EDITORIAL
Durante mucho tiempo se creyó que las revoluciones fracasaban por falta de fuerza. Que lo que había salido mal en América Latina, en Europa o incluso en el bloque soviético tenía que ver con errores tácticos, liderazgos débiles o correlaciones de poder desfavorables
Por Carlos Mira
Durante mucho tiempo se creyó que las revoluciones fracasaban por falta de fuerza. Que lo que había salido mal en América Latina, en Europa o incluso en el bloque soviético tenía que ver con errores tácticos, liderazgos débiles o correlaciones de poder desfavorables. Con los años quedó claro que el diagnóstico era otro. El problema no había sido la toma del poder. El problema había sido creer que el poder se tomaba después.
Porque gobernar un país sirve de poco si antes no se gobierna la manera en que ese país piensa, habla y entiende el mundo. De esa intuición nace el verdadero giro estratégico de la izquierda moderna. Un giro silencioso, paciente, mucho más eficaz que cualquier insurrección. Antonio Gramsci lo formuló con claridad desde su celda italiana: la dominación no se sostiene solo con coerción, sino con consenso.
Y ese consenso no se construye en los palacios, sino en la cultura. En el lenguaje. En lo que una sociedad considera “normal”. A partir de ahí, la revolución dejó de imaginarse como un hecho violento y pasó a concebirse como un proceso largo, casi imperceptible. No había que tomar el poder: había que volverlo inevitable. No había que convencer a las mayorías: había que moldear el sentido común.
Décadas más tarde, esa intuición encontró una traducción pedagógica precisa en Paulo Freire, quien llevó la lógica gramsciana al corazón del sistema educativo. Su tesis —presentada como liberadora— partía de una idea seductora: toda educación es política, todo lenguaje es ideológico, toda enseñanza implica una toma de posición. Desde allí, el paso siguiente fue inevitable: si el lenguaje moldea la conciencia, entonces transformar el lenguaje equivale a transformar la realidad.
El resultado fue una operación profunda y sostenida sobre las palabras. No se impusieron términos nuevos de forma abrupta; se vaciaron los existentes y se los volvió a llenar con otro contenido. Una cirugía semántica de largo plazo. “Violencia” dejó de ser un hecho objetivo para convertirse en una categoría selectiva.
“Derechos” pasaron de ser límites al poder a reclamos permanentes al Estado.
“Justicia” dejó de significar igualdad ante la ley y se volvió justicia social.
“Igualdad” dejó de referirse a oportunidades y pasó a exigir resultados.
“Discriminación” se amplió hasta abarcar cualquier diferencia no validada ideológicamente.
“Diversidad” mutó de pluralismo real a uniformidad moral.
“Democracia” empezó a confundirse con adhesión a determinadas agendas.
“Libertad”, lentamente, se volvió una palabra incómoda.
Pero quizás el terreno donde esta ingeniería cultural fue más profunda —y más eficaz— fue el de la identidad sexual y el género. Allí, la lógica gramsciana encontró su laboratorio perfecto. La distinción biológica entre hombre y mujer, que durante siglos había sido un dato de la realidad, pasó a ser presentada como una construcción cultural opresiva. El sexo fue reemplazado por el “género”, y el género por la “identidad autopercibida”. El lenguaje volvió a ser la herramienta central: ya no se hablaba de hombres y mujeres, sino de personas gestantes, identidades diversas, expresiones de género. No se discutía el contenido, se imponía el marco. Y una vez aceptado el marco, toda objeción pasaba a ser vista no como un desacuerdo científico o filosófico, sino como un acto de odio. La operación fue quirúrgica: quien cuestionaba era retrógrado; quien dudaba, insensible; quien pedía debate, violento. El desacuerdo dejó de ser parte del pensamiento crítico para convertirse en una falta moral. La biología pasó a ser secundaria frente al relato. Y el lenguaje, una vez más, hizo el trabajo sucio: cambió las palabras y, con ellas, cambió lo pensable. Nada de esto se impuso por la fuerza. No hizo falta. Bastó con ocupar el sistema educativo, los medios, la cultura, el entretenimiento, las plataformas digitales. Bastó con repetir. Bastó con moralizar. Bastó con convertir ciertas ideas en dogma y otras en tabú. Así, el lenguaje dejó de describir la realidad y empezó a ordenarla. Ya no se usaba para comprender el mundo, sino para disciplinarlo. Y en ese proceso, disentir dejó de ser una posibilidad legítima. Mientras tanto, el liberalismo —especialmente en países como la Argentina— siguió discutiendo números, inflación y déficit, sin advertir que el verdadero conflicto se estaba librando en otro plano. Cuando quiso reaccionar, descubrió que el terreno ya estaba ocupado, que las palabras ya no le pertenecían y que muchas discusiones estaban perdidas antes de empezar. Porque cuando el lenguaje cambia, cambia lo pensable.
Cuando cambia lo pensable, cambia lo posible.
Y cuando eso ocurre, la política llega siempre tarde. Nada de esto fue una conspiración. Fue algo más sofisticado: una estrategia cultural consciente, sostenida durante décadas, aplicada con paciencia y convicción. Una revolución sin fusiles, pero con manuales. Sin barricadas, pero con cátedras. Sin golpes de Estado, pero con cambios semánticos. Y como toda revolución verdaderamente exitosa, solo se vuelve visible cuando ya ganó.
The Post

Comentarios
Publicar un comentario