LAS PESTES

OPINIÓN

Nadie quiere acordarse de la pandemia y el encierro, pero el trauma colectivo aceleró un quiebre que ya venía. Lo mismo le pasó a Roma en el siglo II

Por Osvaldo Bazán

Como si el planeta se hubiera puesto de acuerdo, nadie, en ningún lugar, quiere recordar los tiempos de la peste. Acá, gracias al peronismo, sus cohortes académicas, sus vasallos disciplinados, sus alcahuetes pagos y sus focas aplaudidoras, fue bastante peor que en casi cualquier país, tanto en restricciones como en muertes.

El ejemplo más claro de todo lo dicho es el ya famoso diálogo de la siempre equivocada Julia Mengolini en una radio uruguaya:

Mengolini: —Yo lo fui entendiendo con el tiempo esto, hay mucha gente que se enojó, ¿viste?, con la pandemia en general, sobre todo con las autoridades; las autoridades, no solamente Alberto Fernández; el Estado, la ley; lo que en ese momento eran las restricciones de movilidad, el ASPO. ¿Acá cómo se llamó en Uruguay la…?

Periodista: —Acá, eh…

Mengolini: —¿Tuvo un nombre así como una sigla, no?

Periodista: —Acá lo que hubo fue el concepto de la libertad responsable.

Mengolini (feliz): —¡Más lindo, te das cuenta? ¡Más lindo!

Periodista: —La onda, ¿cuál fue? Pasa que el gobierno de Lacalle Pou vs. gobierno de Alberto Fernández, la onda era «¿miren que acá no vamos a ser Argentina, eh? El Estado no te va a imponer…».

Mengolini: —Bueno, me estoy arrepintiendo de lo que te acabo de decir.

Periodista: —Bueno, ahí tenés.

Argentina fue el ejemplo de todo lo que se hizo mal, con negociados aún no develados; con la poco seria vacuna Sputnik; con Cecilia Nicolini y su célebre «Dear Anatoly»; con la payasa Filomena; con la fiesta de mi querida Fabiola; con la desaparecida Carla Vizzotti y su tour cubano para traer la inenarrable Soberana 2; con los muertos de la represión y las medidas de «seguridad»; con las piedras de Plaza de Mayo y su destrucción; con los familiares muriéndose solos, sintiéndose abandonados.

Sin embargo, si bien en desastre fuimos vanguardia y faro mundial, todo el planeta —mejor o peor— la pasó horrible.

Por eso no queremos acordarnos.

Una goma de borrar gigante quitó de la humanidad un año entero (en nuestro caso, dos).

Sin embargo, la peste sigue ahí.

El desmoronamiento mundial después del encierro se aceleró vertiginosamente. ¿Casualidad? No lo creo.

Todo lo que se veía venir en la degradación de la cultura occidental se aceleró de manera dramática después de la peste.

Kiev y las grandes ciudades ucranianas bombardeadas; la Unión Europea rearmándose después de décadas de dejadez militar; la masacre del 7 de octubre del 2023 y la respuesta de enormes olas de antisemitismo como no se veían desde la Segunda Guerra Mundial; las amenazas de los superaranceles; las matanzas de Etiopía, el Congo y Sudán; grandes ciudades europeas reduciendo sus festejos navideños por seguridad y para no ofender a los radicales islamistas; Londres y sus mujeres desfilando en vestidos Azurín; la caída del prestigio de instituciones antes intocables como la ONU, la OMS, la Cruz Roja; la credibilidad del periodismo mainstream de Occidente hecho trizas con la BBC, el New York Times, The Guardian y El País a la cabeza; las instituciones por el piso —el Congreso argentino es sólo un ejemplo— y hasta la AFA recibiendo insultos como nunca.

Y para coronarlo, las fotos de Wanda sin maquillaje.

Es temerario echarle la culpa a la peste, pero a mí nadie me saca de la cabeza que hay una relación.

Y es importante.

La historia me lo confirma.

Voy a los hechos.

Del 165 al 180 d.C. el Imperio Romano sufrió la Peste Antonina, o la Plaga de Galeno.

Ya nada volvió a ser igual.

Los historiadores no se ponen de acuerdo sobre qué evento marcó el final del Imperio, pero para la mayoría es claro que fue en el 476 d.C., cuando el caudillo germánico Odoacro volteó al último emperador Rómulo Augústulo.

Y si bien pasaron 296 años entre la peste y el final del Imperio, no es raro ver una relación ahí.

Porque lo que efectivamente se desmoronó fue la «edad de plata» del Imperio, la Pax Romana, los 200 mejores años de Roma.

No, que el newsletter no se convertirá en una clase de historia que estoy lejísimo de poder dar; simplemente, la curiosidad me llevó por estos parajes y, ya que estamos, lo comparto.

Todos tenemos —yo tengo, así que todos tenemos— la sensación de que estamos en el final de algo, o al menos en una bisagra.

