SOCIEDAD
Cosas que me pasan. Relato en primera persona
Por Walter R. Quinteros
Yo soy un señor mayor, tardío para muchas cosas. Hago las compras, tomo un café en el bar, hablo de las situaciones políticas, levanto la voz, señalo con el dedo índice, golpeo la mesa, mis amigos y conocidos ya saben que nada gano con mentir, no tengo edad para inventar extravagancias, ni que traten de contármelas. A veces busco pleitos.
Afuera, las chicas pasan lejanas por la vereda.
A veces cocino, limpio, lavo la ropa, encero, pongo la ropa a secar. Eso después de escribir, después de publicar. Y quedo solo con la música. La música no es mía, es de internet. Millones de canciones guardadas hasta que alguien, un día, si quiere, las borra. Borre todo el programa, se caiga el sistema. Y me corte las cosas y coso.
La música que escucho es la lounge, el chillout, la electrónica, las que hacen los disc jockey grandecitos de edad, esos que ya tienen medio siglo o más pisando este mundo, ellos saben que agregan, que quitan, que armonizan, no escandalizan oídos en las mezclas raras. Pero me gusta casi toda la música. Escucho todo el día música.
Afuera, las chicas pasan lejanas por la vereda.
No veo televisión. Solo veo algo de fútbol. La última vez que fui a una cancha me dieron entrada para jubilado, me mandaron a la tribuna preferencial. Hace varios años atrás me colgaba de los trapos en la popular y cantaba viejas canciones de amor a Instituto y a Riverplei. Sacudía los parches de las tamboras mientras el sol acunaba en mi espalda rojiza.
Hace poco, en Córdoba, una buena chica me cedió el asiento en un colectivo. Sentí vergüenza, le mentí con un —"quédate tranquila, nena, ya bajo, muchas gracias". En un kiosco me atendieron antes de los que ya estaban esperando. Una buena para los que integramos el pelotón fantasma. Fumamos despacio, vemos cómo el humo se dispersa.
Y así se me pasa la vida. Antes, cuando venía "la chica que limpia", la que estuvo cinco años acompañándome dos horas por semana, me sentía como en familia. Traté siempre que ella tenga la misma sensación. La ayudaba, bromeábamos.
Leí por ahi, porque soy más lector que escritor, que hay una especie de violencia en eso de hacer que otra persona haga la limpieza. Suena como a racismo, a cierto clasismo. Támadre, me parece tan brutal eso. Y el solo hecho de saber que haya un "patrón" y una "empleada", ya me molesta. Me ocurrió una vez, fui a ver jugar a la pelota al hijo de C, la chica que trabajaba conmigo, en un momento se arriman algunas curiosas para conocer detalles que perfeccionen sus rumores y chismes, entonces ella me presentó como "su patrón". Me enojé. Le dije por qué. A partir de ése día, empezó a llamarme por mi nombre. Me atendió en mis dolencias y siempre que pude acudí a cada uno de sus llamados. Pasamos a ser amigos, los amigos están presentes. Por suerte consiguió un trabajo mejor, más cerca de su casa, y puede estar más tiempo con su hijo. Cada tanto nos visitamos, nos preguntamos cosas, reímos, comemos algo.
Cuando venía desayunábamos juntos. Nos confesábamos cosas imposibles de hablarlas en otro lado. Evité con ella, ejercer cualquier tipo que se le pueda llamar de microviolencia, esas que están presentes en este tipo de relaciones, como el "hacé esto", "vení", "andá". Éramos un hombre y una mujer solos, encerrados en un departamento.
Cinco meses después de que C, consiguiese un trabajo mejor y más redituable —a pesar de señalarme siempre como el que mejor pagaba su tarea—, conseguí otra "chica".
Ahora es ella la que camina sobre mis pasos, la que repasa lo que no dejo limpio, me acompaña en el café. Es la que está condenada a escuchar la música que escucho. La que acomoda lo que desacomodo. La que pasa sus manos en los lugares de la casa que a diario toco. La intrusa que espanta mis fantasmas por la ventana. La que me habla, me cuenta cosas. La que me abre la puerta de su mundo, y con ella, juntos aliviamos nuestras cargas emocionales, de a poquito, despacito. Se ríe de mis respuestas cuando me llaman al celular. De mis ocurrencias al escribir. La que me presta atención en todo y se mantiene un poco a la defensiva y eso es comprensible. Somos un hombre y una mujer solos, encerrados en un departamento.
Era una de ésas chicas que pasaban lejanas por la vereda.
La nueva "chica que limpia", es la que ahora no debe creer las obscenidades que escucha cuando contesto un llamado, o cuando no se me cae una idea al escribir, es la que no debe dar crédito de lo que escucha mientras atiende con su discreta sonrisa a mis invitados, es la que seguramente también tiene algo nuevo para contar cuando se refugia, en el alivio de su hogar.
Es la vida.

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