MIÉRCOLES

OPINIÓN

Entre los extraños motivos que me generan cierto entretenimiento, me gusta sacar cuentas de qué día le corresponde a una fecha determinada en el calendario original de esa fecha

Por Nicolás Lucca

Por ejemplo: el 9 de julio de 1816 cayó un martes. Es una costumbre idiota que surgió cuando leí por primera vez que la revolución bolchevique no comenzó el 25 de octubre de 1917, sino el 7 de noviembre y que esta diferencia existe porque el Imperio Ruso aún mantenía el calendario juliano y no el gregoriano. El gregoriano, basado en el juliano pero con una reforma que corregía la cantidad de años bisiestos, no mostró diferencias notorias entre un calendario y el otro durante un buen tiempo. La diferencia ya era notoria para el siglo XX.

Esta manía, hobby o síntoma psiquiátrico es, incluso, esclarecedora para elaborar teorías que no sirven para nada. Séneca se suicidó, según la historiografía oficial, porque su condición de patricio lo obligaba a tomar el control sobre su condena a muerte. En mi calculadora de fechas se mató inmediatamente –y sin dejar pasar un solo día de condenado– porque ese 12 de abril del año 65 cayó domingo. Imaginen el bajón del finde, sin tele, sin internet, sin celular y con Nerón rompiendo las tarlipes.

Ya los puse en contexto. El asunto es que el 18 de marzo del año 235 después de Cristo fue sábado. Ese día, en la ciudad entonces llamada Moguntiacum y que hoy es conocida como Maguncia –aunque sus habitantes crean que viven en Mainz– en la actual Alemania, se produjo un motín que terminó con la muerte del emperador romano Alejandro Severo. ¿Por qué es importante esta fecha? Porque la historiografía ubica en este hecho el inicio de la Crisis del siglo III, que para fines más espectaculares, también es el inicio de la larga decadencia del Imperio Romano, una que terminaría un par de siglos después con el colapso final de la península de Italia.

Esto viene a cuento porque en mi cabeza, cada vez que alguien dice “el más grande de la historia”, me voy por las ramas en un acto de fact checking mental absolutamente al pedo; principalmente porque toda interpretación es siempre subjetiva. La historia del fútbol, por ejemplo, es bastante breve en términos humanos y, sin embargo, cuando alguien dice “el mejor del mundo de todos los tiempos”, se produce un debate. Si con menos de dos siglos de historia no encontramos parámetros uniformes, imaginemos si metemos en la bolsa toda la historia de las civilizaciones humanas.

La crisis del siglo III inició un bolonqui de dos centurias y monedas de conflictos políticos, económicos y sociales en el imperio más poderoso e influyente que el mundo hubiera visto hasta entonces. Durante esos dos siglos, la Roma que moldeó a su gusto la Europa que hoy conocemos –y de la que aún sobreviven resabios de su obra pública– vivió momentos de relativa calma, esos que hacen pensar que lo peor ya pasó. Sin embargo, los historiadores del período no dan abasto con tanto quilombo en la península itálica hasta la llegada de Odoacro, el rey invasor que hizo abdicar a Rómulo Augusto y puso fin al Imperio Romano de Occidente el 4 de septiembre de 476. Era viernes.

Cuando comenzó el siglo XVII –un lunes–, los reyes españoles podían darse el lujo de sentirse los dueños del mundo. Poseían las reservas de metal más grandes de la historia por un detalle fácil de chequear: todas las cordilleras americanas aún vírgenes. Sin embargo, atravesaban una sucesión de crisis económicas caracterizadas por alteraciones monetarias, colapso fiscal, inflación increíble, deuda externa disparatada y un déficit comercial sin igual. Existen bibliotecas enormes abocadas a comprender desde distintas vertientes qué le pasó a España para entrar en caos económico un total de seis veces en menos de una década.

El período conocido como la Decadencia arrastró a España por una serie de penurias cuya duración la historiografía estima en más de cien años. Dentro de ese siglo hubo una de las peores guerras que haya vivido Europa, una nueva plaga y, para variar, una crisis sucesoria en el trono que derivó en un cambio de dinastía. Sin embargo, antes de que comenzara la Decadencia Española, hubo un período conocido como La Revolución de los Precios. A la península comenzó a ingresar el triple de plata y de oro. ¿Y qué pasa cuando hay tanto para gastar y tan poco para comprar? Adivinaron.

Si la joda hubiera quedado solo en España, es una cosa. Pero el reino necesitaba aprovisionarse de manera urgente para todos sus frentes, ya que esto de estar en guerra y, a la vez, conquistar un continente entero no es cosa fácil. Barcos, armas, pertrechos, todo se encargaba al país que pudiera vender. Y fue tal la velocidad a la que creció la necesidad de aprovisionamiento que, más temprano que tarde, España había contagiado a todos sus vendedores: el promedio de precios se sextuplicó en un siglo y medio en todo el continente.

