EL FANTABULOSO TEXTO NÚMERO 1.000

OPINIÓN

Corría el día ocho del mes ocho del año ocho de este milenio cuando se publicó el primer texto bajo el título de este portal

Por Nicolás Lucca

No sabría ni por dónde comenzar más que por decir que nunca pensé que llegaría al texto mil. No es que haya escrito mil textos; debo haber escrito varios más, pero en este sitio, estas líneas que usted lee, estimado lector, forman parte de la publicación número mil.

Hablar de 2008 ya es hablar de historia. Literalmente. Pensemos lo siguiente: por lo general, vemos historia argentina contemporánea a partir de tercer año de la secundaria tradicional. Eso quiere decir que para un chico que comienza tercer año en este 2026, hablarle de 2008 es hablarle de cosas que ocurrieron tres años antes de que naciera. 2008 es a ellos lo que para mí fue 1979 con el Cardenal Samoré y la mediación papal en el conflicto con Chile o la contraofensiva de Montoneros, ambos sucesos ocurridos en 1979.

Dimensionarlo en esos parámetros me hace sentir viejo pero es lo que hay. Después de todo, pasaron mil textos desde aquel domingo en el que no se cumplía ni un año del inicio del gobierno de Cristina, Cobos y Vos, lema de campaña por el cual algún genio del arte de la estafa facturó un tortón de guita.

En lo personal, no le doy tanta importancia a los números redondos pero es difícil esquivar una cifra tan alta. Y eso me llevó, por primera vez en todos estos años transcurridos, a revisar mis textos año por año para ver qué me preocupaba, qué tanto me afectaba lo que pasaba y cómo me tomaba las cosas. Desde hace tiempo tengo la percepción de que, o era demasiado imprudente o me volví bastante cagón con el paso del tiempo.

En 2008, mi vida era tan otra como la de cualquiera de ustedes. Hablamos de un año en el que el kilo de asado costaba ocho pesos y, si pagábamos un Yogurísimo firme con un billete de dos pesos, recibíamos sesenta centavos de vuelto. Y eso que el Indec ya llevaba más de un año dibujando cifras. Eran épocas en que las preocupaciones que me importaban pasaban por notar la pachorra de la política tradicional frente al vendaval de incorrección que significó el kirchnerismo. Te aparecía gente maniatada con tiros en la nuca a la vera de una ruta provincial, teníamos un rey, pero de la efedrina; una nena podía desaparecer de la puerta de su casa y reaparecer sin vida al costado de una autopista en medio de un ajuste, y la joda recién comenzaba. Pero todo, absolutamente todo, comenzó a notarse recién cuando Cristina le dio para adelante en el conflicto por las retenciones móviles.

Recién salíamos de la crisis del campo y eso sólo bastaría para notar y aceptar dos cosas: primero, que Milei no tiene idea de lo que es tener un vicepresidente que te juegue realmente en contra y, segundo, qué fácil que se arman y desarman alianzas políticas sin que nadie pague nunca una sola factura. Cobos no terminó como vicepresidente de Cristina porque le pintó una buena mañana, sino que formó parte de eso que se llamó Concertación Plural y que es difícil de explicar hasta para nosotros que la vimos en vivo. Un ejemplo más de por qué todos se la llevan siempre de arriba mientras que otros ven truncas sus carreras políticas a consecuencia de una ironía tras otra.

Cuando en agosto de 2006 se celebró el “Encuentro Federal: el Radicalismo que Gobierna”, podría decirse que estaba todo roto dentro del partido centenario. Cobos no fue el único que pegó el salto, que la vida es injusta en sus silencios: Gerardo Zamora también venía del radicalismo. Sí, el caudillo santiagueño tiene un origen tan radical como lo puede ser ocupar la vicepresidencia del Comité Nacional de la Juventud Radical, la militancia en Franja Morada, varias diputaciones locales y alguna que otra intendencia. Más radical rezar el Preámbulo. Alfredo Cornejo, en cambio, siempre pasó inadvertido porque tuvo la enorme suerte de que la suerte no lo acompañó cuando quiso ser candidato a gobernador en 2007. Más tarde la suerte le sonreiría con la gobernación y el conveniente olvido cuando se sumó a Cambiemos ante un Ernesto Sanz que nunca se movió de su metro cuadrado radical ni cuando ser kirchnerista estaba de moda.

