REPÚBLICA DE FORMA, MONARQUÍA DE FONDO

OPINIÓN

Los hermanos Milei están utilizando estas elecciones 2025 como una especie de laboratorio del nuevo sistema político que buscan constituir, frente a la debacle de todo el sistema anterior 



Por Carlos Salvador La Rosa

Debacle que hoy se expresa en los más surrealistas y contradictorios acuerdos y desacuerdos en los cierres de listas de todo el país, donde Mendoza no es la excepción. Tratemos de analizar el sentido profundo de tales extraños acontecimientos.

En 2023, antes de las elecciones presidenciales, aunque el país se encontraba en una crisis económica terminal como la de 2001/2, desde el punto de vista político el sistema ofrecía sus alternancias como si estuviera bastante consolidado. En ese entonces, ante el fracaso peronista, era el turno de Juntos por el Cambio como cuatro años atrás lo fue del peronismo ante el fracaso macrista. Vale decir, la alternancia estaba asegurada entre dos opciones fuertes, una peronista y otra que contenía a casi todo el no peronismo. Más o menos fifty y fifty.

Pero, sin que nadie se lo esperara, no ocurrió la alternancia supuesta. La sociedad, mayoritariamente, se hartó de todos y reaccionó en consecuencia. Pero esta vez en lugar del grito impotente de indignación de que se vayan todos, apareció de la nada un candidato que expresaba ese odio visceral hacia todo político y toda política que sentían los ciudadanos comunes. Hacia el peronismo porque realizó la peor gestión de la era K. Y hacia Juntos por el Cambio por la pelea feroz entre sus oponentes internos que los malquistó con la opinión pública.

En consecuencia, la sociedad, para sacarse de encima al peronismo que estaba haciendo estallar el país, prefirió a un ángel exterminador venido de los márgenes de la política, que a las estrellas de una oposición que aún no habían llegado al poder y ya se estaban matando entre sí en una interna innecesariamente ferocísima.

Lo de Milei fue un inesperado tsunami que barrió con todo y con todos. Entonces el comicio, más que en una elección entre opciones diferentes dentro de un sistema de partidos y alianzas medianamente establecido, se transformó en un plebiscito que hizo volar por los aires todas las estructuras reemplazándolas por un solo hombre. La gente no buscó cambiar de gobierno, sino de sistema, aunque el “nuevo” sistema fuera nada más que una única persona que proponía la destrucción del viejo. La nada era mejor que lo que tenían. Con esa bronca se votó.

Milei creció a partir de ese descontento, pero contó con la ayuda fundamental de las estructuras políticas derrotadas por él (otra señal de su brutal decadencia: ser verdugos de sí mismos), porque con solo los votos de la gente no le hubiera bastado para ganar si no se tenía algo de aparato. Y el libertario no tenía nada. No obstante, esa falta se la cubrieron sus dos adversarios, que queriendo matarse uno al otro, se mataron los dos entre sí y dieron nacimiento a una criatura inesperada.

Sergio Massa creyó que fortaleciendo a Milei ayudándolo en secreto con aportes de todo tipo, incluso candidatos que le faltaban, al dividir así la oposición, le pasaría por encima a los favoritos que eran los de Juntos por el Cambio. Pero se equivocó porque lo que logró es que Milei saliera primero en las PASO y él, tercero. A partir de allí, desesperado, Massa apostó todo a la enorme estructura peronista y a la plata del Estado, gastándose hasta el último peso que le quedaba. Quebró al país más de lo que estaba, pero debido a esa monstruosidad, se impuso en la primera vuelta a tres puntos del triunfo final. Sin embargo, esos puntitos que le faltaron sellaron su destino. Porque el aparato peronista había funcionado a full, pero su motor se fundió al borde de la llegada, fundiendo con ello al país. Mientras que, para la segunda vuelta, ya no fue Massa sino Macri quien ayudó a Milei a ganar, al haber perdido toda chance su candidata de Juntos por el Cambio.

En suma, entonces, Milei conquistó a la sociedad con su estilo de profeta indignado que proponía furiosa venganza, pero esa prédica sola no alcanzaba porque no tenía ni partido ni dirigentes ni militantes, ni nada de nada. Era sólo él contra el mundo, acompañado por una insignificante cantidad de descastados peores que la casta contra la que venían a pelear. Pero eso a la gente le encantó. Si, además, la clase política entera, la oficialista y la opositora lo ayudó a ganar, el triunfo de Milei resulta comprensible.