Entiendo que para el contexto argentino ese monto suene a utopía cuando es igual al que acumulamos desde abril de 2023 hasta hoy pero, para la época, fue inaudito. Imaginemos cómo la pasó España que de ahí se fue a una híper. Recién después de eso se inicia “La Decadencia”. Lo curioso es que, luego de finalizado este período otros cien años más adelante, España ingresa en un breve lapso de calma que sólo sirvió para que la crisis tome impulso y finalice con otro par de siglos en los que perdió la totalidad de su Imperio. Y aún le faltaba una Guerra Civil, un par de dictaduras y unas cuantas hambrunas.

La Serenísima República de Venecia existió desde el siglo VIII hasta la conquista napoleónica ocurrida el 12 de mayo de 1797. Era viernes. Eso no quita que, durante el siglo que le precedió a la caída, la situación política, social y económica no calificara para algo que, en un rapto de creatividad nunca visto, los historiadores han dado en llamar Decadencia. Y, así y todo, esa sombra de lo que fue la potencia económica marítima de Europa, esa rareza no monárquica, comenzó su declive otros doscientos años antes, cuando el descubrimiento de América el 12 de octubre de 1492 –miércoles– les quitó el monopolio comercial en tiempos en los que justo necesitaba la guita para enfrentar a los turcos.

La decadencia que precedió a la caída de la República de Génova aquel 14 de junio de 1797 –miércoles– comenzó unos 172 años antes, cuando los franceses sitiaron y pusieron en jaque a la riquísima república el 1º de febrero de 1625. Era sábado. Y si bien el socorro de España hizo que Génova recuperara su libertad el 24 de abril de 1625 –jueves–, nada volvería a ser igual porque el mundo ya había cambiado y acababan de ser notificados. Podría seguir por párrafos enteros con mi diversión y ni hace falta enumerar la cantidad de Estados que vivieron siglos de guerras y anarquías hasta llegar a tener una frontera medianamente estable hace muy poquito tiempo.

Hablar de decadencia es un concepto bastante subjetivo si se lo aplica en formato amplio, sin delimitar contextos ni comparaciones. Es lo que un fanático de la enumeración de las falacias –esos que creen que ganan una discusión al responder todo con “eso es una falacia de la tarta invertida de peras”– denominaría “falacia general”, la madre de todas las falacias. Una decadencia es un período que se mide desde un punto de partida fijado en el tiempo.

Al hablar de la decadencia argentina, hasta 2019 se estilaba utilizar un período laxo de partida fijado en el surgimiento del peronismo, hecho que ha sido denominado como “el momento en el que la Argentina se jodió”. La idea se tomó prestada de Conversación en la Catedral, la novela de Mario Vargas Llosa en la que Santiago Zuvilita –alter ego del mismo autor– se pregunta en qué momento se había jodido el Perú. Lo hace en la segunda oración de la novela. No sé cuántos de los que copiaron la pregunta se tomaron el trabajo de leer la obra, en cuyo caso habrán notado que no hay un punto en particular, sino varios.

En la Argentina, ese período de “cuándo nos jodimos” vinculado al peronismo tampoco es muy exacto. ¿Tomamos como punto de partida el golpe del 4 de junio de 1943 –viernes– o cuando Perón ganó las elecciones el 24 de febrero de 1946? Fue un domingo, obvio. Poco importó. Así es que se comenzó a repetir “una decadencia de más de 70 años”.

Cuatro años después de 2019, Javier Milei comenzó a hablar de una decadencia de más de cien años y ahí cambia un montonazo el panorama, porque cien años antes de 2023 estamos en 1923, primavera del gobierno de Marcelo Torcuato de Alvear, uno que puede darse el lujo de decir que tuvo un saldo excesivamente positivo en todos, absolutamente todos y cada uno de los indicadores económicos y sociales. Quizá sea por eso que de Alvear sólo podemos aprender si nos cruzamos con algún libro especializado. Y si nos da ganas de leerlo, claro.

No soy tan boludo y sé que el período de decadencia es fijado en el ascenso a la presidencia de Hipólito Yrigoyen, cuya jura tuvo lugar el 12 de octubre de 1916. Y si bien fue jueves, es fácil encontrar la fecha propuesta si recurrimos a las técnicas del Derecho: cuando no hay una normativa que sirva para resolver un conflicto, se toma prestada otra normativa para poder hallar alguna solución. O sea: si la Argentina grande es la de los gobiernos históricos del siglo XIX y estos tuvieron una continuidad recién interrumpida con la llegada de una corriente inversa, es fácil sacar la ficha. No me voy a poner a defender a Yrigoyen en este texto pero, ¿Alvear? ¿Qué fue lo que nos hizo para tenerlo tan tirado en el fondo de la baulera?

