OPINIÓN
A no asustarse otra vez con la "apertura indiscriminada": para desarrollar nuevas industrias y empleos es imprescindible seguir normalizando la macro y el comercio
Los titulares y discursos opositores generados en estos días por el cierre de la planta de Whirlpool en Pilar no son nuevos ni espontáneos: repiten un guión conocido. Ya lo habíamos anticipado en Seúl en 2022. Decíamos entonces que, cuando llegara el momento de normalizar el comercio exterior, reaparecería el mismo libreto: quienes jamás protestaron ante la inflación, la brecha o la falta de crédito anunciarían cierres inminentes si se levantaran las licencias no automáticas. Móviles televisivos descubrirían súbitamente la crisis de las pymes; y sectores de la oposición denunciarían pérdidas de empleo después de haber guardado silencio ante el éxodo empresarial de años anteriores. Era previsible: la narrativa del miedo iba a activarse para defender los beneficios del statu quo.
En la administración de Cambiemos, el relato de los guardianes de lo establecido se organizó alrededor de la “avalancha de importaciones”. Hoy reaparece con otro rótulo: “apertura indiscriminada”. Conviene aclarar dos cosas desde el inicio. Primero, que ese concepto no se sostiene: un país integrado al Mercosur —un bloque con algunos de los aranceles más altos del mundo y una red de acuerdos comerciales que cubre menos del 10% del PBI global— no puede abrirse de manera unilateral y masiva. Y segundo, que el uso de esta etiqueta funciona como desvío: convierte a la supuesta apertura en un chivo expiatorio conveniente para no discutir los verdaderos obstáculos al desarrollo —inflación, presión tributaria, regulaciones, costos logísticos— que siguen estando ahí, independientemente del comercio exterior.
Como decíamos, hablar de apertura indiscriminada siendo parte del Mercosur es un oxímoron. La estructura arancelaria del bloque es tan rígida que ningún gobierno argentino —ni este ni los anteriores— puede modificarlos sustancialmente sin acuerdo del bloque. Lo que sí puede hacer es dejar de administrar discrecionalmente el comercio. Puede transparentar reglas, eliminar permisos arbitrarios, terminar con las colas y los favoritismos, y reemplazar un sistema de privilegios por procedimientos claros. Eso es lo que está ocurriendo. Al paredón altísimo que ya representan los aranceles del Mercosur, se le está empezando a quitar el alambre de púas y el vidrio molido: las licencias no automáticas, el SIRA, los reglamentos técnicos imposibles de cumplir. No es una “apertura indiscriminada”, sino una normalización del comercio exterior.
Por eso es tan importante transitar este período con claridad conceptual. Venimos de una economía hiperprotegida que funcionaba a base de parches, excepciones y regulaciones hechas a medida. Muchas inversiones que se presentaban como estratégicas eran, en realidad, inversiones nacidas al calor de la protección, sostenidas por normas transitorias, por licencias, por aranceles discrecionales. Y cuando una inversión depende más de la medida que la habilita que de su productividad real, no estamos ante un proyecto estratégico, sino ante fachadas productivas.
Alambre de púas
El cierre de la planta de Whirlpool, por ejemplo, se presentó como una víctima del modelo aperturista. Pero quizá la pregunta no sea por qué cerró, sino por qué pudo abrir. En 2022, la planta fue inaugurada como una gran apuesta productiva, aunque su viabilidad parecía depender menos de su competitividad real que del clima regulatorio de ese momento: licencias no automáticas, fuertes restricciones para importar, brecha cambiaria y una protección efectiva inusualmente alta. Alambre de púas y vidrio molido, como dijimos. No es un dato menor que la inauguración coincidiera con la creación de las SIRA, que profundizaron el control discrecional de las importaciones y garantizaron un mercado artificialmente cerrado. Era, al menos en parte, un proyecto sostenido por reglas transitorias más que por productividad.
Cuando ese andamiaje excepcional se desarmó, es posible que haya quedado al descubierto la premisa que basaba esta inversión: que la protección duraría para siempre. No se trata de que haya sufrido un shock externo, sino simplemente de que no pudo resistir la necesaria normalización interna.
En esos años también se anunciaron otras aperturas, muchas de ellas con presencia de funcionarios. Nuevas líneas de producción de notebooks, relojes o dispositivos electrónicos coincidían, casi en paralelo, con aumentos arancelarios destinados a apuntalar esas inversiones. Recuerdo que, en ese contexto, Mauricio Macri advirtió públicamente que esas subas serían revertidas por un próximo gobierno. El mensaje era claro: no repetir una lógica conocida, en la que proyectos concebidos al amparo de una protección transitoria terminan dependiendo de ella para sobrevivir y generan expectativas que luego se invocan para justificar barreras que encarecen el acceso a la tecnología para millones de argentinos.
Por eso, en la presente transición es clave distinguir entre iniciativas genuinas y fachadas productivas cuya viabilidad depende más de la regulación que de la competitividad real. Y justamente este tipo de casos —complejos, sensibles y con historias detrás— suele convertirse en materia prima para construir un relato destinado a frenar cualquier cambio. Cada vez que se desarman privilegios, reaparece un diagnóstico cómodo y simplista: culpar a la apertura.
El verdadero adversario de la industria y de las empresas argentinas no es el comercio exterior. Es el desorden macroeconómico, las reglas cambiantes y el capitalismo de amigos que premia el lobby y castiga la productividad. Ese es el sistema que erosionó la competitividad argentina. Eso es lo que hay que desarmar si queremos construir oportunidades nuevas y duraderas.
Y por eso, lejos de retroceder, este es el momento de consolidar la normalización y, además, profundizarla. Firmar los acuerdos comerciales que se puedan, modernizar el Mercosur, reformar el Arancel Externo Común, integrarnos al mundo y sentar reglas que incentiven a nuestros empresarios a poner su enorme creatividad y resiliencia al servicio de producir, innovar y exportar, y no de sobrevivir a una macroeconomía desquiciada.
Empresarios, a las cosas
Ser empresario en Argentina es una osadía. Nuestro sector privado desarrolló talentos que en condiciones normales serían una gran ventaja: flexibilidad, ingenio, capacidad de adaptación. Si alguna vez lográramos que toda esa energía se usara para pensar productos, procesos y mercados —y no para sobrevivir a la incertidumbre—, no nos pararía nadie.
Hay motivos para el optimismo. La reciente aprobación en Tierra del Fuego de un marco para la explotación pesquera —alineado con sus verdaderas ventajas comparativas— muestra que se pueden empezar a cambiar reglas equivocadas por incentivos más racionales. Son pasos pequeños, pero van en la dirección correcta: menos fachadas productivas, más oportunidades reales.
Porque en economía, la aversión a la pérdida es poderosa: contamos las fábricas que cierran, pero no las que nunca existieron. No vemos los empleos que no se crearon por sostener mecanismos que elevan costos y desalientan nuevas inversiones. La hiperprotección no protegió al país: lo dejó sin oportunidades nuevas. Pero Argentina tiene la oportunidad de dar vuelta una página larga de protección defensiva y construir, de una vez por todas, las condiciones para que nazcan nuevas industrias, nuevas empresas y nuevos empleos. Para eso tenemos que mirar bien dónde está el enemigo. No está en la apertura. Está en el desorden, la discrecionalidad y el miedo a cambiar reglas que ya fracasaron.
Revista Seúl

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