OPINIÓN
Cuanto más individualistas nos volvemos, más inseguros nos sentimos

Cuanto más nos replegamos en lo propio, más desconfiamos de todo lo demás. La desconfianza crece cuando lo común se achica. Y lo común se achica cuando dejamos de practicarlo. El individualismo prometió autonomía y terminó fabricando soledades.
Dice el diccionario: La palabra confianza viene del latín confidentia, formada por el prefijo con ("junto", "con") y la raíz fides ("fe", "lealtad"), significando "con toda la fe" o "tener fe junto a alguien", y se relaciona con el verbo latín confidere ("tener plena fe" o "fiarse completamente").
Confiamos más en una app que en la palabra dada, más en el GPS que en el vecino, más en el algoritmo que en una mirada. La desconfianza dejó de ser una reacción ocasional para convertirse en un clima moral que respiramos sin notarlo. Desconfiar parece hoy una señal de inteligencia y confiar una ingenuidad de modé.
La filósofa española Victoria Camps aborda este fenómeno en su libro: "La sociedad de la desconfianza. Cómo recuperar la confianza en un mundo sin dimensión moral de la política y la vida cotidiana" (ARPA Editores, Barcelona, 2025). Su planteo es simple: la desconfianza ya no se limita a la política o a las instituciones, se filtró en la vida cotidiana, en los gestos mínimos, en el “mmmm no sé, por las dudas…” convertido en reflejo automático. La sospecha, como norma, deja de proteger y empieza a aislar.
Durante años nos convencieron de que desconfiar era cuidarse. Algo de razón había. El problema surge cuando la desconfianza se vuelve permanente. Camps insiste en una idea: confiar no es ser un boludazo, es aceptar que vivir en sociedad implica riesgos compartidos. La confianza no es fe ciega, es una decisión ética y también política. Sin un mínimo de confianza, no hay comunidad: solo individuos coexistiendo sin tocarse.
Libertad, libertad, libertad
Uno de los grandes malentendidos de esta época tiene que ver con una idea reducida de libertad. Esa que se resume en “hago lo que quiero” sin preguntarse qué genera en los demás. Una idea de libertad sin responsabilidad ni contexto. El resultado es conocido: vínculos frágiles, instituciones debilitadas y una convivencia sostenida más por sospechas que por acuerdos.
En nombre de una libertad reducida a planilla de Excel, se nos promete eficiencia mientras se licúan los vínculos. Todo debe rendir, producir, optimizarse. Pero una sociedad no es una empresa ni la vida una hoja de cálculo. Cuando la libertad se mide solo en términos económicos y se limita a desconfiar de todo, se pierde algo esencial: la osadía de crear, el riesgo de imaginar, la confianza necesaria para inventar juntos algo que todavía no existe.
Yo primero
La paradoja es evidente: cuanto más individualistas nos volvemos, más inseguros nos sentimos. Cuanto más nos replegamos en lo propio, más desconfiamos de todo lo demás. La desconfianza crece cuando lo común se achica. Y lo común se achica cuando dejamos de practicarlo. El individualismo prometió autonomía y terminó fabricando soledades.
En otros textos dijimos que ya no vivimos en tiempos de grietas simples ni de bandos claros. Vivimos en una era fragmentada. Todo aparece roto, disperso, inconcluso. El error sería creer que esos fragmentos son solo restos; y en realidad son materia prima. Pero para que los fragmentos se vuelvan fértiles hace falta algo esencial:¡confianza!
Vivimos anunciando que “algo nuevo esta por pasar”, como si el futuro fuera siempre un rumor. Tal vez la noticia sea otra: llegó lo que viene. La incertidumbre ya está acá. La pregunta no es cómo volver atrás, sino cómo adelantarnos, prepararnos, ensayar nuevas formas de estar juntos. No para ordenar el caos, para crear desde ahí.
Un gesto de confianza
No hay recetas rápidas ni soluciones express. Camps propone algo menos seductor y más profundo: reconstruir una ética compartida. Volver a preguntarnos qué nos debemos unos a otros. Entender que convivir es un trabajo cotidiano y que la confianza no aparece sola: se construye, se cuida y, si se rompe, se tiene que volver a construir.
El desafío es impedir que lo desconfianza lo ocupe todo. Aprender a habitar los fragmentos sin taparlos ni forzarlos a encajar. En tiempos de dispersión extrema, confiar puede ser un gesto contracultural. Un sutil acto de rebeldía creativa. Ninguna sociedad se sostiene con controles y sospechas. Se sostiene cuando decide creer que desde lo diverso y lo imperfecto algo nuevo puede crearse.
LOS ANDES
Comentarios
Publicar un comentario