LA RECONSTRUCCIÓN

OPINIÓN

En este país los discursos se vuelven violentos, las posiciones se endurecen, y la empatía se disuelve entre consignas. No es casual que las democracias se llenen de gritos. Es el sonido de las pasiones tristes buscando una explicación que nadie da


Por Marcelo Ortega

Días pasados participé de una reunión con un grupo de gente conocida para tratar de entender —o al menos intentar— qué está pasando con la Argentina después de unas elecciones que nadie imaginaba con ese resultado y obviamente nadie la vio venir: ni los triunfadores ni los derrotados.

Entre opiniones, silencios y ciertas perplejidades, fuimos cruzando ideas sobre el presente.

En un momento, me tocó exponer lo que entendía como algunos principios básicos, tratando de explicar, sin mucha sociología, el porqué de los comportamientos de la sociedad y su relación con la democracia: que lo material determina la conciencia, que vivimos una fragmentación total, no solo local sino global; que nada de lo que es, fue y nada será igual que hoy es; que nos diagnosticamos encima, como si la autopsia fuera el único método de pensamiento; que la política ya no interesa a nadie; que Miami siempre fue un aspiracional, incluso para quienes dicen representar la fuerza de la patria; y que, a pesar de todo, crece en varios de nosotros la esperanza (o la necesidad) de fundar algo, o al menos de servir para fundar.

Fue en ese marco, después de aquella conversación entre dudas y sorpresas, encontré en las redes una reflexión sobre el libro La época de las pasiones tristes (ed. Siglo XXI 2020) del sociólogo francés François Dubet. Comparto ahora algunas de esas ideas, casi como una pequeña ayuda para mis amigos —analogía a Lennon&McCartney—, o como una forma de seguir buscando algo que todavía no sabemos cómo nombrar.

Corazones solitarios

François Dubet recupera de Spinoza una idea tan lúcida como dolorosa: las pasiones tristes son aquellas que nos quitan la fuerza de actuar. La tristeza, la ira, el miedo, el resentimiento.

Vivimos en una época dominada por ellas y el francés lo plantea más como una advertencia que como un lamento.

Las sociedades modernas, dice, ya no se sostienen en grandes relatos de esperanza: el progreso, la justicia social, la revolución o el bienestar. Todo eso se derrumbó o perdió sentido. Lo que queda es una suerte de competencia permanente entre individuos solitarios, un sálvese quien pueda emocional y económico que nos va dejando cansados.

En eso se instala la desconfianza, la sospecha de que los otros siempre están un paso adelante o que el sistema está diseñado para excluirnos.

Y así crece una sociedad que ya no se piensa a sí misma.

Política del desencanto

El resentimiento ha reemplazado al compromiso, dice Dubet, y el miedo al futuro se impone sobre la imaginación.

En este país (y en algunos otros también) eso se siente todos los días: los discursos se vuelven violentos, las posiciones se endurecen, y la empatía se disuelve entre consignas.

No es casual que las democracias se llenen de gritos. Es el sonido de las pasiones tristes buscando una explicación que nadie da.

Pero el problema no es solo económico. Es existencial: no sabemos hacia dónde vamos, y la política, atrapada en su propio espejo, ya no ofrece horizonte.

Frente a eso, hay quienes eligen la ironía, otros la evasión, y unos pocos la reconstrucción paciente de los vínculos. Son esos los que todavía creen que se puede volver a confiar, aunque cueste.

El Club

Lo que se desprende de la lectura de este libro parece sencillo, pero resulta revolucionario: reconstruir la solidaridad.

Pensar fuera de la caja, sí, pero no en soledad.

La salida —si es que hay una— no está en los dogmas, ni en las fórmulas viejas, ni en los recitales con cuatro camperas ni en los bailes desde un balcón que prometen refundar la patria cada cuatro años. Está en atreverse a pensar distinto, pero con el otro al lado, sabiendo que el desacuerdo no es una amenaza; es un punto de partida.

La rebeldía consistiría en volver a imaginar lo común. Algo así como fundar un club.

Sargento Pimienta

Luego de Dubet, pensé en aquel discazo que cambió la historia del rock: Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band. Más que un LP, es una declaración de intenciones.

Los Beatles habían comprendido que para seguir siendo ellos mismos debían transformarse en otros: ¡inventaron una banda! Osadía pura de estos genios.

El desafío de estos tiempos sería reencarnar en una nueva versión, despojados de la queja o del desencanto.

Cada época, dice Dubet, tiene sus pasiones dominantes. La nuestra eligió la tristeza. Pero toda tristeza es una posibilidad.

El momento de cambiar de instrumento, de salir del ruido y buscar otra cosa; más humana, más desafiante, más compartida.

Porque incluso en medio del desconcierto, hay lugar para actos de imaginación colectiva.

Como ese invento Beat, necesitamos un nuevo escenario desde donde animarnos a improvisar. Puro Jazz tal vez.

Y volver a escuchar aquel tema simple y luminoso: With a Little Help from My Friends…

Como una ayuda pequeña, para volver a empezar.

LOS ANDES




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