OPINIÓN
Delcy Rodríguez y Corina Machado expresan los valores más contrarios que puedan existir en Venezuela. Pero Trump las trata con igual consideración
Por Carlos Salvador La Rosa
El primer Trump
El Donald Trump que asumió su primer mandato presidencial en enero de 2017 no parece ser el mismo que el que arribó por segunda vez al mismo cargo en enero de 2025. Quizá el segundo sea la continuación renovada (tanto para bien como para mal) del primero, o quizá recién ahora la evolución histórica le permita al norteamericano, mostrar enteramente su verdadera personalidad y poder ponerla en práctica.
La base filosófica (de algún modo hay que llamarla) con que Trump hizo su primera campaña en 2016 está resumida en una frase contundente: "Tengo a los votantes más leales, ¿Alguna vez habéis visto algo así? Podría pararme en mitad de la Quinta Avenida y disparar a gente y no perdería votos". Y efectivamente ganó diciendo barbaridades como esas. El empresario devenido político estaba convencido de su absoluta capacidad de manipulación de las personas, con lo cual no le fue del todo bien porque perdió su reelección continuada (lo que a pocos presidentes norteamericanos les suele pasar) e incluso los votos de muchos de sus partidarios. Para colmo, cuando perdió, intentó a través de sus seguidores una especie de golpe de estado con la toma del Capitolio, con varios muertos inclusive. Por algo parecido, Jair Bolsonaro se está pudriendo merecidamente en las cárceles de Brasil.
El segundo Trump
En cambio, el segundo Trump, más que en la manipulación de las personas (costumbre que por supuesto no ha perdido porque está en su naturaleza) cree en la manipulación de los sistemas políticos. Algo mucho más adecuado a los tiempos actuales donde toda institución parece desvanecerse en el aire. Además, algo igual de fundamental: ya no cree tanto en el mero proteccionismo económico nacional y el aislamiento político con el exclusivo fin de fortalecer internamente a su país aprovechando su inmenso poderío solo para sí mismo (Norteamérica para los norteamericanos y para nadie más, estrategia bastante módica para quien aún sigue siendo un enorme imperio, la nueva Roma, diríamos). Es que el "nuevo" Trump, sin dejar de lado el proteccionismo económico, lo que busca es expandir el "espacio vital" de su país hasta los confines más recónditos. Ya no quiere defender su nación, encerrándose en su poderío interno (su "república imperial") y abandonando a sus aliados, sino ocupando todos los territorios que se le ocurren vitales para su seguridad nacional y, como de alguna manera, los intereses de EE.UU. están esparcidos por todo el mundo, podríamos decir que de a poco, el espacio vital de Estados Unidos sería nuevamente casi todo el mundo. El viejo imperialismo norteamericano empieza a coincidir con el nuevo nacionalismo expansivo norteamericano. Aunque de modo sustancialmente distinto porque son tiempos distintos. Tratemos de explicarnos.
Trump, el gran desmantelador
En 1946, Estados Unidos fue el principal creador del orden de la posguerra y se puso al frente de un nuevo Occidente, en particular de una nueva Europa renacida de los escombros de la posguerra. Y también del Japón en Oriente. O sea, de un nuevo orden que se construyó para evitar que la otra gran triunfadora en la guerra, la URSS, que se quedó con la otra mitad del mundo, conquistara al orbe entero. Les fue tan bien que casi medio siglo después, el que se quedó con el mundo entero fue Estados Unidos y la URSS implosionó, se esfumó, se disolvió. Es cierto, ayudaron a su caída el presidente Ronald Reagan y el Papa Juan Pablo II, entre otros. Pero el imperio ruso sucumbió principalmente por su absoluta, total y desmesurada ineficiencia productiva y política frente al capitalismo liberal.
No obstante, Trump no es el continuador de aquella saga grandiosa del imperialismo occidental triunfante que devino la nueva Roma del siglo XX, porque como suele ocurrir en casi todos los aspectos de la vida. cuando se derrota al enemigo y uno se queda con todo, el triunfador empieza a decaer al ir perdiendo las razones por las cuales luchar. Tanto las personas como los países y los imperios se hacen perezosos, engordan, cuando no tienen desafíos enfrente. Y eso es hoy en gran medida Occidente. En particular los Estados Unidos, aunque también Europa.
