ZAMBA DE MI ESPERANZA


OPINIÓN

La esperanza no es un punto de llegada, es ese no-lugar por donde entra la pregunta, aunque incomode. Es ese umbral donde quedarnos sabiendo que el futuro no está escrito



Por Marcelo Ortega

“Zamba de mi esperanza, amanecida como un querer…” cantaba Cafrune en 1964. La compuso el mendocino Luis Profili (con el seudónimo de Luis Morales), sin imaginar que terminaría convertida en un himno pagano de medio país. Era una canción como forma de decir que la esperanza se podía cantar sin protocolo, que cabía en una guitarra más que en un discurso.

El arte de prometer lo imposible

En un artículo anterior comentaba cómo las promesas se habían transformado en mercancías de usar y tirar: se ofrecen, se consumen, se olvidan. Hoy encuentro un contrapunto en El espíritu de la esperanza de Byung-Chul Han (Herder, 2024), donde Han señala que la promesa es un modo de abrir lo inesperado; más allá de lo que circula en estos tiempos de algoritmos que juran juventud eterna, políticos que venden salvación en cuotas o influencers que distribuyen optimismo en pastillas. Marina Garcés lo había advertido: prometer es habitar el tiempo. El problema es que esas palabras ya no abren nada; se agotan antes de llegar a destino, como un yogur olvidado en la heladera.

El porvenir

“Prometer ya no se usa”, ironizaba Garcés, y quizá no se usa porque nos hemos convertido en consumidores de futuros premoldeados. Todo está predicho por algoritmos: desde la catástrofe climática hasta el romance por delivery. ¿Qué esperar de un tiempo donde hasta el desastre viene como un tráiler previo en los noticieros? La esperanza verdadera sería entonces la rendija en ese cronograma, la pequeña abertura que recuerda que el futuro es un enigma abierto.

Han insiste en que la esperanza no puede reducirse al optimismo de autoayuda ni al “sé feliz” de la psicología positiva. No es un mantra en medio del incendio. La esperanza, dice, incluye la sombra, la duda y el riesgo de fracasar.Es un gesto contra el miedo que gobierna nuestros días.

Borges eterno

“El futuro no es lo que va a pasar, sino lo que vamos a hacer” dice JLB, no hay futuro sin acción, sin un gesto que interrumpa la repetición. Es la misma intuición que conecta a Han con Garcés: el porvenir no se compra con un crédito, se inventa con capacidad de riesgo.
Miedo

El miedo se ha convertido en la moneda más dura de este tiempo. Se negocia en campañas, se consume en series distópicas, se respira en titulares de fin del mundo. Han señala que su etimología remite a lo angosto: cuanto más miedo sentimos, menos horizonte vemos. La esperanza sería lo contrario: ampliar la mirada, abrir la ventana aun cuando afuera haya tormenta.

Confianza colectiva

Han insiste en que la esperanza nunca es solitaria: necesita un “nosotros”. A base de miedo no se construye comunidad. La esperanza se funda en lo colectivo y en un común que se anima a decir “otra vida es posible”. Suena naif, sí, pero toda revolución empezó con un exceso de confianza, con una fe irracional que desbordó al cálculo. ¿Qué otra cosa queda sino arriesgarse a lo improbable?

La ironía

Vivimos, decía Garcés, en un tiempo donde la promesa se ha devaluado, y Han responde que lo que urge es reaprender a esperanzarnos. En ese diálogo entre la catalana y el coreano cabe añadir un matiz: la ironía y el humor como recurso. La ironía sin cinismo que señala la fragilidad de nuestras certezas y el humor que evita que nos ahoguemos entre la solemnidad del desastre y la caricatura del optimismo.

Un oficio cultural

Quizá el oficio de la cultura sea custodiar la esperanza. Sin tanto merchandising de emociones, sin remeras “creativas”. Si, como ejercicio cotidiano de apertura a lo inesperado. Han lo señala en tono de cierta amargura: sin esperanza, todo es repetir y consumir. Pero desafía que, con esperanza, el tiempo se vuelve barro (tal vez) maleable, y nosotros ahí para darle forma.

Una que sepamos todos

Durante mucho tiempo, milité la idea del ingenuo optimismo, convencido de que el porvenir se arreglaba con voluntad y un par de frases bien dichas. Ahora, después de reflexionar con Han y volver a pensar en la esperanza con Garcés de fondo, empezamos a entender algo nuevo, optar por la esperanza y, sobre todo, por seguir dudando… por seguir pensando.

La esperanza no es un punto de llegada, es ese no-lugar por donde entra la pregunta, aunque incomode. Es ese umbral donde quedarnos sabiendo que el futuro no está escrito. Por eso seguimos cantando en largas guitarreadas con amigos, entonando esas melodías que no prometen soluciones pero que nos conmueven siempre que las cantemos juntos.

Y esta zamba —de esa esperanza— la sabemos todos.

LOS ANDES




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