Que se terminó, algo se terminó y que lo que viene tendrá poco que ver con lo que pasó.

Que algo se rompió, se está rompiendo en el orden mundial. Hasta que no me demuestren lo contrario —y no veo que haya nadie con ganas de emprender una empresa tan ridícula— la peste aceleró este quiebre.

Vivimos todos juntos el trauma del encierro y el miedo, ¿cómo eso no va a producir algo general?

En nuestro caso, la teoría más benévola es la de un chino tomando una sopa de murciélago —aunque ya sean pocos los que lo sostengan—; en el caso de la Peste Antonina, fue el castigo a Lucio Vero, que mientras saqueaba Seleucia profanó una tumba sagrada.

El resultado no podía ser peor.

Cuando Lucio y las tropas romanas volvían victoriosas del Medio Oriente llevaban no sólo la gloria, también llevaban la peste a una Roma cuyos habitantes no tenían inmunidad previa a estos patógenos.

La globalización de la época permitió el desparramo geográfico de la enfermedad.

No había aviones ni barcos contenedores, había soldados que tardaban meses y a su paso desparramaban hijos, idioma y virus.

Eran los tiempos del emperador Marco Aurelio Antonino —el último de los «cinco buenos emperadores»— y Lucio Vero Antonino era su hermano coemperador. Ambos eran hijos adoptivos de Antonino Pío y ahí fue que le quedó su nombre a la peste.

A diferencia de nuestro encierro, los romanos salieron en masa de las ciudades. A cualquier lado, sin darse cuenta de que ya llevaban dentro la enfermedad.

¿Qué enfermedad era?

Así como nosotros tuvimos que confiar en la OMS, los romanos quedaron en manos de Galeno.

No, no la prepaga.

Claudio Galeno, después de Hipócrates, el médico más importante de la antigüedad, quien con más de 500 tratados escritos se convirtió en la principal autoridad médica en Europa occidental, el Imperio Bizantino y el mundo islámico durante más de 1300 años. De hecho, sus errores —debidos a la precariedad de los medios a su alcance— sólo fueron corregidos muchos siglos después. Por ejemplo, Galeno creía que la sangre se creaba en el hígado y luego viajaba por las venas para ser consumida por los órganos, y que pasaba del lado derecho del corazón al izquierdo a través de poros invisibles en el septo. Esta teoría recién se refutó en el siglo XVII; mirá si no fue importante.

Bueno, esta OMS unipersonal, Claudio Galeno, se había mudado a Roma en el 162 y en poco tiempo, por su fama de gran profesional, Marco Aurelio y Lucio Vero lo tomaron como su médico personal.

Claro, dos años después de que lo nombraran se arma el tole tole. Vino la peste —no casualmente Lucio Vero fue uno de los primeros muertos— y ¿qué hizo el bueno de Galeno?

Rajó.

Dijo «pelito pa’la vieja» (googleen, mocosos) y se fue a su natal Pérgamo. Nada original: todos los que podían, huían. El mayor problema era que no había adónde.

Marco Aurelio, un tanto sobrepasado no sólo por la peste, sino por el cuidado de su hijo Cómodo —ojo, era el hijo de Marco Aurelio, no confundir con el hijo de Néstor y Cristina— lo mandó a llamar y a Galeno no le quedó otra más que volver, no se sabe si con la frente marchita o qué.

Lo que sí se sabe es que cuando le preguntaron por qué se había ido contestó: «Fue por un mensaje que recibí en un sueño, fue una advertencia divina».

Esto demuestra el julepe intergaláctico que envolvió la época. Si hasta Galeno, un profesional tan importante que hoy para la RAE es sinónimo de «médico», la mayor eminencia de la medicina en la época, salió corriendo, ¿qué quedaba para los simples vecinos?

Lo cierto es que, mensaje divino o no, Galeno tuvo que volver a Roma por orden de Marco Aurelio.

Ahí se puso a estudiar y escribió el tratado Methodus Medendi , donde dice que la plaga es grande, de larga duración, y habla de fiebre, diarrea, inflamación de la faringe, erupción de la piel seca y purulenta que aparecía al noveno día de la enfermedad. Si bien no hay consenso entre los especialistas, la mayoría diagnostica esos síntomas como de viruela, algo totalmente desconocido en el Mediterráneo.

Marco Aurelio tiene buena reputación como emperador; de hecho, fue el último del período de la Pax Romana, erudito, filósofo estoico, encarnación del buen gobierno que tuvo que enfrentarse con este enemigo desconocido.

En esta comparación, nuestro Alberto Fernández sale perdiendo, hay que reconocerlo.

Lo que Marco Aurelio tenía de sabio, Alberto sólo lo tenía de putañero golpeador, por lo tanto no ahondaré en este parangón porque mientras Fernández hacía fiestas con la nuestra en Olivos, Marco Aurelio terminó vendiendo hasta los vestidos de seda de su querida Faustina para salvar al Imperio de la bancarrota. Es recordada la subasta dada en palacio de sus bienes personales, que se sigue mostrando como comportamiento ejemplar de un dirigente con sus dirigidos.

