OPINIÓN
Quizás el viernes pasado hubiera ameritado saltear nuestro “viernes de relax en The Post” y dedicar estas columnas a lo que fue el comienzo del Juicio del Siglo

Pero no quisimos cambiar el acostumbrado ritmo del diario.
Y quizás esa tendencia del país a menguar la pompa de la Justicia y a abaratar todo, convirtiendo la solemnidad que debería tener el juzgamiento del estrago más catastrófico de la historia argentina en una grosería, nos haya dado la razón: ¿para qué gastar pólvora en chimangos?
Pero en el comienzo de otra semana no podemos eludir la obscenidad que vimos el jueves.
¿Cómo es posible que el país honesto pareciera tenerle “miedo” a una banda de delincuentes? ¿Por qué la Justicia -que debería decir presente con todo su rigor para defender los derechos y las fortunas mancilladas de millones de argentinos- parece paralizada frente a la imposición de SUS reglas por parte de quiénes siguen desplegando su insoportable desparpajo?
Los argentinos deben saber con nombre y apellido quién fue la lumbrera que dispuso comenzar este juicio bajo una modalidad virtual, por una sesión de Zoom más acorde con el juzgamiento de un robo de gallinas que con la defraudación más extraordinaria que los bolsillos argentinos hayan visto jamás.
En las cámaras pudo verse al maleducado de De Vido -el gerente máximo de toda la organización criminal- comiendo con la boca abierta en una falta de respeto que probablemente se merezcan quienes no fueron capaces de organizar un juicio en donde quedara claro quiénes eran los reos y quiénes los profesionales que estaban allí para defender los derechos de los ciudadanos.
También se observó cómo la enemiga pública #1 de la Argentina -Cristina Fernández de Kirchner- se escondía detrás de su abogado hasta que uno de los jueces tuvo que rebajarse a pedirle que se mostrara en cámara.
¿Cómo puede ser que las reglas de un juicio aparezcan dominadas por los delincuentes? ¿Cómo puede ser que nadie se “les anime” a esta gente?
Puede ser porque la parte honrada de la sociedad sigue sin “creérsela”.
Una vez Guillermo Salatino, el legendario periodista especializado en tenis, cuando Gabriela Sabatini perdió la final de Wimbledon de 1991 8-6 en el tercer set, dijo: “Gaby hizo todo para ganar Wimbledon, excepto creérselo”.
Y es tal cual: quién tiene la razón, o quien es mejor, o cuenta con los mejores argumentos, llega un momento que tiene que “creérselo” porque si no “se lo cree”, el que es peor, el que no tiene razón o incluso el delincuente, puede pasar a dominar la situación.
Y esto es lo que le pasa al país honesto frente al kirchnerismo: está como a la defensiva, tratando de no hacer nada que vaya a “ofender a los señores”, cuidándose de no incurrir en conductas que pudieran incomodar a estos delincuentes.
¡Pero dónde estamos! ¡Qué es esto!
¿Desde cuando un juez le tiene que pedir por favor a la jefa de una banda de criminales que se muestre en cámara para constatar que está presente? ¡¿Pero qué mundo del revés es este!?
Esta señora, al mando de la banda de delincuentes comunes que formó su marido en el sur, esta rea que ya fue condenada por un robo 40 veces más chico que este, les birló el futuro de las manos a millones de jovenes argentinos que hoy basculan entre el exilio o la miseria. Esta delincuente no tiene ningún derecho a dominar las “subliminalidades” del juicio. Y la Justicia argentina le ha entregado ese privilegio estableciendo esta delirante modalidad.
Evitar que la sociedad asista a un juicio que impresione como debe impresionar el juzgamiento de un afano que supera las reservas líquidas del Banco Central es concederle una tremenda ventaja a quienes produjeron un desfalco de proporciones oceánicas.