Por ende, en vez de ser el continuador de las estructuras y los poderes, las alianzas y los enemigos que Estados Unidos fue esparciendo por el mundo desde que ganó las dos guerras (la primera contra el nazifascismo en 1945, y la segunda contra el comunismo soviético en 1991), Donald Trump se está transformando en su principal desmantelador. Algo que ya pretendía en su primer mandato, pero que recién ahora lo está empezando a poner en práctica. Quizá porque recién ahora la historia se lo permita, o porque haya entendido cosas que no entendió en su primer mandato. Y América Latina está deviniendo el principal laboratorio de su nuevo experimento. Porque necesita imperiosamente que sea toda suya.
En realidad, el proyecto político prioritario de Trump en ambos mandatos siempre fue el mismo, y no estuvo ni está carente de lógica: detener el avance chino al irse transformando este país oriental en la nueva potencia con la suficiente capacidad para reemplazar en muy poco tiempo lo que fue la URSS hasta 1991. O sea, a Trump le toca conducir EE.UU., en un mundo que nuevamente se está dividiendo en dos grandes esferas de influencia, cuando desde la implosión soviética en adelante, la única superpotencia mundial fue Estados Unidos.
El descubrimiento que parece haber hecho el nuevo Trump modelo 2025 con respecto al modelo 2017 es que, aunque las personas sean más rígidas para ser manejadas a voluntad como él pensaba, los sistemas y las instituciones que nos dirigen se están cayendo a pedazos en todo el mundo. Desde su eficacia hasta su prestigio. Que ya nadie cree en nada ni en nadie en lo que a la faz pública se refiere. Y al constatar Trump que todo lo institucional se está viniendo abajo, decidió -porque le conviene- ayudar a que todo se venga abajo. En ese sentido, el escritor best seller Giuliano da Empoli lo ubica entre los grandes depredadores. Pero en realidad, más que como un depredador hasta ahora Trump se está comportando como un desmantelador. Que no es lo mismo, porque depredar es siempre negativo, mientras que desmantelar suele tener cosas negativas y positivas. Desmantelamiento que Trump está experimentando con un entusiasmo a prueba de balas, y lo ha puesto en práctica con total intensidad en Venezuela, porque en otros lugares como en las guerras entre Israel y los musulmanes, o entre Rusia y Ucrania, le está costando muchísimo más de lo que esperaba (antes de ganar las elecciones dijo, criticando a Biden, que apenas asumiera, él arreglaba esas dos cuestiones en un par de días, todavía convencido de su capacidad de manipular a las personas).
En cambio, en Venezuela, lo que hizo lo meditó mucho. Entre otras cosas, porque dejando de lado su soberbia personal intrínseca, su insoportable egocentrismo vanidoso, supo aprender mucho del pasado. Y de forma bastante inteligente, como él mismo lo relata en sus conferencias de prensa. Aprendió que invadir un país para terminar con su régimen entero, como intentó hacer Kennedy en 1961 con Cuba a través de la operación Bahía de los Cochinos es de muy difícil concreción y costaría las vidas de soldados norteamericanos que hoy sus votantes no tolerarían. Aprendió que, sin una preparación adecuada y meticulosa, si fracasaba en Venezuela por errores logísticos como le pasó al presidente Carter cuando en 1980 quiso rescatar a los diplomáticos norteamericanos secuestrados por la teocracia iraní, perdería las próximas elecciones ("No sé si Carter hubiera ganado las elecciones si rescataba a los rehenes en Irán, pero seguro las perdió porque no los pudo rescatar, lo mismo me hubiera pasado a mí si fracasaba en Venezuela", sostuvo con gran lucidez). Y lo más crucial, aprendió que invadir y ocupar triunfalmente un país como hizo George Bush (h) con Irak en 2003 para sustituir el régimen tiránico de un día para el otro cambiando hasta su último funcionario por supuestos "demócratas" venidos de afuera, no produjo ningún tipo de democracia ni de capitalismo ni de liberalismo en ese país... y costó muchas vidas.