Son estilos, digamos.

Además, nada de vacunado vip: tanto Marco Aurelio como su hermano Lucio murieron por la peste, que atacó a todos los estratos de la sociedad de la misma manera, lo cual produjo otro problema: había menos dirigidos, pero también la clase dirigente fue diezmada. Sin líderes, sin generales, sin administradores es difícil la supervivencia de una sociedad.

Parece que algo de casta hace falta.

A la desesperación sanitaria le siguió la angustia económica.

La venta que Marco Aurelio hizo de sus vasos de oro muestra la misma desesperación que la exhibida por los bancos nacionales de 2020 imprimiendo dinero de la nada, tratando de tapar el agujero de la gran pausa global.

Sí, las similitudes no son sólo coincidencias.

En este caso no eran los barcos llenos de contenedores con juguetes y perfumes varados en medio del océano; los negocios sin poder abrir; los cuentapropistas comiéndose ahorros que no tenían: era que la cifra de muertos diezmó el imperio y sin gente, ¿quién paga impuestos? Y sin impuestos, ¿cómo se mantiene un Estado?

Y en aquello que forjó su victoria, Roma encontró su hundimiento.

Tres medios usó el Imperio para dominar Europa continental, el cercano oriente y el Mediterráneo: la fuerza militar, las rutas comerciales y la urbanización.

Y en esa gloria estuvo su caída.

Fueron esos tres medios los que facilitaron la difusión de la plaga.

Las legiones romanas llegaron desde el Atlántico al Caspio, desde el Sahara hasta Escocia. Pero así como eran de conquistadoras y aguerridas, poco podían hacer ante un enemigo invisible, la viruela. Llevaron al centro del mundo cada peste que anidase en el rincón más alejado.

Claro que los soldados abrían las rutas para que después pasaran las mercancías, pero esas mercancías se convirtieron en buenos medios de transporte para las enfermedades.

Finalmente, las ciudades densamente pobladas permitieron que en poco tiempo las enfermedades se arraigaran y salieran a hacer de las suyas.

Con entre el 10% y el 15% de la población muerta por la peste, no quedaba gente en los campos para trabajar y la actividad económica no se recuperó rápidamente.

Nadie sembraba, nadie colectaba, nadie producía, nadie compraba, nadie vendía. Eso disminuyó la base impositiva del Imperio y se debilitaron sus finanzas, justo cuando más lo necesitaba.

Así comenzó una recesión económica que el Imperio no conocía y subió la inflación.

Las legiones quedaron vacías y el Danubio ya no era un río para que navegaran las mercancías; se llenó de cadáveres de soldados porque ya no había ni quién los enterrara. Así, el río se abrió de par en par y las tribus germánicas que venían presionando hacía tiempo invadieron Italia. Fue el comienzo de las Guerras Marcomanas.

Como fichas de dominó fueron cayendo uno a uno (¡uf!, siempre quise usar la imagen de «las fichas de dominó» y nunca había encontrado la oportunidad; gracias, peste), decía, fueron cayendo los logros del Imperio Romano.

No quedaban soldados y Marco Aurelio tuvo que recurrir a lo que había: legionarios adicionales de escasa reputación y nulo profesionalismo, los presos, los gladiadores, los esclavos.

Fue la primera vez que los bárbaros pisaron territorio romano en más de 200 años.

Por poco, Roma les ganó en el 171 d.C., pero su prestigio y reputación ya nunca volvió a ser la misma.

Otro de los cambios de la sociedad de la época provocado por la peste fue que los paganos salieron corriendo apenas pudieron, pero muchos de los primeros cristianos —mal vistos hasta ese momento— se quedaron cuidando a los enfermos, incluso poniendo en riesgo sus vidas; según algunos, eso aumentó no sólo la visibilidad del cristianismo sino que también los hizo atractivos.

Otro de los puntos en común entre ambas pestes fue la pérdida de la racionalidad. Y así como nosotros llegamos a creer que un paquete de papel higiénico era un lingote de oro y que correr en un parque vacío a cielo abierto era ser un asesino, Marco Aurelio recurrió a todas las deidades y religiones para encontrar una cura o una explicación. Hubo sacrificios masivos a los dioses, reuniendo sacerdotes de todas las sectas, realizando ritos paganos y purificaciones que no se habían visto en la culta Roma en décadas.

Como escribió Marco Aurelio: «Mirá hacia el pasado, con sus imperios cambiantes que se alzaron y cayeron, y serás capaz de prever el futuro».

Allá lejos quedó la Pax Romana de un imperio que se soñó eterno y que fue vencido por un virus microscópico.

No sé si sirve para aprender alguna cosa, por más que mire.

Sólo sé que la peste pasó por nosotros y no me queda claro si nosotros ya pasamos de ella.

Revista Seúl


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