FABRICANTES DE GUSANOS

OPINIÓN

El proceso por el cual un gusano termina pudriendo una fruta puede entenderse como una cadena biológica simple pero muy eficaz, donde el gusano no “pudre” la fruta por sí mismo, sino que activa y acelera mecanismos que ya están latentes en ella

Por Carlos Mira

El gusano (en realidad, muchas veces es la larva de una mosca) penetra la fruta cuando aún está sana o apenas madura. Al hacerlo, rompe la piel, que es la principal barrera protectora y lesiona tejidos internos y células vegetales. Ese daño mecánico es clave: abre la puerta a procesos que, de otro modo, serían mucho más lentos.

Al morder y desplazarse, el gusano provoca la salida de jugos ricos en azúcares y genera zonas húmedas y sin oxígeno (microambientes anaeróbicos). Esto crea el sustrato ideal para bacterias y hongos que estaban en la superficie o en el ambiente.

El gusano actúa como vector biológico: transporta bacterias y esporas de hongos en su cuerpo o en su aparato digestivo y, al moverse dentro de la fruta, las distribuye por la pulpa. Estos microorganismos comienzan a fermentar los azúcares y a descomponer pectinas y paredes celulares. Ahí empieza la pudrición visible.

El gusano no digiere directamente la fruta intacta con eficiencia. En cambio, se beneficia de la acción microbiana. Los microorganismos “pre-digieren” la pulpa, volviéndola más blanda y nutritiva. A su vez el invasor consume tejidos ya degradados y microorganismos, que son más fáciles de asimilar. Es una relación indirecta de cooperación: el gusano favorece la pudrición y la pudrición alimenta al gusano.

Con el avance del proceso se pierde la estructura de la fruta, aparecen olores, cambios de color y textura pastosa. Finalmente la fruta se vuelve inviable como organismo y como alimento para otros animales.

En síntesis el gusano no pudre la fruta solo, sino que la daña, introduce y dispersa microorganismos, crea las condiciones físicas y químicas para que la fruta se autodestruya y luego se alimenta de ese proceso. La fruta termina siendo el recurso, el escenario y la víctima de un sistema biológico muy eficiente.

Este es el proceso en el que el comunismo trasvistió su etapa de revolución violenta y por las armas -de inspiración leninista/trostkista- a una de “pudrición” lenta de la sociedad democrática occidental por la vía de infíltrale gusanos que, utilizando las propias “facilidades” del sistema libre lo termine destruyendo o, lo que es lo mismo, haciendo que se autodestruya.

El genio detrás de ese cambio macabro fue un intelectual italiano, Antonio Gramsci, que, al diseñar esta táctica de infiltración, se convirtió en el primer fabricante de gusanos o en el creador intelectual de la fábrica de gusanos en que se convirtió la izquierda internacional luego de la SGM, especialmente en Europa.

En otros lugares geográficamente más alejados del mundo central -como por ejemplo, América Latina- la vieja aspiración violenta del odio de clases canalizado por la lucha armada asesina continuó de la mano de iluminados disfrazados de “combatientes” románticos, epitomes de cuyo máximo ejemplo son Fidel Casto y Ernesto Guevara.

Si bien hay algunos delirantes en Latinoamérica que aun reivindican esa táctica -ahora en asociación directa con bandas de delincuentes narcos o comunes- la region también viró a la variante gramsciana que aspira a la toma del poder mediante un lento trabajo de pudrición de las instituciones de la democracia liberal.

Ese viraje regional estuvo muy afectado por la influencia intelectual de una pareja de mamusones, habitantes de la bucólica Oxford en Gran Bretaña, que describieron los pasos más convenientes para que el socialismo del siglo XXI terminara triunfando sobre Occidente. Nos referimos al argentino Ernesto Laclau y a su esposa, la inefable francesa, Chantal Mouffe.

Este par de mal nacidos (porque para diseñar un plan abierto y descarado para destruir la libertad usando sus propias bondades -y ademas decirlo con todas las letras- hay que ser un mal nacido) condenó como un error táctico la pretension marxista de atacar la libertad de expresión y en su lugar propuso, al contrario, profundizar el uso radicalizado de esas libertades para generar multiples focos de conflicto dentro de la sociedad abierta y democrática. Es decir decenas de gusanos.

El segundo paso de la táctica consistía en que la izquierda, bajo el rotulo del “socialismo del siglo XXI”, se apropiara la “titularidad” de todos esos reclamos en un proceso por el cual se constituyera a sí misma como la amalgama que los aglutinara en una -en palabras de Cristina Fernández de Kirchner- “articulación” que le diera el formato de un reclamo masivo, multitudinario y radical.

