OPINIÓN
Bueno, pero ojo con la islamofobia. Triste adiós a Rob Reiner
Por Seúl
El Gobierno venía bien pisado. Agrandado por el triunfo en las elecciones legislativas, con recambios ministeriales para encarar la segunda mitad del mandato y promesas de más diálogo y consenso. Incluso al propio Javito se lo veía más tranquilo, sin tantos exabruptos verbales y expresando su costado excéntrico (por decirlo de alguna manera) a lucir los mamelucos de YPF tanto en los cero grados de Oslo como en los 30 de Buenos Aires. Nimiedades.
Por eso era de suponer que, más allá de la elección de un plazo demasiado exiguo para semejante temario reformista (presupuesto, reforma laboral, inocencia fiscal, glaciares), en las sesiones extraordinarias de esta semana todo marcharía acorde al plan. Se suponía que la nueva composición de las cámaras y algunos acuerdos de palabra con gobernadores (regados con generosos ATN al gusto) serían suficiente para un avance arrollador. Bueno, no.
No sabemos si el Mago del Kremlin fue el autor de este tuit borrado , pero como explicación de lo sucedido a cargo de las fuerzas del cielo resulta verosímil. Porque resultó que los gobernadores aliados al final no lo fueron tanto, y así fue que en Diputados el Presupuesto 2026 fue aprobado, pero sin el capítulo 11. No el de la quiebra, sino el de financiamientos varios. Horas después de celebrar la media sanción, el oficialismo descubrió que los números fiscales no cierran. Así que otra vez amenazas de veto o forzar cambios en el Senado y de ahí otra vez a Diputados. Difícil.
A la reforma laboral en el Senado no le fue mucho mejor: estuvo cerca de caerse, al punto que tuvo que salir corriendo la propia Pato Bullrich a apagar el incendio. Se llevó una promesa de dictamen y tratamiento en febrero, lo mismo que con los glaciares. La cosa estuvo al borde del quiebre hasta que Bullrich tuvo que salir corriendo a la Casa Rosada. Finalmente acordaron postergar la reforma laboral hasta febrero.
Curioso cómo la tortilla se da vuelta una y otra vez. Los gobernadores del norte, viejos zorros ellos, primero se llevaron la de ellos y después tumbaron el susodicho capítulo 11. Los de Provincias Unidas, otrora independientes, republicanos e irreductibles, hicieron todo lo que quería La Libertad Avanza. Y los que quedan en el PRO, siempre comandados por el bueno de Ritondo, quedaron más calientes que una plancha. Porque todo indica que hubo contubernio con los kukas por unas sillitas en la AGN, cargos por los que hubo una jura a la normalísima hora de las 3 AM. “La relación está rota, ya no somos aliados”, dicen los amarillos que se habían pintado de violeta esperanza. Ahora amenazan con condicionar el quorum en 2026 y hasta evalúan denunciar penalmente a Martín que es Menem por abuso de autoridad.
En fin, que no hay quien entienda la lógica de la estrategia legislativa del Gobierno. Si es que hay una. O si hay varias según con quién se hable. Porque lo que se vio esta semana fueron otra vez palos a los supuestamente amigos y zanahorias a los supuestamente enemigos. Y el pescado reformista que se suponía que se iba a vender al toque, ahora hay que guardarlo en el freezer hasta febrero, antes de que empiece a largar mal olor.
El acto terrorista antisemita de la temporada tocó en Sydney, donde dos tipos de religión desconocida (not ) atacaron el domingo un festival religioso judío cerca de la famosa playa de Bondi Beach. Sus disparos frenéticos contra la multitud terminaron con 15 muertos, entre ellos un niño de 10 años, un rabino y un sobreviviente del Holocausto. Los atacantes, padre (abatido) e hijo (hospitalizado), aparentemente se habían radicalizado con los sermones de un predicador islamista de Sydney, tan conmovedores y convincentes que los llevaron a sacar sus fusiles y matar judíos en nombre de Alá.
El humor es negro porque es una catarsis de la bronca y la resignación, por el ataque mismo y por los debates posteriores, con los flojitos de siempre apurándose a sacar la bandera de la “islamofobia” ante cualquier intento de relacionar el ataque con el fanatismo religioso. O a decir que esto en el fondo era culpa de Israel, porque hace las cosas tan mal en Gaza que vuelve inevitable el terrorismo a 15.000 kilómetros de distancia sobre víctimas australianas.