Para redondear, en agosto de 2008, Sergio Massa era el jefe de Gabinete que reemplazó a un despatarrado Alberto Fernández; Daniel Scioli iba por su primer mandato de gobernador por el oficialismo; Patricia Bullrich ocupaba una banca en diputados por la Coalición Cívica; Mauricio Macri estaba por cumplir un año al frente de la Ciudad de Buenos Aires; Julio De Vido era intocable; el Partido Republicano gobernaba en Estados Unidos; Chávez hacía de las suyas; Fidel estaba vivo; Bergoglio era un arzobispo tan molesto que los Tedeums comenzaron a ser itinerantes con tal de que el matrimonio presidencial no se lo cruzara. Y todavía no teníamos ni la más pálida idea de qué tan profunda podía llegar a ser la división entre ciudadanos de cada país.

Mire, agarremos a un argentino de 2008. Qué tal, cómo le va. Vamos a soltarlo por acá. Espere que le cuento todo. Le dio un ataque de pánico. Una vez recuperado, con un milkshake de clonazepam en mano, le podremos decir que se agarre, que solo le relatamos el 2009:

El Frente para la Victoria fue a las elecciones de medio término con una lista de diputados bonaerenses encabezada por Néstor Kirchner, el gobernador bonaerense Daniel Scioli, el intendente de Tigre Sergio Massa y hasta Nacha Guevara perdida en el tumulto. Solo asumió Kirchner luego de perder contra una alianza electoral celebrada entre Mauricio Macri, Felipe Solá y Francisco De Narváez. Los Kirchner se lo toman con calma y en menos de un par de meses nacen 678, Tiempo Argentino, Paka-Paka, IncaaTV, Encuentro, El Argentino y comienza la gresca oral y cultural perpetua: Ley de Medios, estatización de Aerolíneas Argentinas y métale democratización a cualquier proyecto para que así garpe más.

El Estado se hizo cargo de la transmisión de los partidos de fútbol para que Cristina pudiera devolvernos los goles que nos habían secuestrado. Los festejos por el bicentenario de la Revolución de Mayo generaron un debate sobre si nacimos luego de que Napoleón invadiera España o lo hicimos cuando firmamos un Acta de Independencia seis años después. El debate quedó totalmente tapado por el desconche de guita destinada a los festejos.

El mundial de 2010 nos trajo un nuevo lema: “Se juega como se vive”. Obviamente, perdimos y el lema aún tenía sentido. Desde la Televisión Pública se preguntaban qué habíamos hecho en la dictadura todos los que teníamos algo para decir o no queríamos decir nada. Conmigo no, Barone, desde dónde lo decís, y de pronto hasta Caparrós y Sarlo eran aplaudidos por señores que never in the puta life les habían prestado atención por progres y repudiados por hacerles el juego a la derecha, al igual que Jorge Lanata, al que aún le faltaba un tirón para desembarcar en la Corpo y hacía flor de quilombo desde un lugarcito en Canal 26. Tranquilo, no se me termine el milkshake que aún no llegamos a 2011. Antes de que eso ocurra, se murió Néstor Kirchner. El día del censo nacional, como para dar una señal del quilombo que dejó.

Sabíamos que 2011 sería un año especial porque comenzó con dos motochorros que se llevaron 360 lucas –en aquel entonces era demasiado dinero– destinados al viaje de Cristina por el norte de África y Oriente Medio. Me había olvidado, mire. Al toque, el canciller Timerman se fue a Ezeiza en persona a revisar el equipaje de un avión oficial norteamericano y secuestró todo, avión incluido, por encontrar “material sospechoso y armas”. El avión era parte de un convenio para entrenar a la Federal. Recién estábamos en febrero y no quiero que esto se haga largo. En fin, tras enterarse, como todos, de que en la Argentina moría un chico cada dos horas por problemas nutricionales, el gobierno anunció el Plan Milanesas para Todos. ¿Ubica a Amado Boudou? Es un músico que, en sus ratos libres, despuntaba el vicio como ministro de Economía. Entre tanto recital al que fue invitado, comenzó a rosquear para ser candidato a Jefe de Gobierno, pero nadie quería quitarle a Filmus la posibilidad de perder nuevamente. Cristina lo eligió como candidato a vicepresidente y, cuando lo anunció, dijo sentir la presencia de Néstor. Luego ganó de manera golosa con un 54% de los votos en primera vuelta.

