OPINIÓN
Se cumplen cien años del nacimiento de Celia Cruz, la cantante cubana que les enseñó a millones de exiliados que es mejor bailar que llorar

Por Osvaldo Bazán
Estaban todos los que se habían ido sin querer irse. Sin embargo, nadie lloraba, nadie se quejaba amargamente, nadie maldecía. Eran centenas de latinoamericanos que necesitaron escaparse de sus países natales y se encontraron en un país de lengua y costumbres extrañas. O eran sus hijos. O sus nietos.
Se juntaban para celebrar el año del centenario del nacimiento de la reina de los expatriados, de la pionera, de la alegría hecha persona sobre tacones imposibles bajo pelucas de colores fuertes como su vida.
Se juntaban, en ese agosto caluroso de Nueva York, en el Central Park para rendirle homenaje a Celia Cruz.
Por eso nadie lloraba, nadie se quejaba amargamente, nadie maldecía.
Porque Celia ganó.
Al convertir en grito de guerra la dulcísima «¡Azúca!» le demostró al mundo que es mejor reír que llorar, incluso cuando todo justifica el llanto.
Tuve la suerte de estar allá en medio de gente con camisas con muy buen gusto y colorido bailando al son de los artistas que subieron al escenario para homenajear a Celia Caridad Cruz Alfonso, quien desde su barrio humilde de Santos Suárez en La Habana llegó a ser la voz de la libertad en el mundo gracias al empujón que le dio Fidel Castro. Un empujón casi literal.
Esa tarde en Central Park, viendo la alegría de venezolanos, cubanos, nicaragüenses, me pregunté por qué Celia Cruz no significa en Argentina lo que significa en gran parte del continente. También supe allá que más temprano que tarde iba a terminar escribiendo esto que hoy escribo en homenaje a todos los que allá, con tantas razones para llorar, bailaban de alegría. Porque la vida, lo saben gracias a esa negra hermosa que algún día dijo «siempre fui fea y la gente me quiere así, ¿por qué me haría una cirugía plástica?», la vida, decía, es un carnaval.
El padre de Celia, Simón Cruz, humilde fogonero del ferrocarril cubano, no quería —obvio— que Celia se dedicase profesionalmente a la canción. Estaba convencido de la ecuación: «se hace cantante, se convierte en ‘mujer de la vida'». (Fuera de tema: una «mujer de la vida» es una prostituta; un «hombre de la vida» es un tipo experimentado; sí, el lenguaje tiene esas cosas).
Pero la madre de Celia, Catalina Alfonso Ramos, ama de casa con 13 hijos e hijastros, fue clara: «Tu papá no quiere que cantes, no le hagas caso».
Es que doña Catalina conocía bien a su hija.
Celia le cantaba a sus hermanitos menores nanas yorubas. Cuando mucho más tarde recordaba aquellos tiempos, decía: «Yo cantaba para que no lloraran y eso me hacía feliz». Quizás no lo sabía cuando tenía 13 años, ya hacía lo que haría toda la vida: cantar para que no lloremos.
Poca gente sabe que la primera alegría semiprofesional que le dio la música a Celia fue con el tango «Nostalgias» con el que a los 13 años ganó en el programa La hora del té en Radio García Serra. El premio fue una cadenita de plata que usó por muchos años como amuleto. No fue el único premio que consiguió. En La Corte Suprema del Arte de Radio Progreso, ganó varias tortas en concursos de canto.
Tenía 23 años cuando hizo su primera gira internacional. Es fácil decirlo ahora, pero en 1948, siendo mujer negra pobre, te la regalo. Formó parte del grupo Las Mulatas de Fuego, lideradas por Roderico Rodney Neyra.
Así conoció México y Venezuela.
Todavía ni imaginaba dónde llegaría.
En 1950, la orquesta más popular de Cuba, La Sonora Matancera, pierde a su cantante solista, la extraordinaria —y lamentablemente caída en el olvido— Myrta Silva (fuera de tema: busquen en las redes el tema «Nada» por Myrta y se convertirán en fanáticos instantáneos). El carisma y la energía de Myrta eran, para los fanáticos de La Sonora Matancera, irreemplazables. Eso no amilanó al empresario Rafael Sotolongo, quien la propuso y consiguió que fuese Celia la reemplazante. No fue fácil al comienzo; los fans la veían demasiado flaca para ocupar el lugar de Myrta.