O sea, a Trump le está yendo bien en Venezuela por dos cosas cruciales: porque aprendió de la historia y de los graves errores de sus antecesores, y porque captó mejor que nadie el nuevo clima de época, donde todos los regímenes (en particular los opresivos) se están volviendo de papel (la revuelta popular de Irán es, sin dudas, consecuencia del clima creado por Trump en Venezuela y también por los misiles lanzados a sus centrales nucleares, cooperando con el descabezamiento que Israel hizo de las cúpulas dirigentes y científicas iraníes).
Vale decir, Trump se ha dado cuenta que es más fácil manipular sistemas que manipular personas. Y que, al manipular los sistemas, las personas también se vuelven más manipulables. Y en eso está. Particularmente en Venezuela. En atacar y recién entonces intentar persuadir, en imponer de modo total al hecho por sobre el derecho.
Un mundo tecnológicamente brillante pero políticamente mediocre
Lo que ocurre es que vivimos el fin de una época donde la historia está barriendo todo lo que quedaba de las instituciones internacionales generadas desde la posguerra y que le está quitando la categoría de líder único mundial a los Estados Unidos. Pero no tenemos enfrente ningún modelo claro hacia donde puede avanzar el mundo. Más bien lo que tenemos es la muerte de los viejos sistemas sin que esté naciendo ningún nuevo sistema (salvo el del mero poder de facto, la ley del más fuerte, que, si tarde o temprano no se cristaliza en algún tipo de nueva institucionalidad, o fracasará arrastrando en su fracaso aún a sus ganadores o nos llevará a un nuevo desastre mundial como ocurrió con la primera y la segunda guerra mundial, y entre la primera y la segunda guerra mundial). No obstante, opciones existen, y no todas son negativas.
El clima de época es tecnológicamente brillante pero políticamente mediocre, donde hasta los poderosos dueños de las nuevas tecnologías (los Musk, los Bezos) tienen más interés en utilizar ese coyuntural poderío tecnológico para dominar políticamente al mundo, al modo de los villanos de las películas de James Bond, en vez de ayudar a mejorarlo desde sus respectivas experticias. La alianza entre Trump y Musk iba en ese mal sentido. Eso de alguna manera, en vez de acercarnos al futuro, nos retrotrae al clima de entre guerras del siglo XX, donde surgieron como alternativas frente a un mundo que se caía, los peores totalitarismos de la humanidad, como el nazismo y el estalinismo, a los cuales les faltó poco para apropiarse del mundo entero. Felizmente, como mal mucho menor, el reparto del mundo al final se dio entre un totalitarismo comunista y el capitalismo liberal occidental, culminando con el triunfo del mejor sobre el peor, con todo lo que de malo también pudiera tener el mejor. Porque nunca es lo mismo que un mundo dividido entre dos totalitarismos de signo ideológico contrario, que es lo que querían Hitler y Stalin, y que incluso una vez, antes de la guerra, se imaginaron poder pactarlo entre ambos.
Un mundo dividido entre Estados Unidos y China
Sin embargo, la posibilidad de una nueva división del mundo entre un Occidente liderado por un Estados Unidos que mantenga los valores de la democracia liberal capitalista, y un Oriente liderado por una China que prescinda de su ideología (que es lo peor que tiene: el seguir manejada políticamente por el Partido Comunista con el fin de frenar todo tipo de democracia o disidencia política interna) para avanzar por el mundo a través del comercio y la tecnología, sería quizá hasta mejor que un mundo dominado por una sola potencia como lo viene siendo desde 1991. Porque renacería la competencia mundial necesaria para mejorar lo propio a fin de que no te derrote lo ajeno. O sea, la posibilidad de un mundo donde dos potencias compitan entre sí y le ofrezcan al resto del mundo lo mejor de cada una para ganarle a la otra. o al menos para no perder la partida (como hizo Estados Unidos con el plan Marshall en la Europa de posguerra, lo que fue el inicio de su triunfo final frente al enemigo ideológico comunista que no supo ofrecerle nada igual, sino todo lo contrario, a los que formaban parte de su esfera de influencia).