En un mundo con mucho código y respeto, se llegó a analizar compulsivamente el ADN de los hijos adoptivos de Ernestina Herrera para saber si eran o no hijos de desaparecidos. Sergio Schoklender y Hebe de Bonafini se dedicaron al real estate con mano de obra barata, y Hugo Moyano terminó por hacer actos y marchas en contra de Cristina.

Todo podía empeorar. Y lo hizo: 2012 comenzó con una formación del ferrocarril Sarmiento estampada contra la cabecera ferroviaria de la estación terminal Once de Septiembre. Ochenta y cinco muertos, una imagen de personas aplastadas tan conmocionante que impresiona hasta el homenaje que le hicieron en El Eternauta. De pronto, todos notamos cuál es la famosa diferencia entre restaurar un coche de tren y tan solo darle una refrescante pintada. Muchos salimos a reclamar justicia; nunca pensamos que llegaría. Menos cuando vimos que la verdadera víctima de tanta muerte no eran los deudos de ese medio centenar de inocentes, sino la Presidenta, que guardó un profundo silencio de más de una semana. Ni un comunicado, ni un tuit, ni un avioncito de papel. Tuvimos que esperar a un nuevo acto oficial cuando gritó “ahora vamos por todo”.

Para ese 2012 nos habían prometido el fin del mundo y, nuevamente, jugaron con nuestras emociones. No sólo habrá notado que no ocurrió, sino que todo podía empeorar. Así es que comenzaron a explotar las causas de lavado de dinero y corrupción. No es lo mismo que te lo cuenten a verlo. Resultó que Cristina y su difunto esposo eran grandes empresarios hoteleros, pero con muy poca convocatoria: todas las habitaciones siempre eran ocupadas por los mismos fantasmas. Ese 2012 se convirtió en el año de la reestatización de YPF y el de las movilizaciones de grandes sectores de la sociedad en contra del gobierno, hasta llegar al summum del 8 de noviembre, cuando en la 9 de Julio no alcanzábamos a ver hasta dónde había gente.

Todos fuimos acusados de golpistas y desestabilizadores. 2013 no sería distinto en la narrativa y el gobierno avanzó con una propuesta interesante, mire. Hasta entonces, la Justicia (por referirnos solo al fuero penal de Comodoro Py) había resultado más que complaciente, ciega o lenta con todo lo que se veía desde 2003. Sin embargo, dos o tres fallos le hicieron cosquillas al gobierno y decidieron “democratizarla”, que es el término que utilizaron para detonarla. La idea se convirtió en un proyecto de ley que pretendió que los representantes del Consejo de la Magistratura fueran elegidos por el voto popular, en el país en el que no recordamos a quién metimos en el sexto lugar de la lista de diputados de las últimas elecciones y tenemos que pensar un poco si nos preguntan cuál es la diferencia entre un diputado y un senador en la práctica. La ley salió, la Corte la volteó y el gobierno encaró las elecciones legislativas con la idea de aumentar la mayoría parlamentaria para lograr lo que faltaba. Y a esa altura del partido, faltaba muy poco.

La alianza inesperada entre Mauricio Macri y Sergio Massa fue un win-win para ambos. Macri metió sus candidatos provinciales en la lista del Frente Renovador, Massa hizo lo suyo en la lista porteña, y entre ambos le cagaron los cálculos a Cristina. Sí, Sergio Massa era opositor. No, no lo fue por mucho más. ¿Le preparo otro milkshake de la calma o quiere algo más fuerte?

