EL FIN DEL PATRIARCADO

OPINIÓN

Todos los cambios sociales generan tensiones, mesetas y reacciones. La política aprovecha, pero llega tarde

Por Hernán Iglesias Illa

En enero de 2021, Alberto Fernández celebró la aprobación del aborto con una frase que pasó a la historia: “Estoy muy feliz de estar poniéndole fin al patriarcado”. No vengo acá a poner otra losa en su lápida política, sino a recordar que ese momento, ahora imborrable, coincidió con el pico máximo de la ola feminista en Argentina. Y que desde entonces la marea empezó a bajar. El fin del patriarcado se transformó en el fin del fin del patriarcado.

El cambio es visible a simple vista. En pocos años pasamos de la energía política de mujeres urbanas y universitarias —la marea verde— a la energía política de varones jóvenes, algunos urbanos, otros suburbanos, representados por memes e influencers. De la época de Ofelia Fernández a la época del Gordo Dan. De una época en la que se celebraba tener un Ministerio de las Mujeres a una época en la que se celebra, o al menos se tolera, su cierre.

Hay menos consenso, en cambio, sobre las razones de este giro. Para el progresismo, la reacción fue política, impulsada por ideologías extremistas que quieren volver a someter a mujeres y minorías. Para el mundo libertario, lo que ocurrió fue un hartazgo frente a posiciones radicalizadas que se habían convertido en un negocio o en una máscara para traficar ideología. La explicación por izquierda niega el componente social de la reacción; la explicación por derecha niega el componente social del feminismo. En ambos casos, creo que tanto la ola inicial como la contra-ola actual tuvieron mucho más movimiento de abajo hacia arriba de lo que se admite. La política (el kirchnerismo progre del Frente de Todos y el libertarianismo macho de La Libertad Avanza) apenas canalizaron lo que ya estaba pasando.

Si me obligan a arriesgar dos causas, diría: (1) los cambios sociales abruptos nunca son lineales y siempre generan tensiones, mesetas y reacciones; y (2) hubo lo que en el mundo anglosajón llaman “overreach”: algunas de las chicas fueron demasiado ambiciosas. Hubo un momento en el que parecía no haber varones inocentes. Los violadores no eran anomalías sino “hijos sanos” del patriarcado. El violador eres tú, les cantaban las militantes a los gorditos de anteojos que las miraban desde sus casas. Cualquier denuncia de una mujer contra un varón era creíble y dada por buena. Patrones románticos antes aceptados se convertían en diagnósticos de “irresponsabilidad afectiva”. Triunfaron actitudes y discursos nuevos como el lenguaje inclusivo, que des-masculinizaban el idioma.

La vuelta olímpica del movimiento feminista fue la legalización del aborto. El principio de la caída empezó cuando Alberto, feminista en público y (supimos después) patriarcal en privado, quiso atribuirse los clavos del ataúd del patriarcado. Desde ahí, una reacción anti-élite, similar a otras durante la pandemia, empezó a horadar el consenso feminista, que ya mostraba momentos de dogmatismo que rozaban la autoparodia. Si el Estado se presentaba como feminista, militante y unánime, era inevitable que parte de la disidencia se canalizara por ahí.

Esto no quiere decir que los avances logrados estén en peligro. El mileísmo ha ladrado mucho en su militancia anti-woke, pero ha mordido poco. El aborto está fuera de agenda, igual que el matrimonio igualitario o la autodeterminación de género. Como dirían Ronald Inglehart y Pippa Norris, especialistas en cultural backlash, los cambios rápidos generan reacciones culturales, pero los avances previos suelen mantenerse. El backlash no deshace avances: los vuelve más lentos.

En el largo plazo, el contexto de todo esto es el crecimiento de las mujeres en posiciones de liderazgo y en la sociedad en general. Hace décadas que las mujeres reciben más educación que los varones. Según Argentinos por la Educación, el 77% de las mujeres de 25 años terminó el secundario ; entre los varones, el 70%. La mayoría de los graduados universitarios son mujeres. Los varones trabajan más, pero la brecha se achica. En 1950 trabajaban el 86% de los hombres y el 28% de las mujeres; en 2022, 72% y 55%. En una economía estancada, convertida en un juego de suma cero, si las mujeres mejoran, los hombres empeoran relativamente.

Menos educados, menos empleados y desorientados ante el ascenso de sus mujeres y sus hermanas, algunos hombres, antes emperadores de la sociedad, hoy se sienten desafiados o confundidos. Si además les dicen que deben pagar por los pecados de sus antepasados, la situación se vuelve más tensa. Pero no creo que sea resentimiento hacia las mujeres ni deseo de volver atrás. Creo que la autonomía femenina (financiera, sexual, política) tensiona a los hombres no por competencia con ellas sino porque difumina la definición de lo que significa ser varón. Si valores clásicos masculinos como la fuerza, la disciplina o el conflicto caen en descrédito y son reemplazados por la empatía, la creatividad, el diálogo y la humildad –atributos en promedio más asociados con mujeres–, y encima todo ocurre rápido, ¿qué significa ser un chabón?

Hace unos meses la ensayista Helen Andrews puso de moda el concepto de “feminización de la cultura”. En Seúl transcribimos el otro día una de sus conferencias recientes . Su punto es que el crecimiento de las mujeres no sólo cambia instituciones sino que moldea a toda la sociedad. Instituciones dominadas por mujeres generan reglas más asociadas a actitudes femeninas. Sus puntos débiles, para mí, son dos: su causalidad entre “más mujeres” y “cambio de valores” es todavía una hipótesis, y exagera las diferencias innatas entre varones y mujeres. Parece otro caso de “overreach”: ante el dogmatismo intelectual woke de que no hay ninguna diferencia biológica entre varones y mujeres, Andrews se va de mambo yendo hacia el otro lado del péndulo: hombres y mujeres son completamente distintos. Pero su mirada es original y permite pensar algo que en Argentina sentimos pero no siempre nombramos.

Yo creo que la feminización de la sociedad existe y que ha sido positiva en muchas cuestiones. Un ejemplo concreto es el del bullying : cuando yo era chico un papá prefería tener un hijo patotero que un hijo víctima; hoy mi experiencia es que los papis y mamis se mueren de vergüenza si su hijo le pega o muerde o le tira del pelo a otro. Quizás no haya causalidad entre la feminización de la profesión docente y una mayor intolerancia al bullying, pero la correlación es casi perfecta. Apenas un ejemplo concreto de cómo cambió el clima moral.

No sé si estamos ante una restauración, una meseta o una renegociación silenciosa. Pero pasamos un punto de inflexión: ya no estamos en la ola ascendente ni en la descendente, sino en una turbulencia competitiva. Las tensiones son lógicas y la política las absorbe, pero no las origina. El fin del patriarcado, que tan cerca parecía en la borrachera de 2021, se encuentra ahora con esta resaca. Pero con la ventaja que me da la madurez (ayer cumplí 52 años), estoy seguro de que el clima volverá a cambiar y que en algún momento veremos el fin del fin del fin del patriarcado.

Revista Seúl




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