O sea, si Estados Unidos y China compiten entre sí a través de medios fundamentalmente pacíficos, el futuro puede ser mejor que el presente, pero si deciden hacerlo a través de la guerra (totales o localizadas) o imponiendo vasallajes o colonias o protectorados de un lado y/o del otro, el mundo será peor al actual. Estamos entonces, ante la opción de entrar de lleno a un siglo XXI donde las maravillas tecnológicas nunca antes jamás vistas se pongan a disposición de la paz mundial y de un mundo donde se viva mejor, o de retornar a la entre guerras del siglo XX, una de las peores etapas de toda la historia de la humanidad.
Putin, el gran depredador
Es que, más allá de las ambigüedades que pueden tener los dos grandes imperios mundiales actuales, también existe en el presente el villano perfecto. Un país que busca asegurarse su espacio vital a través de la agresión y la invasión externa, que se llama Rusia, la Rusia de Putin, el déspota que aspira ser una síntesis entre Iván el Terrible y Joseph Stalin. Ese hombre sí, definitivamente, está obsesionado hasta el delirio con volver al período de entre guerras, al reinado de los totalitarismos. Está intentando con todo el ahínco posible que China y Estados Unidos se enfrenten a través de la violencia, y que él pueda medrar con ese enfrentamiento mundial a fin de reconstruir el viejo imperio, tanto el ruso zarista como el ruso soviético. Hoy no tiene el poder para imponerlo porque Rusia no es la potencia de la magnitud que tuvo hasta 1991 ni mucho menos, pero intenta influenciar tanto en China como en Estados Unidos para que vayan para el lado que él pretende. Y a veces, sus frecuentes alianzas con China defendiendo -aliados ambos- a tantos despotismos del mundo, y otras veces las continuas muestras de simpatías personal emitidas por Donald Trump hacia su par ruso (que las tuvo en forma desmedida durante su primera presidencia, pero que no las ha abandonado del todo) y su desprecio hacia sus aliados europeos que tanto le conviene al sátrapa ruso, nos hacen dudar de que el porvenir sea mejor al presente.
En la miniserie llamada "Mussolini, el hijo del siglo", el director Joe Wright pone en boca del líder fascista las siguientes palabras: "El fascismo es violencia. El fascismo es el imperio de la fuerza la voluntad de unos pocos que se impone sobre la voluntad de muchos. Es opresión, arbitrariedad. La ley del más fuerte. Es odio. Es emoción y exaltación de las masas, es rabia, es ira. Es desprecio por la debilidad, por las dudas. La ley del garrote contra el caos de la mente. Es la decisión contra la mediación. Es el rechazo del compromiso, es lo nuevo contra la viejo. Es estar siempre en contra de algo o de alguien. Y si alguien se interpone…. Ese es el fascismo ¿o no?".
Si bien el director de la película quiere comparar a Mussolini con el Trump que él se imagina, no está verificado de ninguna manera que, por lo menos hasta ahora, el presidente norteamericano exprese todo eso. Puede sí tener algunas de esas características y tender a otras, pero, sin embargo, no cabe la menor duda de que mucho más que Trump, es Putin la expresión acabada en el siglo XXI de lo que fue Mussolini hace exactamente un siglo y que cumple cabalmente todos los preceptos del fascismo. En Putin sí cabe exactamente la definición de gran depredador ideada por Giuliano da Empoli. Mientras que, por ahora, nosotros a Trump sólo la calificaríamos como el gran desmantelador, que puede barrer con las instituciones que ya no funcionan para gestar una nueva institucionalidad, aunque más no sea en su necesidad de competir con China, quien por su lado está creando la suya. La experiencia histórica del siglo XX muestra que un capitalismo democrático puede tener a la larga más eficacia que un capitalismo autoritario. Aunque eso hoy no es seguro ni mucho menos. Ni es seguro que es lo quiera Trump. El mundo que viene sigue siendo, como lo han sido siempre todos los mundos que vienen, una incógnita, con infinidad de puertas abiertas. Es la voluntad humana que mejor capte los sentidos de los tiempos actuales de la historia, la que decide por cuáles puertas entrar y cuáles cerrar.