Sin embargo, el estreno con la orquesta el 3 de agosto de 1950 en Radio Progreso fue un éxito rotundo. Tanto que le abrió las puertas a la grabación de «Cao, cao, maní picao» y lo que se convertiría en uno de sus más grandes éxitos, «Burundanga».
Fue justamente el suceso de «Burundanga» el que permitió la primera gira de La Sonora Matancera al sur del continente. Tres meses exhaustivos yendo por Perú, Chile y finalmente Argentina. Sin embargo, en esa ocasión Celia no fue de la partida, así que habría que esperar muuuucho tiempo antes de su primera visita. Celia siempre dijo amar a la Argentina y era conocedora del tango abolerado, pero ese amor no fue correspondido durante décadas.
Los argentinos nos perdimos los mejores años de Celia Cruz; estábamos demasiado enamorados de sus verdugos.
Recién pisó un escenario nacional a fines del ’97, casi medio siglo después de su debut.
¿Y qué pasó en el medio?
De todo, y quizás sea todo eso que pasó el responsable de tanto tiempo de distancia.
Como tantos humildes en la isla y tantos idealistas en el continente, Celia Cruz vio en la Revolución Cubana una promesa de igualdad y prosperidad. Tanto, que en junio de 1959, apenas un mes después de la Reforma Agraria y cuando ya era La Reina Rumba o La Guarachera de Oriente, grabó para la Radio Cadena Habana con La Sonora Matancera el «Guajiro, llegó tu día» en donde cantó: «Guajiro, ya llegó tu día / Dura es la vida del campo, trabajar de sol a sol para ganar tres pesetas / y para comprar frijol./Reforma agraria es el grito / que Fidel lanzó en la sierra / que estremece a Cuba entera / y a la América también. / Guajiro, ya llegó tu día. / Guajiro, ya llegó tu día. / Para qué tantos con tanto / y por qué tantos sin nada / si esta es la tierra sagrada / porque Dios mandó a Fidel. / Reforma agraria es el grito / de todo el pueblo de Cuba. / Si todos somos hermanos / para cooperar con Fidel.»
Pero el entusiasmo le duró nada.
Pocas semanas después fue contratada para cantar en la casa de Miguel Ángel Quevedo, dueño de la influyente revista Bohemia , donde coincidió con Fidel Castro. Quevedo le comentó a Celia que Castro quería conocerla, pero ella respondió: «He sido contratada para cantar acá, junto al piano. Ese es mi lugar. Si él quiere conocerme, que se acerque».
A Fidel le pareció una falta de respeto insoportable. No se acercó.
La gota que colmaría el vaso sería en público y para siempre. En 1960, en pleno triunfo de Castro, La Sonora Matancera es contratada junto con otras orquestas para dar un show de música cubana en el Teatro Blanquita. Fidel, fan de Celia, pidió desde su palco que Celia cantara su éxito «Burundanga», alegando que él la había cantado en sus tardes en la sierra. Celia dijo que no, que los músicos no tenían la partitura; una excusa que nadie podía creerse; si era el superéxito de la orquesta, era evidente que no le hacía falta a los músicos la partitura de una canción que habían tocado mil veces. Al finalizar su número, el público ovacionó a Fidel, pero Celia se fue sin saludarlo.
Un asombrado Fidel Castro —nadie le decía que no en 1960… ni se lo dijo a lo largo de toda su vida— ordenó una respuesta inmediata. El director del teatro le dijo a la cantante: «Celia, qué pena que hoy no te puedo pagar, porque has sido la única que no le ha hecho reverencia al comandante».
Ella respondió: «Si me tengo que rebajar para tener dinero, prefiero no tenerlo».
Tiempo después, en el libro Celia, mi vida lo diría claramente: «No iba a bajarme a lamerle las botas. No iba a humillarme cantando a la orden».
Pero claro, no se le dice que no a los dictadores por más que seas una diva.
Ya lo sabía Libertad Lamarque en su exilio mexicano.
No sólo se retiraron todas las grabaciones de La Sonora Matancera de las radios; se destruyeron todas las grabaciones de las emisoras como Radio Progreso y hasta se borró su nombre de los diccionarios de cultura oficiales, como el de Helio Orovio, que en 1981 (¡más de 20 años después!) no la pudo incluir por orden gubernamental.
