia la corrupción K y el populismo económico. Como estas dos cosas son improbables (me empiezo a anotar en el team “che, despierten al dólar”), mi pronóstico es que el viejo y querido antikirchnerismo seguirá siendo un factor electoral central en las elecciones de 2027.

Todo esto, por supuesto, limita el rol del PRO. El ex presidente Macri viene susurrando la idea de que el partido tenga su propio candidato en las elecciones presidenciales. Quizás lo piense en serio, quizás sea parte de un juego de largo plazo. No me parece, en cualquier caso, lo más relevante. El PRO encontrará su lugar o no lo encontrará. Pero me parece innegable que hoy la demanda lo ubica naturalmente en el antikirchnerismo, una emoción tan potente como el antimenemismo de hace 30 años (que también ordenó su oferta: la Alianza).

Y también creo que este gobierno más influido por el PRO (equipo cada vez más parecido, proyectos de ley parecidos, votantes cada vez más parecidos) es mejor del que arrancó hace dos años. Lo veo más consistente, menos volátil, menos obsesionado por la batalla cultural global y más enfocado en su disciplina reformista (si digo tecnocrática se enojarán los “anti-globalistas” del gobierno). Toto Caputo, por ejemplo, felicitó el otro día a Alejo Maxit, presidente de AYSA, otro de los funcionarios generación intermedia que entró a la política por el PRO (fue el número dos de ANSES los cuatro años de Cambiemos) y ahora está en la gestión de Milei. Como ese caso hay cientos.

Alguien podría decir, y tendría razón, que toda esta mimetización ocurrió sin el acuerdo del PRO ni de Macri y que más bien fue al revés: una absorción, una conquista, un triunfo impiadoso. Puede ser, ¿pero cuánto importa? Algo importa, pero para una respuesta completa me vas a tener que esperar a otro día.

Revista Seúl




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