El gobierno se cerró aún más en sí mismo y las cadenas nacionales aumentaron, lo cual es un serio problema temporal si tenemos en cuenta que ya había siete cadenas por semana: pasaron a ser más de una por día. Todo valía: el quinto anuncio de una obra, la inauguración de una canilla o una formación nueva de trenes que hay que inaugurar “rápido antes de que venga uno y nos lleve puestos”. Abril de aquel año nos trajo otra tragedia que puede que sane recién en un par de generaciones, cuando no quede nadie vivo que recuerde lo que se sintió cuando la ciudad de La Plata se hundió cual Atlántida por unas horas. Una tormenta bruta e irrepetible se conjugó con un sistema fluvial colapsado por la carencia total de previsión y, cuándo no, por algún que otro caso sospechoso, como entregarle la limpieza y mantenimiento de un arroyo de desagote a la Cooperativa Néstor Vive, con domicilio fijado a más de 120 kilómetros. 52 muertos y se frenó el conteo por orden del gobernador. Una investigación posterior pudo avanzar hasta los 89 fallecidos. No fue el número definitivo, pero es hasta donde se pudo contar.

2013 fue también el año en el que se firmó un memorando de entendimiento con la República Islámica de Irán. La idea era que, como Irán no extradita ciudadanos y la Argentina no juzga en ausencia, se pudiera interrogar a los acusados en Teherán. Detalle número uno: los acusados eran funcionarios del gobierno iraní. Detalle número dos: el fiscal de la causa no podía pisar Irán por encontrarse condenado a muerte por una fatwa dictada en su contra.

Las elecciones de 2015 estaban a la vuelta y alguien recordó que Cristina no podía ser reelecta. Los medios oficialistas afirmaron que “los fondos buitres ya tienen sus candidatos” y pusieron una composición fotográfica con la bandera de Estados Unidos y una foto de Macri, otra de Massa y una tercera de Daniel Scioli. Les pegaron a los tres por igual durante tanto tiempo que, para cuando Cristina aceptó que Scioli fuera el candidato a sucederla, se escuchó un fuerte crujido que algunos sismólogos atribuyen al quiebre de cintura generalizado que tuvieron que practicar todos los militantes para acomodarse al nuevo discurso.

El mundo se sumía en una paranoia colectiva producto de los videos de ISIS y una serie de atentados en Europa que conmocionaron a gran parte de Occidente. No terminábamos de digerir la masacre de Charlie Hebdo en París cuando en TN apareció el fiscal federal Alberto Nisman, a cargo de la investigación del atentado contra la mutual judía en 1994, para decir que tenía todas las pruebas para acusar a Cristina por encubrimiento. Dos días después, y pocas horas antes de presentarse en el Congreso, el fiscal fue hallado sin vida en su departamento. La custodia tardó mil horas en preguntarse qué onda y dicen que sólo se les ocurrió ir a buscar a la madre para que abriera con llave. La escena del crimen parecía un Lollapalooza dentro de un dos ambientes y todo lo que se podía hacer para arruinar cualquier elemento legislativo, se hizo.

Para qué decir lo que vino a continuación, si Cristina primero dijo que al fiscal lo mataron, luego fue para el lado del suicidio y todavía queda en nuestra memoria su mensaje grabado y en silla de ruedas.

Scioli ganó la primera vuelta, pero Macri forzó el balotaje. Y ganó. No, no lo jodo, ganó, pero Cristina no le entregó el poder, sino que tuvo que intervenir la Corte para que se dejara en claro cuándo termina un mandato y comienza otro. Y uno creía que, con tanta experiencia, Cristina la tenía clara.

Macri asumió y se encontró con un gran problema anclado en dos ejes. El primero indicaba que el kirchnerismo, al haber confundido Estado con Gobierno durante mucho tiempo, sintió que le usurpaban la casa. El segundo de los problemas fue el escaso margen de estrategia para corregir la macroeconomía y que ese resultado se viera reflejado en la calle. En líneas generales, sus primeros dos años fueron una cosa y los otros dos, algo totalmente distinto.

Adoptaron un programa que quedó en la historia como “gradualismo”, que a grandes rasgos consistió en que nos dieran un jeringazo a diario antes que uno fuerte y más doloroso. Con el diario del lunes es fácil decir que deberían haber aplicado una política de shock, pero basta con ver algunas imágenes de aquellos años para recordar que era prácticamente imposible. Así y todo, la economía caminó bastante bien al principio, más si tenemos en cuenta los problemas que atravesábamos. Y al kirchnerismo le comenzaron a llover las causas penales por todos lados ante cada irregularidad detectada en cada organismo público. Prácticamente la totalidad de los actuales condenados, desde Cristina para abajo, sindicalistas incluidos, lo están por causas iniciadas o impulsadas en aquellos años. Tan bien venía la mano que en las elecciones de medio término Cristina se presentó para ser senadora por la provincia de Buenos Aires y, si bien consiguió su banca, perdió la elección ante Esteban Bullrich.