La relación no podía ser peor, así que después de desayunar con su madre el 15 de julio de 1960, Celia se fue a México con La Sonora Matancera para una gira de tres meses. Fue mientras triunfaba en México que vio con temor el futuro de la isla. Las noticias que le llegaban eran de censura en las radios, amigos arrestados, la creación de una élite que dirigiría los destinos cubanos por 65 años —y contando— llevándolos a la miseria y entonces se dijo: «No podía cantar lo que quería, y mi corazón me dijo: vete».
Fue así que junto con los músicos de La Sonora pidió asilo político en Estados Unidos en 1961, pero nada fue fácil. Aquella ingenua grabación de «Guajiro, llegó tu día» complicó las cosas hasta que finalmente quedó claro que había sido un error de juventud.
Al régimen cubano no le servía aquella canción de propaganda porque la orquesta había abjurado de ella. Por eso a Celia en diciembre de 1961 le confiscaron todos sus bienes familiares bajo la Ley 989 que castigaba «el abandono definitivo».
Sin embargo, con todo lo ocurrido, Celia todavía pensaba volver a la isla hasta que un hecho marcó el adiós definitivo.
El 22 de abril de 1962 su madre murió de cáncer.
Pidió entonces al Gobierno cubano permiso para visitarla y darle un último adiós. Se lo denegaron por sus «declaraciones contrarrevolucionarias».
Lo recordaba así: «Perdí a mi mamá sin un adiós, y con ella, un pedazo de Cuba».
Adoptó la ciudadanía estadounidense en 1965 y juró no regresar a Cuba mientras durara el régimen.
Y cumplió, ya que pese a los intentos del régimen por el regreso de la oveja descarriada, jamás volvió. Escuchaba desde Miami que Fidel más de una vez la trataba de traidora y «artista gusana».
1962 sería un año fundamental para Celia con el asunto ese de que la vida te da y te quita. Murió su madre y no pudo visitarla, pero se casó con el amor de toda su vida, Pedro Knight, trompetista de La Sonora.
La historia de amor con Pedro es de esas que traspasan los siglos. Se conocieron en el primer ensayo de La Sonora, en 1950. «Me miró y supe que era el hombre de mi vida». Se casaron el 14 de julio de 1962 en Connecticut en una ceremonia íntima con amigos exiliados.
Pasaron juntos toda su vida.
Pedro era manager, arreglador, amigo, amante, consejero y director de orquesta. Ella lo consideraba «mi ancla en mi tormenta de exilio»; le llamaba «mi Cali» por «mi calor». Por eso a veces en algunas canciones gritaba «¡por mi Cali!». A eso se refería. Cuando murió en 2003, él —que la sobrevivió cuatro años— dijo: «Ella era mi todo».
Juntos emprendieron la carrera solista de Celia.
Los dos se fueron de La Sonora sin ruptura y con deseos mutuos de buena suerte.
Desde el debut en 1965 nada menos que en el Teatro Apolo (ya presente en algunas notas del newsletter, ¡qué lugar!) del Harlem neoyorquino; donde presentó «Remembranzas de La Habana» con un jovencísimo Tito Puentes en percusión, su carrera no paró de crecer.
Como Orozco, tocó con todos.
Grabó ocho discos con Tito Puente, pero todavía no había entrado del todo a lo que en Estados Unidos se conoció como «salsa», esa alegría que mezclaba los ritmos de varios países caribeños ahora que el monopolio cubano del son había terminado por culpa del bloqueo.
Su entrada al mundo de la realeza salsera no pudo ser más auspiciosa. Actuando en México, la fue a ver Larry Harlow, «el judío maravilloso», uno de los responsables del upgrade de calidad de la salsa. El tipo estaba escribiendo la versión latina de lo que había sido un éxito sajón, la ópera rock Tommy, y estaba buscando a una cantante para el papel de Gracia Divina, papel que en la película del ’75 era La Reina del Ácido, caracterizada ni más ni menos que por Tina Turner.
Larry escuchó a Celia y no tuvo dudas.
Era ella.
Fue el momento justo.
Celia Cruz necesitaba acercarse a un público nuevo, que ya no tenía nostalgias por Cuba porque nunca había estado allá y aquellos primeros sones y lo que se estaba formando como «salsa» era un buen lugar para experimentar y entrar a la década del ’70.
