LAS FIGURITAS DE YESO

OPINIÓN

Y el abuelo que me enseñó a armar pesebres


Por Walter R. Quinteros

Muy cerquita del arbolito de Navidad, y sobre un retazo de lona gruesa, habíamos armado el pesebre, porque los niños de antes nos creíamos todo lo que los mayores nos decían. "Sin pesebre no hay regalos". Y entonces hacíamos con barro una especie de piso sobre la lona, ideal para la ocasión, y sobre el barro apuntalábamos pedazos de tablitas, ramitas cortadas y nos mandábamos un flor de ranchito al que cubríamos con piedras, pastito y hojas secas. Quedaba lindo. El abuelo José daba las indicaciones del caso, sentado desde su silla mecedora.

De una caja de cartón, él sacaba una a una las figuritas de yeso que parecían desperezarse al quitarles el envoltorio de papel de diarios. Parecían saber que vivirían por un tiempo, bajo las luces que se prendían y apagaban de un cable enroscado entre las ramas del pino de alambre y plástico. Una especie de mantita y sábanitas blancas aguardaban rígidas y vacías, por el niñito Dios, las ubicó bien al medio. A un lado la Virgen María, al otro lado José, el carpintero, el burrito y algunos otros animalitos completaban el cuadro de la Nochebuena. 

A la hora de declararle la guerra a las doce de la noche, salíamos al patio, o a la calle, con los expertos en petardos, cañitas voladoras y rompeportones de mis tíos y primos. El cielo se iluminaba y aturdíamos a todos con nuestra pirotecnia. Los grandes brindaban, nos besaban en el regocijo del alboroto. El abuelo depositaba al niñito Dios sobre las sábanas blancas de yeso, y agregaba a los reyes magos como curiosos espectadores. Luego levantaba una copa con sidra, y nos deseaba a todos una feliz Navidad.

Allí estaba ahora el niñito Dios, ocupando el centro de la escena. Decían algunos tíos memoriosos que el abuelo supo traer las piezas de yeso sueltas desde España, o desde Italia, de algún lugar de Europa, o desde el Norte de África, no sabían bien, porque las guerras y el hambre lo venían corriendo. 

El día que se separó de mi abuela y se fue con otra mujer, decían, se llevó la caja de cartón menos el cable torsionado que le compró a un contrabandista en Buenos Aires, y que tenía muchas lucecitas de colores que se prendían y apagaban, se volvían a prender, y se volvían a apagar. 

Como los recuerdos.




(Imagen; Shutterstock)





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