Fueron años de burdos extremadamente burdos. Un día tenías a una jauría humana con 14 toneladas de proyectiles arrojados contra la policía y el Congreso, obtenidos tras destruir una de las plazas más bonitas de la ciudad, y otro buen día podías despertarte y ver en el noticiero cómo un hombre llegaba a un convento con un par de bolsos repletos de dólares y euros, y una metralleta. Más tarde podías saber que el convento no era convento, que las monjas no eran monjas. Todo así, extremo y burdo.

Muchos dicen que el comienzo del fin de Macri comenzó con una foto en la que estaban sentados el Jefe de Gabinete, el ministro de Economía y el presidente del Banco Central, porque allí se torció la independencia del ente monetario y se dio una mala señal a los mercados. La economía entró en una espiral un tanto acelerada pero, así y todo, fue bastante menor a lo que ocurrió tras las Primarias de 2019, cuando el peronismo unido picó en punta. El dólar voló en una carrera con el riesgo país para ver quién subía más rápido mientras todos se preguntaban qué pudo haber salido mal. Y eso que la matemática ayuda bastante: Macri sacó en la búsqueda de su reelección incluso más votos que en 2015, pero enfrente tenía al peronismo unido, con Alberto Fernández designado de manera unánime por el dedo índice de Cristina y hasta Sergio Massa decidido a dejar para otra ocasión su supuesta lucha contra la corrupción y los ñoquis de La Cámpora.

Quisiera hacer como Tato en su monólogo dos mil y poder pasarme por alto algún período, pero esta Argentina que hoy vivimos no habría sido posible sin el enorme batazo en la nuca que nos dieron los años anteriores. Alberto llegó como un tipo conciliador al que, de vez en cuando, podía tener algún impulso agresivo como cualquiera. ¿Quién no tiró al piso a un anciano alguna que otra vez? Presentado como un aire renovador para el peronismo, tuvo más ganas de jugar a los Sims con todos nosotros que de gobernar un país. La pandemia de Covid-19 le vino como anillo al dedo para decretar una cuarentena de quince días. Puede que parezca que los años en aquel entonces duraban una semana, pero si la cuarentena duró tanto es porque se prorrogó una vez tras otra. Y todos nos volvimos locos. Los que quedaban adentro, los que salían por ser esenciales, los vecinos que botoneaban a supuestos infractores, los periodistas que pedían a la gente que se quede en su casa, que así podrán morir de hambre y no de Covid. Después de todo, el hambre es conocido; ya le tomamos cariño.

Todo se volvió tan, pero tan inverosímil que a infractores de la cuarentena que circulaban en auto les secuestraban el vehículo para que aprendan y se contagien a gamba. Finalmente, después de tanto olor a naftalina en la oratoria política, pudimos participar de lo más cercano que tuvimos a la Guerra Fría: Sputnik vs. Pfizer. Boludos que se vacunaban con una foto de Stalin en la mano, el tarado de Copani que boludeaba a todos los no vacunados por requerir una vacuna que funcione, funcionarios vacunados, parientes vacunados y todo tan, pero tan desvirtuado que ya parecía una joda que la cuarentena se haya pensado para evitar que los más débiles murieran: a los viejos los dejaron rotos y avejentados, a los niños los dejaron sin escuela y durante dos años vivimos con la necesidad de esquivar a otras personas, potenciales enemigos que podían atentar contra nuestra vida.

Y qué decir del factor más olvidado: las violaciones a los derechos humanos repartidas de forma homogénea en toda la Patria y, alguna que otra vez, hasta televisadas, como cuando todos vimos a un padre cruzar a upa a su enferma hija por una frontera provincial, o cuando le negaron a otros padres estar presentes en los últimos minutos de vida de sus hijos. Sumemos los muertos en manos policiales, las mujeres suicidadas en distintas comisarías de distintas provincias y un clima policíaco sin estado de sitio. Es, cuanto menos, naïve pensar que de eso saldría una sociedad armoniosa.

