CULTURA
¿Qué dia fue? No logro precisar el momento en que empezó esa dulce fatiga
Imaginé, al principio, que la primavera se complacia, asi, en languidecerme. Una primavera todavia oculta bajo el suelo invernal, pero que respiraba a ratos, mojada y olorosa, por los poros entrecerrados de la tierra. Recuerdo. Me sentia floja, sin deseos, el cuerpo y e! espiritu indiferentes, como saciados de pasión y dolor. Suponiéndolo una tregua, me abandonó a ese inesperado sosiego.
¿No apretaria mañana con más inquina el tormento? Dejé de agitarme, de andar. Y aquella languidez, aquel sopor iban creciendo, envolviéndome solapadamente, dia a dia. Cierta mañana, al abrir las celosias de mi cuarto reparé que un millar de minísculos brotes, no más grandes que una cabeza de alfiler, apuntatan a la extremidad de todas las cenicientas ramas del jardin.
A mi espalda, Zoila plegaba los tules del mosquitcro, invitándomc a beber el vaso de lcche cotidiano. Pensativa y sin contestar, yo continuaba asomada al milagro. Era curioso; también mis dos pequeños senos prendían, parecian desear florecer con la primavera. Y de pronto, fue como que si alguien me lo hubiera soplado al oido.
Estoy ¡ah! suspiré, llevándome las manos al pccho, ruborizada hasta la raiz de los cahellos. Durante dias viví aturdida por la felicidad. Me habias marcado para siempre. Aunque la repudiaras, seguías poseyendo mi came humillada, acariciándola con tus manos ausentcs, modificándola. Ni un instante pensaste en las consecuencias de todo aquello. No pensaba sin0 en gozar de esa presencia tuya hacia mis entrañas. Y escuchaba tu beso, lo dejaha crecer dentro de mi.
Entrada ya la primavera, hice colgar mi hamaca entre dos avellanos. Permanecia rccostada horas enteras. Ignoraba por qué razón el paisaje, las cosas, todo se me volvia motivo de distracción, un goce plácidamente sensual: la masa oscura y ondulante de la selva inmovilizada en el horizonte, con una ola monstruosa lista para precipitarse; el vuelo de las palomas, cuyo ir y venir rayana de sombras fugaces, el libro abierto sobre mis rodillas; el canto intermitente del aserradero —esa nota aguda, sostenida y dulce, igual al zumbido de un colmcnar— que hendía el aire hasta las casas cuando la tarde era muy limpida.
Descos absurdos y frivolos me asediaban de golpe, sin raz6n y tan furiosamente, que se trocaban en angustiosa necesidad. Primero quise para mi desayuno un racimo de uvas rosadas. Imagiaaba la hilera apretada de granos, la pulpa cristalina. Bien pronto, como se me convenciera de que era un deseo imposible de satisfacer —no teniamos parra ni viña y el pueblo quedaba a dos dias del fundo— se me antojaron fresas. No me gustaban, sin embargo, las que el jardinero recogia para mi, en el bosque. Yo las queria heladas, muy heladas, rojas, muy rojas; y que supieran tarabién un poco a frambuesa. ¿Dónde habia coinido yo fresas asi?
—"La niña salió entonces al jardin y se pus0 a barrer la nieve. Poco a poco la escoba empezó a descubrir una gran cantidad de fresas perfumadas y maduras que gozosa llevó a la madrastra". ¡Esas! ¡Esas eran esas las fresas que yo quería! ¡Las fresas mágicas del cuento! Un capricho se tragaha al otro. He aqui que suspiraba por tejer con lana amarilla, que ansiaha un campo de mirasoles, para mirarlo horas enteras. ¡O hundir la mirada en algo amarillo!
Asi vivia golosa de olores, de color, de sabores. Cuando la voz de cierta inquietud me despertaba importuna, tranquilamente le respondia:
—Mañana, mañana buscaré esas hierbas que... o tal vez consulte a la mujer que vive en la barranca.
—Debes tomar una. decisión antes de que tu estado se vuelva irremediable.
—Bah, mañana, mañana. Recuerdo.
Me sentía protegida por una red de pereza, de indiferencia; invulnerable, tranquila para todo lo que no fuera los pequeños hechos cotidianos: el subsistir, el dormir, el comer.
Mañana, mañana, decia.
Y en eso Ilegó; el verano.
©María Luisa Bombal - La amortajada - Memoria chilena

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