OPINIÓN
El mundo moderno ha sido la expresión más atroz de la insensatez humana, sorda a las enseñanzas de la sabiduría

Por Rosa T. Guaycochea de Onofri
Las consecuencias de esta locura las expresó El Bosco con la figura de animales fantásticos, horrendos, con cola, con garras, dientes. Con hogueras y humos, con árboles quemados, tierras yermas, lagunas pestilentes, peces monstruosos. El Infierno.
El genio artístico tiene la virtud de ser siempre moderno. Su actualidad es constante. Es lo que sucede con la obra del Bosco. Pero no se lo entiende.
No hay dudas de que el jardín está de moda: se lo anhela, se lo cultiva, se lo construye día a día. Más: ya no se lo ve como un camino al abismo. Hasta se lo ha convertido en un ideal. Entre otros caracteres propios de la época actual, asistimos a una renovación del Estado protector y benefactor que se centra en la generación de entretenimiento y diversiones, de nefastos juegos, de evasión (en todas las acepciones de la palabra). Diligente en la provisión de gastronomía sofisticada y de calidad, pero también “de esas porquerías que comen los pobres” como dijo Quino.
El mundo moderno ha sido la expresión más atroz de la insensatez humana, sorda a las enseñanzas de la sabiduría.
Las consecuencias de esta locura las expresó El Bosco con la figura de animales fantásticos, horrendos, con cola, con garras, dientes. Con hogueras y humos, con árboles quemados, tierras yermas, lagunas pestilentes, peces monstruosos. El Infierno.
Casi como cualquier fiesta multitudinaria actual o película para niños animada por seres desagradables y perversos.
La diferencia entre aquel jardín y éste parece residir en la negativa a ver la correlación entre una cosa y la otra. Desde la infancia se vive rodeado de una población de animales y seres con superpoderes, lindos o feos, pero deshumanizados y matando todo lo que se le pone.
En verdad como todas estas creaciones salen de mentes adultas están despojadas de inocencias. Así ha sido desde los antiguos cuentos, pasando por el dibujo animado y la fórmula actual con actores robotizados.
Este universo, replicado hasta la obsesión, lleva a un conclusión quizá tajante o simplista pero real. Podría decirse que hoy el problema está en lo que nos gusta, y sigue vigente el adagio que dice que hay gustos que merecen palos. Y la consecuencia: lo que mata es la fiesta.
Como dijimos, es llamativo que la centralidad del tríptico recae en el Jardín de las Delicias. Es decir, lo que el hombre construye cuando se declara autónomo.
Justificadamente: del Paraíso Terrenal sabemos por los relatos bíblicos. El infierno es difícil imaginarlo y se prefiere no pensar en él. En cambio, las Delicias tienen un amplio despliegue de cultores.
A las temáticas europeas se han agregado las del mundo oriental y sobre todo el africano que toma revancha de la descalificación de siglos.
América indígena provee uno de los principales componentes de la fiesta orgiástica. Aunque en la actualidad las síntesis químicas ganan lugar. Aquí se ve el aporte de los científicos.
El Jardín original es arte puro. En el actual, el ruido, la palabra, la música y el movimiento tienen el rol principal. Al punto que lo que se ve puede ser feo, pero no importa. En verdad ya no hay pureza ni purismo de ninguna clase. Todo tiene ruido, música, letreros, e imágenes, de tal manera que es difícil distinguir, seleccionar.
Salvo cuando se incendia el techo o algo así y cae sobre nuestras cabezas.
Hoy sin duda los músicos y el baile tienen protagonismo, reiterados por el propio público de modo que como las primitivas ceremonias todos forman parte de ellas.
La rebelión de las masas, supo decir Ortega y Gasset, pero en rigor hoy es una apariencia. Hay quienes dirigen la diversión y manejan la ritualidad desde calladas oficinas y altos despachos. El juego, las apuestas, desplazan a las multitudes fervorosas de los recitales, en número y valor económico. Esta nueva y vieja renovada adicción tiene su música propia: la palabra triunfal al final de un silencio expectante, o el ruido de las máquinas, o un resultado deportivo, que provoca una gritería de felicidad.
El chingui, chingui, chingui, tun, tun, tun infaltable se administra desde las oficinas de los aburridos “sabios y prudentes”.
Mueven los dólares que van y vienen acompañando espectáculos foráneos o nacionales, de jóvenes estrellas o de “momias recalentadas”, como también decía Quino.
La temática de las apuestas, seguramente manejadas por personajes que no son sensibles al arte, ni la música, ni a nada es por lo tanto más grave. No tiene fronteras y hasta se lo impone desde el Estado, pese la oposición de la gente sana.
Se lo publicita y se lo impone desde la autoridad, con el pretexto de los altos tributos que son destinados a “obras de bien”. El capítulo de la celebración de lo que sea lo dejo fuera del análisis. Como decíamos hace años con un viejo amigo, “lo que estaba prohibido ahora es obligatorio” y “el problema está en lo que nos gusta”.
Por cierto, cuando la estulticia y la locura alcanzan este nivel es lógico preguntarse por nuestro tercer panel. En éste hay tanto aporte que lo dejo a la opinión del lector. En cualquier caso, mi visión la resumo en un ruego: por favor ¡menos ideología y más Pasteur!
La presencia reciente de la pandemia de Covid 19 debiera ser un aviso suficiente. Sin embargo, lo hemos olvidado prontamente, borrado por interesados en seguir llenando sus eventos con infinidad de productos que prometen salud y bienestar. De tal modo que, pasado el susto, vuelven a empezar y aumentar las afecciones ya tradicionales, empujadas por la satisfacción del placer con nuevas tentaciones y productos de diversión.
El Jardín huele mal.
LOS ANDES
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