A partir de allí desapareció el sistema de partidos, no solo por la denuncia de Milei de que eran la casta, sino porque estaban agotados, no tenían respuesta. Milei los destrozó, pero primero se destrozaron ellos mismos por sus propios errores. Entonces, de lo que quedó de la dirigencia tradicional después del tsunami, cada cual se recluyó en su provincia o municipio.

Y ahora, a casi dos años de tales cruentos, sorpresivos y espectaculares acontecimientos históricos, ya no hay más partidos ni alianzas nacionales en la Argentina, solo restan feudos locales. Hasta el peronismo quedó reducido a la provincia de Buenos Aires (y con divisiones internas gigantescas logrando la unidad formal no por amor entre ellos sino por espanto a que el mileismo los arrase en su último reducto como ya arrasó al PRO en el suyo).

Mientras que fuera de la Capital Federal derrotado el PRO por las huestes mileistas y de la provincia de Buenos Aires donde el combate será a todo o nada entre dos fuerzas parejas, el resto del país ya no es ni peronista, ni radical ni del Pro, aunque todos sus gobernadores sean de algunos de esos signos y Milei no tenga ni uno solo. Sobreviven todos a modo de tribus tratando de protegerse del alud nacional que se les viene encima. Aunque como réplica o reacción, mientras todos los partidos o alianzas nacionales se disuelven en el aire, Milei está creando su propio partido a su propio estilo, aceptando alianzas solo por necesidad y nada más que para la coyuntura. Por lo que hoy puede decirse que, aún sin dirigentes significativos en ninguna parte del país, el único partido nacional no que va quedando, sino que va apareciendo, es La Libertad Avanza.

A diferencia de Macri, que fue el vencedor en 2015 de Cristina a través de alianzas, Milei que fue el vencedor de ambos en 2023, deplora las alianzas o los acuerdos o los pactos. Y ahora está intentando construir el esbozo de un partido único, como lo hizo Perón en los años 40. Estas elecciones son la primera prueba para comprobar si eso le será posible. Un laboratorio político en vivo y en directo, cuyas expresiones más visibles son los surrealistas y contradictorios acuerdos y desacuerdos, o idas y vueltas, en los cierres de listas de todo el país. Además, nunca en los cuarenta y pico años de democracia, existió tan poca convicción, tanta falta de pasión o desamor político en todos los acuerdos, oficialistas u opositores (Mendoza en ese sentido es un ejemplo impresionante de falta casi absoluta de ideas y afectos compartidos y de contradicciones superlativas entre los "socios" en casi todas las muchas propuestas electorales que se conformaron). Como si el mileismo actuara al modo de una manguera que le arroja agua al hormiguero y pone en desordenada y desesperada fuga a las hormigas, juntándose y separándose unas de otras sin rumbo y sin lógica.

De ese modo, todo lo que políticamente hace Milei, se explica en su estrategia de no dejar ningún dirigente en pie que no sean los que le respondan absolutamente, tanto a él como a su hermana, porque ambos han devenido una simbiosis. Es que, en una monarquía, el rey y la reina constituyen, aún con sus diferencias, una sola entidad. El peronismo, menos con Menem, así lo hizo siempre: Perón y Evita (él le dio un poder desmedido a ella, pero ella se lo merecía), Perón e Isabelita (él le dio un poder desmedido a ella, aunque ella no se lo merecía en absoluto), Néstor y Cristina (el poder de ambos siempre fue similar, aunque sus funciones fueran distintas). Y ahora por primera vez aparece no un matrimonio, pero sí una pareja de hermanos actuando los mismos roles de sus antecesores, pero fuera del peronismo. Javier y Karina son otra pareja monárquica.

Para los hermanos Milei, la contradicción principal no es la de amigo versus enemigo, aunque también la utilicen, sobre todo para satisfacer los insultos que le pide la popular y para instalar el conflicto por sobre el consenso, que en eso coinciden teórica y prácticamente con el kirchnerismo. El intelectual Agustín Laje, por derecha es para los Milei un émulo o imitador de lo que fuera el intelectual Ernesto Laclau, por izquierda para los Kirchner.

Sin embargo, la más profunda división que ellos están fomentando es entre propios versus ajenos. De los propios no forman parte los aliados, sino los afiliados o los sometidos a LLA. Ajenos son todos los demás, incluso los que pactan, pero no están dispuestos a renunciar a sus identidades previas. Podrán acordar tácticamente con algunos de ellos, pero si no se rinden, la meta que se proponen con todos es la de barrerlos del mapa político o mandarlos al exilio interior apenas puedan. Con el PRO ya prácticamente lo lograron.