No, no valen las excepciones que confirman la regla. Si decimos “un siglo de decadencia”, es un siglo de decadencia. Y si es en general, es una decadencia total. Lo bueno de hablar de una decadencia general es que nos permite cubrir los vacíos de tiempo en una decadencia particular. Por ejemplo: si hablamos de un siglo de decadencia económica centrado en la estabilidad, es difícil explicar los períodos de Alvear o de Menem. Ahí entra la decadencia moral o cultural, algo que en lo de Alvear es difícil de hallar, pero está regalada en el menemismo.

Aplica a nosotros y aplica al mundo. El siglo XVII es en España “La Decadencia” y, a la vez, el “Siglo de Oro”: Lope de Vega, Ruiz de Alarcón, Tirso de Molina, Guillén de Castro, Luis Vélez de Guevara, Juan Pérez de Montalbán, Calderón de la Barca, Sor Juana Inés de la Cruz, Garcilaso de la Vega, Cañizares, Antonio de Zamora, Quevedo y Cervantes. Sí, Cervantes. Y mejor mencionar al pasar a las otras ramas de la cultura, antes de que Velázquez y El Greco nos revoleen un lienzo por la cabeza. Es el siglo de la decadencia, sí, pero también es el del Quijote, el de Salamanca y el del Escorial. Y no son universos paralelos.

La romantización de tiempos pretéritos es un hecho muy marcado por las cosas que perdimos y las cosas vinculadas a los seres queridos que ya no están. Sostengo esta teoría y la banco a capa y espada desde que me di cuenta de que la mayoría de la gente de mi edad y los que vinieron después tienen por la década de 1990 un sentimiento sólo comparable con el que tienen por los años ochenta los que suman un par de almanaques más que yo. Es extensivo intergeneracionalmente. Tengo más cariño por Italia que el que nunca tuvo mi abuelo, para quien era tierra de miseria. Y como yo, sé que somos muchos los que nos sentimos identificados con un lugar al que nuestros ancestros no querían volver ni bajo promesa de ganarse la lotería.

Es menester exagerar. Creo que viene con la ciudadanía argentina. Quizá sea algo en las napas de agua que nos convierta en seres exagerados y que ni en el reflejo se reconocen. Cuando era chico recuerdo el chiste fácil en referencia a Brasil y su manía por decir que todo lo suyo era “o mais grande do mundo”. Justo nosotros, que tenemos la más ancha y la más larga avenida, el mejor corredor de Fórmula 1 de la historia, los más grandes futbolistas que el mundo haya visto y que hemos competido en PBI con Estados Unidos por décadas hasta que ingresamos en ese siglo de decadencia.

Es obvio que nuestra decadencia tiene que ser la mejor. ¿Quién querría decir que sobrevivió a un resfriado? Neumonía bifásica con pleuresía o chito la boca. La crisis económica tiene que ser la peor de la historia, lo cual es todo un tema cuando se vive en un país que vivió un Rodrigazo, un 2001 y un período inflacionario de tres dígitos anuales durante tres lustros que finalizó con dos picos hiperinflacionarios. ¿Cómo se hace para superar tan bonito palmarés? Fácil, esta crisis es peor que todas las anteriores combinadas. Total, lo contrafáctico es un acto de fe. Entonces tenemos al mejor gobierno de la historia basado en que se desactivó la peor bomba de la historia. Por decantación, el mejor gobierno de la historia tiene al mejor presidente y al mejor ministro de Economía de la historia.

El problema de abusar de la subjetividad es cuando ésta tiene que pararse sobre datos objetivos que se obtienen por promedios y encuestas. Así es que se repiten mantras como la recuperación salarial o que los sueldos le ganan a la inflación. Son datos objetivos, están disponibles en el Indec. Y uno puede sentir que es el único idiota al que no le alcanzan las horas del día para sumar nuevos ingresos sin saber de dónde sacarlos y un sinfín de cosas que no entiendo por qué hay que explicarlas cuando el mismísimo Indec dice cuánto hace falta para ser parte de la clase media. ¿Cobrás menos de 2.1 millones de pesos al mes y tenés hijos? No sos clase media. ¿Cobrás menos de 1.6 millones de pesos al mes? Sos pobre. ¿No llegas a 1.2 millones? Indigente.