Mantener este juicio con un perfil bajo, que retraiga de los ojos y los oídos del hombre común las consecuencias que tuvo para él y su familia las acciones de estos delincuentes, es suprimir -de entrada- uno de los principales efectos que estas audiencias deberían tener: la demostración de la relación directa que hay entre cómo se enriquecieron estos delincuentes y como mordió el polvo de la escasez la sociedad que tuvo que aguantarlos durante 20 años.
Resulta sencillamente increíble que no haya un solo inmueble donde el tribunal pueda constituirse presencialmente, con todos los involucrados presentes. Eso no es así. Es lisa y llanamente falso. Por lo tanto que el tribunal haya abdicado del juicio presencial es una decisión cargada de valoración, de una valoración que PREFIRIÓ HACER LO QUE LES CONVENÍA A LOS DELINCUENTES ANTES DE HACER, NO SOLO LO QUE LOS PONÍA EN UNA SITUACIÓN MÁS INCÓMODA, SINO LO QUE ERA SU DEBER.
Otra de las increíbles decisiones tomadas por el tribunal es el haber dispuesto que haya solo una audiencia por semana de aquí hasta marzo y que no haya ninguna actividad durante la feria de enero.
Esta es una causa en donde se juzgan más de 500 hechos de corrupción, en donde hay más de 80 imputados, cientos de testigos y de imputados “colaboradores” (arrepentidos). Una causa en el curso de la cual hubo amenazas, persecuciones y asesinatos.
A este ritmo el juicio durará años, privando -una vez más- a la sociedad de saber rápidamente lo que pasó, del daño que le causaron y de la plata que le robaron.
Cuando uno analiza estas sugestivas decisiones a la luz de lo que son las condiciones de ejecución de la pena del otro juicio que ya tuvo por condenada con sentencia firme a la jefa de la banda, no puede menos que llamarle la atención.
A Cristina Fernández de Kirchner parece que se la otorgado una tribuna política peraltada antes que una “concesión misericordiosa” con la condena domiciliaria por el juicio de Vialidad.
San José 1111 parece haberse convertido en una cueva de conspiradores que van allí sin control judicial alguno para operar políticamente.
La rea tiene pleno acceso a su teléfono y a las redes sociales desde donde emite consignas inflamatorias que son inconcebibles para un preso de ese tipo. Esta señora robó en ese solo acto 1000 millones de dólares, mientras que un ladrón de supermercados -con toda justificación y desde que Bullrich descabezó el Servicio Penitenciario Nacional (que presidía Darrigós de Rébori)- no tiene acceso a teléfonos celulares desde la cárcel: si yo fuera abogado defensor de cualquier delincuente común estaría llenando los juzgados de escritos reclamando por la vigencia de la igualdad ante la ley.
Estos sinsentidos solo pueden deberse a dos motivos: o la Justicia es connivente con los delincuentes o es excesivamente condescendiente con ellos creyendo, quizás, que con eso contribuye a algún tipo de “pacificación”.
Pues que los jueces tengan esto en claro: la paz solo se alcanzará cuando la sociedad entera conozca la verdad, toda la verdad…
Y algo más: este tipo de impresentables jamás valorará las “delicadezas” que la sociedad honrada tenga para con ellos. Al contrario, aprovechará todas y cada una de esas debilidades para sacar provecho de la situación y explotar esas concesiones a su favor. Hay que ser implacable con ellos, tal como ellos lo fueron para robarle sin misericordia la comida de la boca a millones de argentinos.
Si lo que ocurrió el jueves pasado no es prueba suficiente de la falta de respeto que estos marginales tiene por el tribunal y ellos mismos no deciden cambiar radicalmente las condiciones del juicio, entonces que intervenga la Cámara Federal de Casación Penal para poner las cosas en su lugar y que quienes se robaron todo sin miramientos y sin piedad empiecen a pagar su pena empezando por respetar los rigores de las formas de la Justicia que debe estar allí -antes que nada- en defensa de las víctimas y no para preocuparse cuán cómodos están un conjunto de ladrones que no se acordaron por las comodidades de nadie a la hora de llevársela toda.
The Post
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