Pocas veces un ataque dejó tan claro que la línea entre antisemitismo y antisionismo se volvió tan finita hasta hacerse transparente. Si un ataque terrorista espantoso, contra judíos por el solo hecho de ser judíos, sin conexión aparente con Medio Oriente, cometido por dos albañiles envenenados por una ideología asesina, igual puede ser atribuido a Netanyahu o quien sea, entonces es que estamos en el horno. Si estas víctimas no pueden ser lloradas en paz porque encima les están diciendo a sus familias que esos cadáveres calientes en parte tenían la culpa de lo que les pasó, entonces la conversación con cierto tipo de gente se ha vuelto imposible. De un lado la gente decente. Del otro lado, ya sabemos.
La noticia que llegó de Los Ángeles el domingo recordó al horror de los crímenes de Sharon Tate y amigos a manos del clan Manson hace más de medio siglo: el actor y director Rob Reiner había aparecido asesinado a puñaladas en su casa junto a su mujer Michele Singer; el sospechoso principal: su hijo Nick, que había tenido problemas con las drogas.
Ese final tan violento y oscuro no podía ser más diferente a sus películas: comedias románticas luminosas como Cuando Harry conoció a Sally, ácidas parodias a la cultura pop como This Is Spinal Tap o dramas tiernos como Cuenta conmigo . Fue también uno de los principales responsables de la existencia de Seinfeld con su productora Castle Rock.
Los medios americanos están 24/7 con el tema y lo que se sabe es esto. La noche del sábado, Rob y Michele fueron a la fiesta de Navidad de Conan O’Brien. Pidieron permiso para llevar con ellos a su hijo Nick, de poco más de 30 años, porque estaban preocupados por él. Había tenido problemas con las drogas en el pasado y, aparentemente, estaba en una recaída. En la fiesta, Nick se comportó de manera extraña, molestando a los invitados (casi todos famosos), interrumpiendo conversaciones y haciendo preguntas molestas. Su padre lo increpó y discutieron. Se fueron temprano.
Al día siguiente, la hija menor de los Reiner, Romy, descubrió el cadáver de su padre degollado. Llamó a la policía y a Billy Crystal, el mejor amigo de la familia. En la casa estaba también el cadáver de la madre. Le dijo a la policía que su hermano debía ser considerado sospechoso y que era peligroso.
La policía encontró a Nick caminando por la calle a unos 25 kilómetros. Había hecho el check-in en un hotel de Santa Monica, donde los empleados encontraron la ducha y la cama llenas de sangre. El fiscal de Los Angeles Nathan Hochman ya lo acusó por dos asesinatos en primer grado: si lo encuentran culpable, podría recibir la pena de muerte.
Reiner también era un manifiesto militante anti-Trump, al punto que Stephen King (de quien había adaptado dos novelas, El cuerpo y Misery) lo despidió en X diciendo que era su “aliado político”. Si eso pareció un poco desubicado, quien rompió el desubicómetro fue el propio Trump, que escribió en sus redes:
Algo muy triste pasó anoche en Hollywood. Rob Reiner, un director y comediante torturado y con problemas, pero que alguna vez fue muy talentoso, murió junto a su esposa Michele, aparentemente por la bronca que le generaba a la gente su terrible, implacable e incurable padecimiento de una enfermedad mental devastadora conocida como SÍNDROME DE DELIRIO ANTI-TRUMP, a veces llamado SDA. Era conocido por volver LOCA a la gente con su obsesión enfermiza por el presidente Donald J. Trump, con su paranoia evidente llegando a nuevos extremos mientras la Administración Trump superaba todas las metas y expectativas, y con la Era Dorada de Estados Unidos encima nuestro, quizás como nunca antes. ¡Que Rob y Michele descansen en paz!
Lo traducimos y no lo podemos creer. El que puso un poco de cordura fue el actor trumpista James Woods, que trabajó con Reiner en la película Fantasmas del pasado (Ghosts of Mississippi):
Cuando la gente dice cosas horribles sobre Rob en este momento, me resulta, sinceramente, indignante y de muy mal gusto. ¿Estaba de acuerdo con sus ideas políticas? No. ¿Lo quería como amigo, como artista, como ícono de Hollywood y como patriota? Sin duda. Y estoy absolutamente destrozado por este terrible hecho, especialmente por su familia.
Revista Seúl

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