Yo buscaría récords en objetivos más realistas. El 18 de diciembre de este año –jueves– el Indec publicó el informe de Trabajo e Ingresos de 2025. Como dato sobresaliente, la tasa de desempleo descendió a 6,6% en el tercer trimestre, bastante por debajo del 7,9% del primer trimestre de este año. Desde mi total subjetividad me preocupa la informalidad del 43,3% y el 23% de sobreocupación de los que tienen empleo; es decir, los que trabajan más de 45 horas por semana. Es obvio que voy a fijarme en esos datos porque me interpelan y porque de ahí quiero salir hacia un mundo mejor.

Ante el año que está por comenzar, las palabras del ministro de Economía y del propio presidente parecerían preanunciar una mejora aún mayor en los indicadores económicos. En la subjetividad de que todo lo medimos en bajar aún más la inflación, no devaluar y que los salarios se recuperen aún más, es un objetivo más que razonable. Solo espero que me toque.

En medio de esta crítica constructiva a la narrativa oficial, merece un párrafo aparte una foto difundida por los canales oficiales del gobierno que muestra al presidente con un mameluco especial que lo mantiene refrigerado en días de 38 grados de temperatura, junto a todo su gabinete y un ejemplar per cápita del libro “Defendiendo lo indefendible” de Walter Block. Más allá de un título que merece la glorificación de la persona a la que se le ocurrió, el contenido del libro podría contribuir a proponer una nueva marca a debatir basada en la mayor desproporción entre el ideario libertario economicista y el conservadurismo de la narrativa.

Algo habíamos tocado en este sitio en ocasión de una de las tantas veces en las que el Presidente habló de Jesús Huerta de Soto como de un prócer y el más mejor de la historia por sus contribuciones a las ideas de la libertad. En aquel entonces hemos remarcado que don Jesús tiene kilómetros de docencia inscriptos en el liberalismo más liberal que se pueda concebir y que lleva este ideario a todos los aspectos de la vida, por lo cual también sostiene que es un delirio que el Estado quiera combatir el narcotráfico por tratarse de una intromisión en la privacidad de las personas. No es un invento, sino parte del contenido de su cátedra.

Sin inventar nada nuevo, Walter Block sostiene que la prostitución no debería ser perseguida ni regulada, como tampoco el narcotráfico ni el aborto. No sólo lo sostiene, sino que volcó sus fundamentos en un libro con ejemplos que sí hacen gala de novedad gracias a los ejemplos utilizados por el autor que están más cerca de una apología del delito que de una construcción teórica.

Sabemos que Milei piensa así en gran parte. De hecho, se ha mantenido impasible frente a las críticas recibidas cuando aseguró que el mercado de órganos es uno más. Dentro del ideario, en los marcos de la teoría, tiene sentido en el mismo principio que se contradice con la postura del presidente respecto del aborto: mi cuerpo, mi decisión. Sin embargo, Milei se ha mantenido firme en su postura de calificar la interrupción del embarazo dentro de las primeras semanas como “un asesinato agravado por el vínculo”, un tipo penal que nuestra legislación sanciona con prisión perpetua.

Antes me preguntaba si Milei realmente había visto, leído y oído todo el pensamiento de Huerta de Soto. Ahora me pregunto si leyó el libro que regaló. Si lo hizo –cosa más que probable– la pregunta pasa a ser otra: ¿aún sostiene lo que dijo en campaña o lo que sostiene el libro? Lo dejo como sugerencia a los entrevistadores del presidente para introducir un tópico nuevo. Incluso podríamos organizar un debate de autores de los libros de la mesita de luz presidencial. Sin ánimo de chicana, sería interesante ver cómo intentan imponer sus puntos de vista los autores vernáculos favoritos del presidente frente a un Block o un Huerta de Soto.

Para finalizar, y ya que también estamos con brotes megalómanos en el Congreso, quiero actualizar el número de vacantes en el Poder Judicial que para el final del mandato de Alberto estaba en 278 puestos. Hoy son 330. En los próximos meses, ascenderá a 363. El Poder Ejecutivo tiene más de 200 pliegos a disposición para cubrir esos lugares con la aprobación del Senado. Si no se hace, seguiremos con cada vez más causas concentradas en cada vez menos jueces y con delirios a los que ya nos acostumbramos, como que una sala de una cámara de apelaciones pueda fallar a favor o en contra con el voto mayoritario del único miembro que la compone. Si se hace, presenciaremos el récord del gobierno con mayor cantidad de nombramientos judiciales de la historia.

Bueno, de la historia argentina. Okey, de la historia argentina desde la inclusión de los diputados porteños en el Congreso que comenzó a laburar un 26 de mayo de 1862. Era lunes.

Relato del PRESENTE

P.D.: Gracias por la compañía en este año que parece que se fue volando hasta que repasamos todo lo vivido y nos damos cuenta de que fue larguísimo. Así es el vértigo en el que nos gusta vivir. Les deseo paz y prosperidad, que la salud va y viene. Muchas gracias por tanto.


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