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OPINIÓN

Corina pudo salir de su país clandestinamente y llegar a las antípodas para recibir el Premio Nobel de la Paz, sin que el regimen pudiera matarla o apresarla

Por Carlos Mira

Quizás el dato más importante para la causa de la libertad en Venezuela no sea la consagración mundial de María Corina Machado como la líder que finalmente termine con la dictadura chavista, sino el hecho de que ella haya podido salir de su país clandestinamente y llegar a las antípodas para recibir el Premio Nobel de la Paz, sin que el regimen pudiera matarla o apresarla.

Para una sistemática maquinaria de persecución, que la principal ariete de su oposición se fugue con éxito de sus tentáculos es un indicio de que se ha producido una fenomenal grieta dentro de su propio monstruo y que algunos que antes respondían a las órdenes omnímodas de la cúpula han comenzado a darse vuelta.

Por más cinematográfico que haya sido el plan, por más hermetismo que se haya guardado en los detalles y en las personas involucradas, para un regimen que vigila (o presume de vigilar) hasta abajo de la cama de los ciudadanos mediante una extensa red de espías y delatores, es absolutamente imposible que algo así le ocurra.

Si le ocurrió es porque la férrea mano comunista que encarcelaba todo lo que se le oponía ha empezado a mostrar fisuras por las que es muy posible que finalmente se filtren los cambios que desesperadamente necesita Venezuela.

Cualquiera que haya seguido las películas que reprodujeron los desopilantes espectáculos de la Guerra Fría sabe que cuando a los regímenes comunistas la gente se les empieza a escapar, el countdown de su aventura de muerte y servidumbre se ha echado a andar.

Y ese cronómetro, por más fuerza que tengan las corrientes de la libertad (o, en el caso venezolano, la poderosísima figura de Machado) no puede funcionar si no hay piezas del propio regimen que mantengan el tic tac corriendo.

Este es el dato crucial de los eventos que estamos presenciando. Naturalmente esas “conversiones” no ocurren de la nada. Hay todo un proceso creciente que va formando un caldo de cultivo dentro del cual se ahogan las posibilidades de que la dictadura se prolongue.

En ese proceso intervienen fuerzas internas y externas. No hay dudas de que la posición asumida por el presidente Trump ha sido determinante: inundar el sur del Caribe con un tercio de la flota norteamericana (incluido su principal portaviones -el Gerald Ford-) no es un detalle menor.

El incansable discurso de libertad de la propia María Corina unido a las flagrantes evidencias de que la miseria se ha colado en la vida de un pueblo que supo ser abundante, también se suman a que la velocidad del cronómetro se acelere.

Venezuela era en los años ’90 un país prospero en los términos de América Latina. Había pobreza en algunos sectores de la sociedad pero no miseria y muchos de los límites al ascenso personal, más que de un sistema, provenían de la idiosincrasia de algunos sectores que preferían una existencia modesta pero rodeada de alegría, baile y fiesta antes que de la rigurosidades de una vida de responsabilidades mayores.

Fruto de un pacto democrático de los años ’50 (el Pacto de Punto Fijo) el país gozaba de una alternancia democrática que le daba previsibilidad y paz y su extraordinaria reserva petrolera le aseguraba un bienestar que sobresalía en la región.

La estupidez argentina de los años ‘40 le había permitido descontar una brecha de desarrollo que parecía inabordable de no haber sido por el primitivismo peronista y, en esas condiciones, se dirigía a encarar el nuevo siglo con esperanza y proyección.

Naturalmente -por otro lado- la irresistible tendencia latinoamericana a la corrupción había dado lugar a que una fracción del ejercito se abroquelara detrás de una figura aun oscura y secundaria pero que había comenzado con un discurso que encarnaba el hartazgo de ciertos sectores con el robo público.

El entonces Coronel Chávez empezó a tener más aire en los medios y desde allí cautivó con su verba igualitaria que se oponía a la injusticia y la corrupción.

No pasó mucho tiempo para que el sesgo de sus palabras les hiciera sospechar a muchos que detrás de aquellos reclamos nobles se escondía la amenaza del comunismo castrista.