Cuando el 13 de mayo del ’73 se estrenó Hommy, a Latin Opera in Salsa , el Carnegie Hall se vino abajo. Los sesenta músicos en escena —con nombres fundantes como Ray Barreto y Johnny Pacheco— irrumpieron en una Nueva York siempre sedienta de nuevas experiencias. Todos eran los mejores: el piano de jazz de Larry Harlow, la percusión de Ray Barreto, el flautista Johnny Pacheco y la magia de Celia. Aún hoy se puede escuchar Hommy y —lo siento— para mí es muy superior al original Tommy. Cuestión de gustos.
El espectáculo fue la puerta de entrada de Celia al mundo Fania, el sello que aglutinó, impulsó e impuso la salsa en Estados Unidos y, por consiguiente, en el mundo. Excepto, claro, Argentina porque acá estábamos muy ocupados en jurarle a la semilla que cuando tuviéramos la tierra, coso.
Volviendo a eso de que tocó con todos, allá están para confirmarlo los discos con Johnny Pacheco y con Willy Colón. Sí, claro, también tiene participaciones con figuras que van desde Luciano Pavarotti hasta Gloria Estefan, desde Ricky Martin a Lola Flores. Ochenta discos, 23 de oro, tres de platino, actuación en cine en Los reyes del mambo y, como muestra de su oído siempre abierto, su último disco en donde se le anima al rap, producido por el creador de The Fugees, Wyclef Jean.
Celia Cruz es para el norte del continente lo que para el sur es Mercedes Sosa.
Sin embargo, no sólo jamás grabaron juntas: no hay una sola frase de una para la otra, ninguna declaración, ningún saludo. Se ignoraron como se ignoraron los mundos que representaban. Y eso que, aun con diferencias de tiempos e intensidad, las dos pasaron por un proceso con algún punto en común. También Mercedes Sosa fue elogiosa con el primer Castro —cantó en la Casa de las Américas en 1974— pero finalmente se desilusionó —aunque tardó mucho más— en 2003 con el asesinato por parte de la dictadura cubana de los jóvenes Lorenzo Enrique Copello Castillo, Bárbaro Leodán Sevilla García y Jorge Luis Martínez Isaac, que fueron fusilados por «traición a la patria» (los muchachos habían secuestrado una lancha en La Habana intentando llegar a Miami, pero fueron interceptados, encarcelados y juzgados en tres días en juicio sumarísimo que terminó en su muerte).
En entrevista con Associated Press dijo en septiembre del 2003: «No me gustó la actitud de Fidel Castro con la muerte de los chicos. Me limito a decir como Saramago: ‘Hasta allá llegó mi amor’. Mucha gente ha roto con Castro, y yo me sumo. En nombre de nada ni de nadie se puede matar a la gente».
La respuesta de la dictadura tardó casi 20 años en llegar y fue bastante leve. En abril del 2022, un locutor de esos chupamedias que tanto les gustan a los dictadores y que nunca faltan en cualquier tiranía que se precie, Alejandro Rodríguez de Radio Rebelde, reflotó aquellas declaraciones de casi 20 años antes para llamar a Mercedes Sosa «contrarrevolucionaria» y que había cometido «traición a la revolución». Eran momentos calientes en Cuba y Radio Rebelde y Radio Habana retiraron las canciones de la tucumana por un corto tiempo.
Sólo eso, claro.
Celia murió sin saber que hasta Mercedes Sosa fue prohibida por la censura cubana.
También es cierto que estéticamente su obra no tenía mucho que ver y sólo se tocaron en que ambas cantaron «Guantanamera», cada una con su estilo, y que ambas compartieron grabación tanto con Caetano Veloso como con Vicentico. Volviendo a «Guantanamera», escuchar las dos versiones consecutivamente da una idea clara de dónde estaba parada cada una, digo yo de puro atrevido y porque se me acaba de ocurrir y es lo que haré apenas termine de escribir esto.
Sin embargo, la relación de cada una de las intérpretes con el país de la otra se dio a través de los autores. Mercedes Sosa grabó —y popularizó en Argentina— a Pablo Milanés y Silvio Rodríguez y Celia tuvo su primera entrada al país gracias a los jovencísimos Fabulosos Cadillacs.