De ese modo el socialismo del siglo XXI podría formar una mayoría “híper democrática” dirigida a terminar con el concepto de la democracia clásica de la división del poder, para reclamar -por el contrario- la suma del poder en una especie de “democracia radicalizada”.

Este es el esquema que en la Argentina se conoció como el objetivo de “democratizar” todo: la justicia, los medios y, finalmente, los medios de producción. Porque si algo no resignó la izquierda, más allá del cambio de tácticas para lograrlo, fue su norte ordenador: la supresión del esquema de derechos individuales y del derecho de propiedad.

Es en ese marco que “mágicamente” comenzaron a proliferar en las sociedades occidentales libres, decenas de conflictos sectoriales, étnicos, religiosos, de genero, sexuales, grupales, de auto percepción y así sucesivamente ad infinitum, azuzando reclamos de toda índole sin importar siquiera su cordura o su sentido común.

El denominador común de todos esos conflictos es que el socialismo del siglo XXI se identificaría con todos como si fueran reclamos propios (Palestina, homosexuales, feminismo, gremiales, anti-Israel, y un largo etcétera). No importa siquiera si muchos de esos reclamos son contradictorios entre sí (por ejemplo, estar a favor del islamismo propalestino y, al mismo, tiempo participar del orgullo gay cuando, si fuera por el islamismo, todos los gays serían decapitados ipso facto): lo importante es pudrirla… Como el gusano.

En la tarea de apropiación de los conflictos (incentivados por Laclau y Mouffe) es fundamental una narrativa que los articule.

Si uno se fija en la abundante verborragia cotidianamente vacía de Cristina Fernández de Kirchner las palabras “articular” o “articulación” se convirtieron, a partir de cierto momento, en una parte muy importante de su discurso.

Esta trama (que no es espontánea, ni inocente, ni nacida del fluir natural de los hechos sino que fue “plantada” en las sociedades occidentales como parte de la estrategia gusanesca del socialismo del siglo XXI) tiende a plantear una batalla cultural cuyo último propósito es desafiar el sentido común medio de las sociedades libres, tal como lo proponía el fabricante de gusanos original, Antonio Gramsci: “no maten a nadie; penetren a todos”.

Por supuesto que para las sociedades libres esta batalla presenta un desafío de enormes dimensiones porque para enfrentarla con éxito debería admitir límites al ejercicio de los derechos que considera inalienables y autoevidentes, entre ellos la tolerancia y la libertad de expresión. En palabras simples: no debería haber tolerancia para el intolerante y no debería haber libertad para destruir la libertad.

Fácil decirlo, pero muy difícil de implementar. ¿Quién decide quién cruzó la raya de la tolerancia?, ¿Quién distingue al que usa la libertad para matarla?

Por supuesto que hay hechos groseros en ese sentido. Sí. Pero también hay una infinidad de micro acciones que estos grupos llevan adelante todos los santos días para esmerilar los cimientos de las costumbres que sostienen la libertad, la propiedad y los derechos individuales.

Por eso la dimensión de la barrera que hay que levantar para frenarlos debe ser impresionante. Y además incesante: no se puede parar ni detener, porque ellos no paran ni se detienen. Cuando la sociedad occidental cree haber encauzado un conflicto según sus normas de armonía y convivencia, estos delincuentes inventan otro: su leit motiv es el conflicto. No pueden vivir en paz. La paz en su enemiga. Tal como lo destacaron la impresentable Mouffe y su bilioso marido muerto.

La libertad carga además con una contra pesada: su éxito y preeminencia radica en el ímpetu y en la responsabilidad individual. Su diseño social está basado en la idea de que no hay techo para nadie pero tampoco muchas redes de seguridad: si se fracasa, los sistemas libres tienden a pensar que la culpa es propia. En cambio el socialismo del siglo XXI te vende dos ideas tentadoras: una, que en el capitalismo, si fracasas, en general es porque otro tiene la culpa y, dos, que en el socialismo no hay fracasos porque allí el sistema es comunitario y, de última, si se fracasa, fracasan todos. Mal de muchos, consuelo de tontos.

Es la idea detrás del sincericidio de la dirigente juvenil kirchnerista Caren Tepp que confesó que ellos “no quieren ser potencia como quiere Milei” sino que quieren un “país humilde”. Luego, obviamente, despotrican contra las carencias de la “humildad”.

Parafraseando al Muñeco Gallardo, la guardia debe estar súper alta para estar atento a los múltiples embates de los gusanos colectivistas que, no por haber diseñado una estrategia inteligente, son menos despreciables.

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