LA CRÓNICA, LA PATRIA DE LA PALABRA


OPINIÓN

De las crónicas de Indias a las páginas clandestinas en dictaduras, de Walsh a Guerriero, de los diarios en papel a los newsletters y podcasts: la crónica sigue siendo la forma más honesta de mirar y narrar América Latina

Por
Iván Nolazco

Un género que resiste al vértigo de las redes sociales y a la obediencia del mercado, porque todavía guarda en sus palabras la memoria de los pueblos.

El origen en el despojo

Cuando los conquistadores llegaron a estas tierras no trajeron solo espadas y arcabuces: trajeron escribanos. Al lado de los caballos marchaban cronistas que describían con tinta el botín, las ciudades arrasadas y los pueblos sometidos. Esas primeras crónicas de Indias fueron actas de posesión disfrazadas de relato. Decían: “esto existe porque yo lo nombro”. Así, América Latina nació escrita, pero nació escrita desde la mirada del otro.

Sin embargo, en ese mismo gesto nació también la posibilidad de resistencia. Guamán Poma, con sus dibujos y su Nueva crónica y buen gobierno, convirtió la pluma en testimonio y denuncia. Desde entonces, la crónica sería más que un género: sería un campo de batalla por el sentido de la historia.

La crónica como mirada y sospecha

El cronista nunca es neutral. Mira con sospecha, interpreta con desconfianza. Walsh lo sabía: cuando escribió Operación Masacre no se limitó a contar fusilamientos clandestinos; convirtió el testimonio en acusación, el relato en prueba. Esa fue la lección inaugural de la crónica moderna en nuestra región: no basta con narrar, hay que señalar con el dedo, hay que construir memoria contra el olvido planificado.

La crónica, entonces, no es un registro pasivo, sino una forma de resistencia activa. Por eso incomoda: porque ilumina donde otros prefieren la sombra, porque da voz a quienes deberían permanecer mudos según la lógica del poder.

El eclipse de la palabra

En el siglo XXI, la crónica parece arrinconada. Los periódicos han cambiado profundidad por velocidad, y la entrevista —ese espejo donde el otro se revela— se ha convertido en monólogo disfrazado, donde los políticos responden preguntas que nunca se les hicieron. La noticia rápida ha desplazado a la narración demorada.

Pero la crisis no es nueva. Desde hace siglos, cada vez que la palabra se enfrenta al poder, el poder intenta domesticarla. Hoy lo hace el mercado: titulares en serie, reportajes embalados como mercancía, información pasteurizada que suena igual en Buenos Aires, en Lima o en Ciudad de México. Y sin embargo, bajo esa superficie, la crónica insiste en respirar.

En este escenario, la tecnología y las redes sociales han alterado la manera de contar. Todo se resume en un hashtag, en un hilo de Twitter, en un video breve que busca viralizarse antes de comprenderse. El algoritmo premia la velocidad y castiga la pausa, celebra la indignación instantánea y desprecia la reflexión. Pero, paradójicamente, la crónica encuentra allí un nuevo territorio: newsletters que huyen de la lógica de los clics, transmisiones en vivo que documentan lo que no muestran las cámaras oficiales, relatos digitales que recuperan la paciencia en medio del vértigo. La crónica no desaparece: muta y se reinventa frente a la tecnología que intenta devorarla.

Escuelas de obediencia y cronistas insumisos

Las academias de periodismo enseñan técnicas, pero olvidan la ética. Se repiten fórmulas, se corrigen comas, se enseñan manuales, pero se huye de la incomodidad. La crónica, en cambio, nace de la insumisión. Quien la escribe no se conforma con obedecer; necesita contradecir.

Por eso los grandes cronistas latinoamericanos nunca fueron cómodos. García Márquez narrando la soledad de un náufrago, Caparrós desmenuzando la cocina de un país en ruinas, Leila Guerriero devolviendo humanidad a las orillas del mapa. Todos, de maneras distintas, entendieron que el periodismo sin crónica es apenas burocracia de la información.

Crónica y memoria colectiva

La historia oficial suele escribirse desde arriba. La crónica, en cambio, se escribe desde abajo: desde el testimonio, desde el detalle que parece menor pero revela la trama completa. En las dictaduras latinoamericanas fue la crónica la que sobrevivió en revistas pequeñas, en cuadernos clandestinos, en testimonios que hoy son archivo de la memoria.

Cada crónica guarda un país que podría olvidarse. Un barrio, una huelga, una masacre, una tarde cualquiera. Por eso la crónica es inseparable de la memoria: es el intento obstinado de fijar lo efímero antes de que la historia lo disuelva.

En tiempos de redes, cuando la memoria se fragmenta en imágenes dispersas y timelines infinitos, la crónica tiene la misión de recomponer. No basta con el registro inmediato: hace falta la narración que enlace, que organice, que construya sentido. La crónica, al tomar la materia dispersa de las redes, puede transformarla en memoria perdurable.

La orfandad del cronista

El cronista escribe solo, como si estuviera arrojado al vacío. No lo sostiene la fe en un dios ni el respaldo de un partido; lo sostiene apenas la convicción de que alguien debe dejar constancia. Esa es la orfandad estelar del periodismo verdadero: no tener otra compañía que la palabra, no esperar recompensa más que la persistencia del testimonio.

Y sin embargo, en esa soledad hay una fuerza secreta. Porque el cronista sabe que aunque lo silencien, aunque lo marginen, aunque lo condenen a la precariedad, cada crónica es una semilla de memoria que germinará en otro tiempo. Hoy, incluso en la intemperie digital, entre algoritmos y pantallas, el cronista encuentra maneras de sobrevivir. Sus palabras se filtran por blogs, podcasts, videos caseros, boletines digitales: pequeñas grietas por donde la memoria vuelve a respirarse.

La patria de la crónica

América Latina puede entenderse como una sucesión de crónicas: las de la conquista, las de la independencia, las de las dictaduras, las de los mercados que arrasaron con la vida cotidiana. Nuestra historia no cabe en manuales: cabe en relatos donde la mirada del cronista rescata lo que se perdería.

Por eso la crónica es más que un género: es una patria. Una patria hecha de palabras que no obedecen, de relatos que sobreviven, de memorias que insisten. Mientras haya cronistas, habrá esperanza de que el periodismo no se convierta en simple mercancía ni en eco vacío.

La crónica aún vive, aunque muchos la den por muerta. Vive en las páginas subterráneas de los diarios que todavía apuestan por la palabra larga, en los newsletters escritos a contramano del algoritmo, en los hilos de Twitter que se animan a narrar en lugar de gritar, en los podcasts que buscan profundidad en medio del ruido.

Vive porque sigue siendo la forma más honesta de mirar el mundo y contarlo sin obedecer del todo a nadie. Está en el alma del buen periodismo y en la memoria de los pueblos que resisten al olvido.

Y mientras haya alguien que, con una libreta, una computadora o un celular, se atreva a detener el vértigo para contar lo que ocurre con paciencia, con análisis, con sospecha y con compromiso, la crónica seguirá respirando. No como una reliquia, sino como la patria secreta de la palabra.

Tribuna de Periodistas




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