Supongo que Celia pensó, llegando al final del siglo, que finalmente era el momento de bajar a la Argentina.
Por primera vez, la voz del continente desde Perú hacia arriba recibiría el oído del sur, siempre reticente a los ritmos caribeños por algo así como una elegancia mal entendida.
Nada más «grasa» que el término «grasa».
Contó el colega Marcelo Fernández Bitar hace ya tiempo en la extinta revista Rock & Pop que Celia llegó a Argentina el 5 de septiembre de 1988 a las 11 de la mañana. De allá, a una entrevista televisiva en donde coincidió con Jaime Torres y, ya que estaban, hicieron juntos «La flor de la canela». ¡Ah, qué tiempo de televisión abierta!
Quizás no sabían que protagonizarían una noche mágica que rompería un ostracismo de medio siglo, pero eso es lo que iba a ocurrir entre la cubana y los argentinos. Nunca le agradeceremos lo suficiente a Los Fabulosos Cadillacs haber traído a Celia a la consideración nacional.
No tenían plata para pagarle, pero se puede decir que Celia y Pedro —más Jerry Masucci, de Fania— vinieron por el pancho y la Coca, tantas eran las ganas de Celia de volver a Argentina, en donde sólo había estado en gira de promoción en Sábados Circulares de Mancera y La Botica del Ángel con Bergara Leumann en Canal 13 (lo de Mancera no lo pude corroborar, lo de La Botica aparece en un mínimo video de poco más de un minuto en YouTube). El único pedido que tuvo la pareja (recordemos, estrellas en gran parte del mundo): que el hotel tuviera frigobar para refrigerar la insulina de Pedro.
Primero fueron a una parrilla de Belgrano y Entre Ríos y después llegaron hasta los Estudios Panda, en donde la cantante conoció a la banda.
Dicen que la grabación fue mágica; que ella agregó los versos «Acá te quiero decir/ no te preocupes, mi amor/ que yo te voy a entender/ que yo te voy a querer»; que en dos o tres tomas se grabó todo y allá mismo le pidieron que participara en otro tema, «Más solo que la noche anterior».
Quizás el que más entendía lo que estaba pasando allá era Andrés Calamaro, que se apareció por el estudio junto con Ariel Rot, fascinado con la presencia de Celia. Él sabía —como sabe siempre— quién era la morocha esa que hasta el capo de Sony en Argentina desconocía (leí varias veces este dato y no termino de creerlo, pero lo cuenta alguien del grupo, así que debe ser cierto y explica muchas cosas). Tanto desconocimiento había sobre lo enorme del prestigio de Celia que la compañía no puso a «Vasos vacíos» como el tema de difusión.
En esa oportunidad Celia se presentó en el entonces famosísimo NotiDormi de Raúl Portal en ATC y en las fotos del momento se ve también en el programa a Lolita Torres y un casi niño Diego Torres, aún no cantor.
La «cantante gusana», como Fidel nos había enseñado que había que decirle, se estaba transformando en mariposa. Una de las cosas que nunca me perdonaré es haber caracterizado alguna vez por radio en Rosario tanto a Celia como a Gloria Estefan con el mote que les metió Castro.
Por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa.
Hoy gozo de la fe del converso.
Fue sin dudas gracias a esa puerta abierta que el 28 de noviembre del ’97 se hizo justicia finalmente y Celia, junto con José Alberto el Canario y Tito Puente, ensalzaron el Estadio Obras en Buenos Aires con un show de tres horas que el crítico Gabriel Plaza en La Nación calificó como «bueno», además de despotricar contra el sistema de refrigeración del lugar, aunque es previsible que nada pudiera con tanto calor caribeño. Es raro que en la crónica no haya remarcado que al final, Vicentico subió al escenario para una versión apoteósica —la única vez que la hicieron juntos en vivo— de «Vasos vacíos» que por suerte está rescatada en un video anónimo de YouTube.
Volvió en el ’97 para su primera presentación solista.
Los ecos de «Vasos vacíos» se habían apagado un poco, pero igual hizo shows —no pude confirmar dónde— y se presentó en televisión en Movete con Georgina.
Claro que después vendría el nacimiento de un éxito optimista irreversible que, aunque poca gente sabe, tiene mucho que ver con una de las grandes tragedias argentinas: la bomba en la AMIA.