Chávez lo negó categóricamente. Dijo que él no era comunista y que bajo un eventual liderazgo suyo la propiedad privada y los derechos individuales no corrían riesgo alguno.

Lo demás es historia conocida: como un clon de Castro -que había hecho las mismas afirmaciones antes y durante la caída de Batista en Cuba- al poco tiempo de ganar las elecciones, Chavez comenzó el proceso de comunización de Venezuela bajo el pomposo rótulo de “Socialismo del Siglo XXI”.

Estableció una abierta alianza con La Habana -a punto tal que las directrices del gobierno de Caracas las decidían los Casto- y con los regímenes que se oponían a la concepción occidental de la vida liderada por EEUU. En ese club no tardaron en entrar Iran, China y Rusia.

Chávez entregó el país para que este se convierta en una cabecera de playa del comunismo en el Cono Sur, tratando de replicar la exportación de la revolución cubana de los ‘60 en un nuevo formato de los 2000.

Si bien la variante de la clandestinidad armada nunca se descartó por completo, el nuevo nombre de los arietes comunistas serían el narcotráfico (como agente financiero) y el verso de la “social democracia” (como agente electoral).

La radicalización chavista fue creciendo al paso de la invasion de agentes de inteligencia cubanos, iraníes y rusos que diseñaron varias tácticas convergentes para tratar de conquistar el resto de América Latina.

Así nació el Foro de São Paulo que se convertiría en la usina de propagación propagandística del castrochavismo en la región. De la mano de la demagogia política, del gramscismo mediático y de la invalorable colaboración de un notorio conjunto de idiotas útiles y resentidos sociales, otros países se fueron plegando a la ola: la Argentina con los Kirchner, Brasil con Lula, Ecuador con Correa, Nicaragua con Ortega, Bolivia con Evo, Colombia con Petro.

Todos sin excepción generaron formidables bolsones de corrupción cleptómana. Correa está hoy prófugo de la Justicia, Cristina Kirchner presa por delincuente, Lula estuvo preso y no sería extraño que vuelva a estarlo más pronto que tarde, Evo debió correrse de la política porque hasta los mansos bolivianos ya no soportaban su hipocresía… Los únicos que quedan en pie son Petro en Colombia a quien sostienen el narco y sus antiguos camaradas de las FARC y Ortega que a esta altura es más un caso perdido que otra cosa. Todos los demás son víctimas de los que debería haber ocurrido en primer lugar: un obvio señalamiento como embusteros, corruptos y mentirosos.

Tras la muerte de Chávez, el impresentable Maduro robó dos elecciones consecutivas. La última con un grado de obscenidad directamente pornográfico.

La vida cotidiana comenzó a transitar por el ineludible camino cubano: desabastecimiento, miseria, colas eternas para comprar un huevo, caída a pedazos literal de toda la infraestructura histórica del país, desde los simples edificios de las ciudades hasta las plantas de su matriz productiva… En fin, no otra cosa que lo esperable cuando la soberbia ignorante pretende reemplazar la libertad individual y el sentido común.

En ese contexto aparecieron varias figuras que desafiaron primero a Chavez y luego a Maduro (Leopoldo López, Capriles, Guaidó) pero nadie con el aura magnética de María Corina Machado a pesar de que algunos, como López y Capriles, fueron encarcelados y seguramente torturados.

Fue ella, no la primera pero sí la que más abiertamente lo hizo, la que se dirigió a las Fuerzas Armadas para que dejen de sostener a un tirano y se pongan del lado de un pueblo hambriento y sojuzgado que había sido testigo de cómo más del 30% de su población se había ido (en muchos casos caminando y con lo puesto) para no seguir sufriendo la escasez y el hostigamiento del dictador.

Ese mensaje llegó. Y por más que sea difícil darse vuelta contra una maquinaria sanguinaria y asesina si ese proceso no hubiera empezado, María Corina no habría podido salir con vida de Venezuela.

Lo importante de verla en Oslo es eso: que ella haya podido llegar allí significa que la fractura interna del regimen asesino no tiene vuelta atrás.

Machado dice que volverá a Venezuela. Esa será otra prueba para confirmar el desbarranco. Con el Ford a 200 millas de Caracas lo demás llegará por añadidura.

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