OPINIÓN
La ilusión estratégica que acaba de evaporarse
Por Carlos Mira
Durante años, el conflicto en Medio Oriente fue descrito por diplomáticos y comentaristas como una “crisis contenida”. Un problema grave, sí, pero limitado: Gaza por un lado, Hezbollah por otro, Irán en la sombra y las potencias occidentales intentando mantener el equilibrio. Esa ilusión estratégica acaba de evaporarse.
Los últimos días muestran una realidad distinta: el conflicto ha dejado de ser una serie de guerras paralelas para convertirse en un frente regional que involucra directamente a Israel, Irán, milicias islamistas y, cada vez más abiertamente, a Estados Unidos.
Ataques aéreos israelíes y estadounidenses contra objetivos en Irán desencadenaron una ola de represalias con misiles, drones y operaciones indirectas a través de milicias aliadas en toda la región. Hezbollah abrió un frente desde el Líbano, mientras Israel respondió con bombardeos y órdenes de evacuación en zonas del sur del país.
Lo que alguna vez fue una confrontación indirecta —la llamada “guerra en las sombras”— se ha transformado en algo mucho más peligroso: un enfrentamiento abierto entre estados y actores armados que comparten una misma lógica ideológica.
Ese cambio no ocurrió de un día para otro. Es el resultado de años de errores estratégicos, ambigüedades morales y un progresivo debilitamiento del principio más básico del orden internacional: la disuasión.
Durante demasiado tiempo, el mundo toleró la expansión de redes militantes financiadas por Teherán bajo el argumento de que podían ser contenidas. Hamas en Gaza, Hezbollah en el Líbano y diversas milicias chiitas en Irak y Siria operaron como extensiones de una misma arquitectura de poder. El objetivo nunca fue un secreto: rodear a Israel con frentes armados capaces de desgastarlo en conflictos permanentes.
Pero la comunidad internacional —particularmente Europa— prefirió tratar ese fenómeno como un problema diplomático antes que estratégico.
El resultado está ahora a la vista.
Irán no solo desarrolló una red regional de milicias; también avanzó en su capacidad misilística y en su influencia política sobre estados frágiles. En paralelo, las organizaciones islamistas perfeccionaron una estrategia híbrida que combina terrorismo, propaganda y manipulación humanitaria.
En ese contexto, la escalada actual no es un accidente. Es la consecuencia lógica de una estructura de conflicto que fue creciendo mientras el mundo insistía en llamarla “tensión”.
Lo que sí cambió es el umbral de respuesta.
Israel parece haber decidido que la era de las guerras limitadas terminó. La ofensiva contra infraestructura iraní y contra estructuras de Hezbollah muestra una estrategia distinta: golpear el centro del sistema en lugar de limitarse a responder a sus brazos armados.
Ese enfoque, por supuesto, tiene riesgos enormes. La guerra ya se ha extendido a varios países y ha generado miles de muertos y desplazados en apenas días.
Pero también refleja una realidad incómoda que muchos en Occidente preferían evitar: cuando un régimen ideológico financia y arma actores violentos en múltiples países, la contención parcial deja de ser una solución.
En el fondo, la pregunta que enfrenta hoy el mundo no es militar sino política.
¿Puede el sistema internacional seguir tratando a un régimen que exporta milicias, misiles y terrorismo como si fuera simplemente otro actor diplomático?
Durante años, la respuesta implícita fue sí. Se firmaron acuerdos, se levantaron sanciones, se negociaron compromisos que siempre terminaban siendo temporales.
El problema es que, mientras la diplomacia intentaba ganar tiempo, la arquitectura militar del conflicto seguía creciendo.
Hoy el Medio Oriente vive el resultado de esa contradicción.
El riesgo mayor no es solo la guerra actual. Es la posibilidad de que el sistema internacional vuelva a cometer el mismo error: buscar una pausa táctica que permita que las mismas estructuras vuelvan a fortalecerse.
La historia reciente de la región demuestra que los conflictos congelados no desaparecen. Se reorganizan.
El verdadero desafío, entonces, no es únicamente detener los combates. Es desmontar el modelo estratégico que los produce.
Si la comunidad internacional vuelve a conformarse con administrar la violencia en lugar de resolver sus causas, la escalada actual no será el final de una guerra.
Será apenas el prólogo de la siguiente.
The Post

Comentarios
Publicar un comentario