El 18 de julio del ’94 explota la bomba que Hezbollah pone en la AMIA. Muy lejos de la calle Pasteur, en Caracas, el compositor argentino Víctor Daniel (nacido en Paraná, Entre Ríos, de ascendencia judía) vio por televisión en directo los trabajos de rescate y lo conmovió una mujer llorando entre escombros. Su hijo había muerto en el atentado. Sin saber bien por qué, a Víctor Daniel se le ocurrió gritarle al televisor: «No llores, señora, las penas se van cantando».
Es rarísimo que se le haya ocurrido un canto de esperanza y optimismo en tales circunstancias, pero eso fue lo que le salió. Así es el arte. Donde uno menos lo espera salta la liebre. ¿Por qué decirle a alguien que acaba de pasar por el mayor sufrimiento humano que no llore, que la vida es un carnaval?
No sé, pero pasó.
Cuando Celia Cruz, con 72 años, escuchó la canción, supo inmediatamente que era para ella: «Es mi vida», dijo, y no se equivocó. Fue su último gran hit, vendió un millón de copias y consiguió el Grammy Latino 2000 como mejor tema del año.
Quizás no casualmente fue también un gran éxito en medio del caos que era Argentina a comienzos del milenio.
Fue esta canción la que le ayudó a llenar el Teatro Gran Rex el 12 y 13 de enero del 2000 en momentos en que los argentinos precisábamos urgentemente de un mínimo de optimismo. Con ese optimismo fue que en esa gira en la Vieja Usina de Córdoba bajó del escenario y le cantó la canción a un muchacho en silla de ruedas.
Con respecto a su vuelta a Cuba, cumplió su promesa de no hacerlo mientras hubiera dictadura con una casi excepción. Lamentablemente, la tiranía duró más que su vida, que se terminó el 16 de julio de 2003. En 1990, a 30 años de su exilio forzado, cantó en la base de Guantánamo durante las celebraciones del día de la amistad cubanoamericana. Al llegar besó la tierra —y en ese beso la acompañaron todos los cubanos expulsados— y acercándose al alambrado que separa la base de territorio castrista, con sus propias manos tomó un poco de tierra y pidió que esa tierra fuera enterrada junto a ella cuando muriera. Se cumplió su pedido.
A cien años de su nacimiento, a más de veinte de su muerte, el régimen todavía no le perdona aquel saludo que no le dio a Fidel.
El martes 21 se la recordó en todo el mundo menos en Cuba, en donde su música casi no sonó desde 1959, excepto cuando otro de esos monigotes que acompañan a la dictadura reflotó la versión de «Guajiro, llegó tu día» en el 2020. Fue el periodista Fidel Díaz en su programa La pupila asombrada para demostrar el amor de Celia por la Revolución.
El grupo de teatro El Público iba a realizar un homenaje teatral en La Fábrica de Arte Cubano, pero el Centro Nacional de Música Popular, una institución estatal, anunció su suspensión. Iluso de mí, pregunté qué argumento dieron para prohibirlo. Me contestaron que en Cuba eso no se estila.
Como respuesta a la prohibición, el grupo organizador mostró una silla vacía en el escenario, iluminada con focos, durante el tiempo que debería haber durado el espectáculo.
Lo que no pudieron prohibir fue la misa que se hizo el 21 en la Basílica de la Caridad en Centro Habana, ni al cura Ariel Suárez, que no sólo recordó con hermosas palabras a Celia sino que terminó pidiendo que rezaran un Ave María a la Virgen por la libertad de Cuba. Antiguos compañeros de música de Celia y jóvenes seguidores que la conocen a pesar de las prohibiciones, estuvieron y rezaron.
No, ni los medios estatales, ni ningún funcionario ni Silvio Rodríguez dijeron nada.
Ya se sabe, la vida es un carnaval.
Seguro que todos aquellos que bailaban en el agosto neoyorquino que tuve la suerte de compartir también rezaron, o cantaron, o bailaron.
Algún día, más temprano que tarde, podrán rezar, cantar o bailar en sus países si quieren.
La salsa nunca fue de los dictadores.
Más temprano que tarde, volverá el ¡azúca! a Cuba.
Será hermoso.
Será justicia.
Revista Seúl
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