Algunos tuvimos el tupé de firmar solicitadas para pedir que se garanticen los más mínimos estándares de respeto a los derechos humanos y nos trataron como si fuéramos monstruos. Otros la pasaron mejor al guardar el más absoluto y conveniente silencio. Hablar tenía su precio y no fuimos pocos los que perdimos empleos por hacerlo. No pudimos ni siquiera velar ni despedir a nuestros muertos. En un acto en parte de desobediencia cívica y en parte para poder hacer un duelo aunque fuera simbólico, llevamos piedras a la Plaza de Mayo. El gobierno las limpió de noche. Se hizo de vuelta, pero el daño ya estaba hecho.

Finalmente llegó una foto que mostró que el Covid no podía entrar a Olivos y todo el país mandó la cuarentena a la mierda, y hasta los más fanáticos se olvidaron de las cualidades de profesor universitario del hombre común que vivía de prestado en un departamento en Puerto Madero. Como usted, como yo, como cualquier tipo.

Sin embargo, en 2021 se celebraron elecciones de medio término. La novedad fue el ingreso de Javier Milei a la Cámara de Diputados. Desde allí, y a fuerza de su oratoria irascible, sorteos de salarios y frases plagadas de insultos, no fue tomado demasiado en serio por los actores principales de la política y de los medios. Ni siquiera lo fue cuando comenzó el año electoral 2023.

Qué decirle de ese año, estimado. ¿Recuerda la inflación del 26% de los últimos años de Cristina? Bueno, con decirle que hoy celebramos cerrar el 2025 con un 31,5%, creo que le doy un buen panorama de dónde venimos. El responsable del descalabro económico de 2023 fue como candidato a presidente y alguien pensó que podía ganar. En el PRO se presentaron dos opciones, una con Patricia Bullrich y otra con Horacio Rodríguez Larreta. Ah, sí, Patricia para entonces era parte del PRO a nivel figura histórica. No, hoy no, espere y cómase este alfajor de alprazolam. Resulta que Patricia se impuso en las primarias y fue a las generales acompañada del radical mendocino Luis Petri. Quedaron terceros y la final se jugó en un balotaje entre Javier Milei y Sergio Massa. Ganó Milei y se llevó a la fórmula Bullrich-Petri como ministros. Hoy son legisladores. No, no, Patricia ya no está más en el PRO, ahora forma parte del partido que gobierna.

Milei asumió la presidencia, encaró un programa de ajuste pocas veces visto y, para llevarlo a cabo, puso al frente del ministerio de Economía a Luis Caputo. Sí, el del gobierno de Macri. ¿Se acuerda de esa foto que, en teoría, marcó el inicio del fin de Macri por la limitación en la política del Banco Central? Bueno, eso ya pasó de moda y es mejor que el Central vaya en sintonía con lo que quiere el Presidente. ¿Qué pasaría si no? Nada, nadie se lo plantea.

Con Milei llegó una nueva grieta dentro de las grietas y ahora, aquellos a los que nos unía el espanto durante el kirchnerismo, estamos dispersos. Unos creen que todo es permisible mientras la república esté en riesgo, incluso negar el funcionamiento republicano. En realidad, nada de eso importa, porque lo único que vale es que el kirchnerismo no vuelva nunca más. Por lo demás, todo es motivo para putearnos: si hay recesión o el consumo vuela, si los sueldos le ganan a la inflación o estamos todos con los bolsillos secos.

Todo esto para explicarle, muuuuy por arriba, qué pasó en este país desde aquel primer texto. Le juro que dejé muchísimas cosas afuera porque esto se hacía muy largo. Lo cierto es que, si me pregunta si querría volver a aquel año de juventud, le digo que ni en pedo. En parte, porque no es un año que recuerde con cariño. Y por otro lado, porque nada podría desear menos que pasar otra vez por todo esto.

¿Cómo dice? ¿Qué fue de la vida de Scioli? Está en el gobierno. No, no, en el nacional. Es una larga historia, pero le cuento…

Relato del PRESENTE

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