Los boletos de entrada con lo que ocupar las primeras filas en LLA son para los que se pasan ya o ya se pasaron o sin aún haberse pasado, hacen pasar a otros. Facundo Correa Llano desde el PD o Alvaro Martínez desde el PRO en Mendoza son más que valorados porque se pasaron primeros. También son valorados Ritondo o Montenegro o Santilli aunque sigan formalmente en el PRO a fin de cooptar a todos los que se pueda del partido de Macri. porque ellos tres ya operan exclusivamente para Milei a tiempo completo. O Luis Petri, que hasta ayer nomás perteneció -entre comillas- al radicalismo, por lo que le dieron la minoría de las candidaturas locales de ese partido, aunque a partir de hoy (habiendo ya sacado todo lo que pudo sacar de la UCR) se afilió a LLA para presentarse en su nombre como candidato a diputado nacional, transparentando en los papeles su conversión en los hechos a mileista pleno no desde ahora, sino desde que lo nombraron ministro. Todos ellos ya se han convertido a la nueva fe y para ellos será el reino de los cielos en las primeras filas.

Se tolerarán sí, algunas alianzas meramente tácticas, pero siempre que los que no son de LLA acepten borrar su nombre y sus colores de las listas electorales (los radicales mendocinos, en lo que es o era la Meca radical del país, acordaron sin que figure la sigla UCR, ni siquiera la de Cambia Mendoza, en los cargos nacionales y en los cargos locales la sigla figure en segundo término, algo impensable antes del triunfo presidencial de Milei en la provincia). Aunque ellos ni aun así serán considerados propios hasta que no se subordinen a LLA a modo de entrega total. En tanto, seguirán formando parte de los ajenos y a la larga eventuales adversarios electorales, porque Milei, reiteramos, desprecia los consensos, las alianzas y los pactos, aunque a veces deba, forzadamente, hacerlos. Todos deben ser Uno. De él. Y de ella, de su hermana

Al Pro nacional ya lo deglutió entero, lo dividió casi en tantas partes como dirigentes tiene y a los rebeldes los dejó fuera de la tierra prometida para que vayan a predicar al desierto. El radicalismo por sí solo, desde la debacle de De la Rúa, nacionalmente ya no existe más. Y si el peronismo no salva Buenos Aires poco es lo que le quedará para poder volver a ser alternativa de poder, al menos por bastante tiempo. En tanto, la liga de cinco o seis gobernadores no peronistas del centro del país que pretenden ubicarse en ese centro medio tan odiado por Milei ("ñoñismo" republicanista puro lo califica él), es una alianza entre políticos aún muy distintos entre sí, en estado embrionario.

Esta implosión es lo que quieren (y buscaron) los hermanos Milei, porque más que hegemonizar como lo intentó el kirchnerismo, buscan "homogeneizar", o sea convertir a todos los argentinos al mismo credo conducido por los mismos dioses, considerando sagrados y exclusivos sus nombres, sus colores y su reinado. No existe más alternativa que la afiliación si no venís desde la política o la conversión si venís de ella. Primero las cooptaciones y luego la sumisión (Ritondo y Montenegro con el chaleco violeta en la foto de la Matanza son la más textual y patética expresión gráfica de esta conversión vía humillación ejemplificadora).

En Europa Occidental existen monarquías de forma pero que son repúblicas de fondo. La Argentina es una república de forma, pero de fondo casi siempre tendió a ser una monarquía. Apenas le dan la oportunidad a esa tendencia metida en nuestro inconsciente colectivo, tanto gran parte de sus dirigentes como de su pueblo la acepta con beneplácito. Queda todavía el consuelo de que, aún deteriorada y frágil, hace más de 40 años que la república democrática resiste todos los embates contra ella. Ahora ha aparecido un nuevo embate, que además no es peronista (al menos de nombre) por lo que habrá que entender primero de qué se trata para encontrar la respuesta. Por ahora sólo podemos describir la caída de un régimen del que conocemos todo y el ascenso de otro régimen del que conocemos poco y nada.

Sin embargo, adaptando al presente la gran frase de San Martín (hoy en su día aniversario) podríamos decir que aunque aceptemos que la Argentina casi siempre fue una república de derecho y una monarquía de hecho (al revés de lo que quiso San Martín y de lo que luego, a su modo, también querría el mismísimo Alberdi), si alguna vez logramos salir de la decadencia, pese a todas las resistencias por abajo y por arriba de la parte peor de la cultura de los argentinos, la única consigna posible para empezar a lograrlo deberá ser ésta con la que cerramos el artículo: “Serás una república (de forma y de fondo a la vez) o sino no serás nada”.

LOS ANDES



Comentarios