Donald, Delcy y Corina, un terceto imposible
La semana pasada, un día Donald Trump le dijo a la presidenta de Venezuela Delcy Rodríguez (aunque él se autocalifica como "presidente interino" de ese país) que era una mujer maravillosa. Y al día siguiente la dijo a María Corina Machado que era una mujer excelente. Imaginariamente, unió a los tres (él y las dos mujeres) en un abrazo de conciliación. Pero eso no es posible. Delcy es una presidente de facto tanto porque fue la vicepresidente de Nicolás Maduro quien hizo un autogolpe al cometer un fraude gigantesco contra quien le ganó las elecciones de manera aplastante en 2024, como porque el sistema chavista en una dictadura plena, genocida y criminal. Mientras que Corina es quien la viene peleando desde la más franca y dura lucha democrática durante todo el siglo XX contra el régimen totalitario desde adentro del propio régimen, con una valentía colosal.
Ambas señoras expresan los valores más contrarios que puedan existir. Pero Trump las trató con igual consideración, y a fuera de ser sinceros, con mayor respeto y simpatía a la déspota que a la democrática. Esperemos que eso sea una táctica y no una estrategia. Que Trump esté encarando una transición hacia la democracia (aunque sea por intereses "petroleros") en vez de hacer suya a la tiranía tal cual está (con algunos meros retoques), total hoy las ideologías no importan más y el régimen madurista se caía solo. En otras palabras, bienvenido el desmantelador, siempre y cuando no devenga mañana en el depredador. Quien, en vez de expulsar a Maduro, se convierta en un nuevo Maduro.
El secuestro de Maduro y el rescate de Milei
La agencia de noticias Bloomberg sostiene la interesante y sugerente hipótesis que el rescate que Trump hizo con las herramientas del Tesoro para salvar al gobierno argentino que amenazaba con caerse solo, es una exitosa operación política aún más trascendente que lo de Venezuela, para mantener a América Latina bajo su influencia, teniendo a Milei como su gran propagador.
Si acrecentar su esfera de influencia para competir contra China significa expulsar dictadores o hacer lo que hizo con Milei, en un mundo donde lo fáctico predomina por sobre el derecho (en gran parte por el descreimiento de las masas hacia todas las instituciones, las malas y las que aún siguen siendo no tan malas) lo que está ocurriendo es comprensible, porque todas las demás opciones con Venezuela eran mucho más drásticas a la que se adoptó (salvo la de no hacer absolutamente nada y dejar que Maduro siga masacrando y torturando valiéndose, para colmo, de un régimen que se caía solo). Y porque si Milei implosionaba, todo hubiera sido mucho peor para la Argentina entera, que haber salvado el gobierno del libertario por el rescate que de su presidente hizo Trump al poner a su disposición todos los dólares que tiene el tesoro de EE.UU.
Desde el punto de vista de la historia, el secuestro de un presidente y el rescate de otro, aunque haya sido por los meros intereses del "imperio", no carecen de razonabilidad. Sin embargo, lo que carece de absoluta razonabilidad histórica es cuando Trump dice que "Estados Unidos necesita Groenlandia por motivos de seguridad nacional. Es vital para la Cúpula Dorada que estamos construyendo". Allí sí Trump más que un desmantelador se asemeja a un depredador, y si para ello utilizara la violencia, lo sería acabadamente. Esperemos que sean sólo amenazas.
Epílogo
En síntesis, no es lo mismo que la aventura venezolana termine con la reinstauración de la democracia a que se quede en la permanencia indefinida del mismo régimen actual, pero al servicio de un nuevo amo, aunque en ambos casos el interés fundamental sea el de defender los intereses de los Estados Unidos. Nadie le pide a Trump que deje de defenderlos (todos los imperios en toda la historia de la humanidad lo hicieron igual), el problema es cómo los va a defender. Porque, entre otras cosas nada menores, de eso depende que el mundo vuelva a lo peor del siglo XX o que inicie lo mejor del siglo XXI.
LOS ANDES

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