OPINIÓN
La inteligencia, tal como la entendemos hoy, está migrando. Dejando el cuerpo humano para alojarse en las máquinas. El cerebro, por fin, construyó algo que puede prescindir de él. Y en ese giro, la estupidez —humanamente torpe— se convierte en el último refugio de lo biológico. Y de lo político

Por Marcelo Ortega
Aclaraciones previas sobre el significado de las siguientes palabras
La palabra "estúpido" proviene del latín "stupidus", que a su vez deriva del verbo "stupere", cuyo significado es "estar aturdido", "estar paralizado" o "quedar asombrado". En sus orígenes, la palabra no tenía la connotación negativa que tiene hoy, sino que se refería a alguien que estaba en un estado de asombro o confusión. Con el tiempo, el término adquirió un significado más peyorativo, asociado a la falta de inteligencia o entendimiento.
La palabra "imbécil" proviene del latín "imbecillis", que se compone de "im", una forma de "in", que significa "sin", y "baculus", que significa "bastón". Esta etimología sugiere una imagen de debilidad física, ya que se refería a aquellos que necesitaban un bastón para caminar. (Fuente RAE)
A propósito de “Nuevo elogio del imbécil” de Pino Aprile
Hay un instante revelador —casi sarcástico— en el diálogo que Pino Aprile sostuvo con Jorge Fontevecchia. Aprile, el periodista italiano que ahora se atreve a contar la caída de la inteligencia, dice algo así como: “Soy demasiado estúpido para responder a una pregunta tan inteligente”.
Su reciente libro, “Nuevo Elogio del Imbécil” (editorial Gatopardo 2025), tiene la estructura de un ensayo y va directo al nervio social de esta época. Una época, parece decir Aprile, dominada por la estupidez y organizada para premiarla hasta volverla hegemónica.
Borges, decía que “el hecho de que todos compartamos una ignorancia generalizada es uno de los vínculos secretos de la sociedad”. Anticipaba JLB, lo que Aprile confirma con datos, ironía y honestidad brutal: el problema es la transformación estructural de la estupidez individual.
La estupidez como capital social
La hipótesis de Aprile es que, en la sociedad moderna, la estupidez ya no es una falla del sistema. Es un modelo exitoso de convivencia. Una forma de organización que garantiza que nada cambie demasiado rápido, y que el statu quo no se resienta.
Las leyes que propone en su libro son descripciones tremendas de la vida cotidiana: “El tonto vive, el inteligente muere”; “Los sistemas premian al mediocre”; “El imbécil hereda el mundo”. Son leyes que uno podría verificar sin salirse de ningún grupo de WhatsApp, o de Instagram, o del Congreso Nacional (y provincial también), etc.
Nadie sabe adónde va
Una de las frases más inquietantes del libro es la que sugiere que los inteligentes construyeron el mundo, pero los imbéciles lo disfrutan. Y uno no sabe si reír o llorar. O ambas. Porque, aunque sea incómodo admitirlo, en el fondo, nos hemos resignado a eso.
Y aquí es donde la reflexión de Aprile gana densidad: vivimos en una cultura que desconfía del pensamiento, sospecha de la complejidad y odia el matiz. Un sistema donde la obediencia rinde más que la creatividad, donde el conformismo y/o la violencia (como bien señala el autor) siguen siendo la herramienta preferida del estúpido.
No solo hablamos de la violencia explícita, sino de esa otra, más sutil y eficaz: la exclusión
La inteligencia es el problema
En la entrevista con Fontevecchia, Aprile deja caer un bombazo: ¿la inteligencia es una anomalía disfuncional en la sociedad? ¿Es un accidente que el sistema tolera apenas? ¿O es, quizás, un estorbo evolutivo del que la cultura busca desprenderse?
En tiempos donde la inteligencia artificial produce mejores textos que muchos humanos, donde los datos reemplazan la intuición y donde los líderes se eligen por número de seguidores, la pregunta no es del todo descabellada. Si la inteligencia ya no es útil para adaptarse, ¿qué la salvará del descarte?
El autor plantea una idea inquietante: que la inteligencia, tal como la entendemos hoy, está migrando. Dejando el cuerpo humano para alojarse en las máquinas. El cerebro, por fin, construyó algo que puede prescindir de él. Y en ese giro, la estupidez —humanamente torpe— se convierte en el último refugio de lo biológico. Y de lo político.
Dios, o sea, el algoritmo
En otro momento brillante, Aprile denuncia el nuevo gurú de la época: el algoritmo como divinidad irresponsable. El algoritmo decide, ordena, selecciona, premia, cancela. Y nadie se hace cargo. “Lo decidió el algoritmo” se ha convertido en la versión digital de “yo solo cumplía órdenes”.
Y así, la estupidez ya no es solo un fenómeno antropológico. Es una política de Estado, una estrategia de marketing, una condición de ciudadanía. Una estructura rentable que premia al que no pregunta, al que no duda o al que repite.
¿Y ahora?
El libro de Aprile no tiene final feliz. Pero tampoco es un libro desesperanzado. Es, más bien, un llamado a la lucidez. Una voz sutil que dice: si vos seguís pensando, si no te resignas, si aún te preguntas cosas incómodas… tal vez ya estés fuera del rebaño. Eso sí, no lo digas muy fuerte.
La buena noticia —ingenuo optimismo— es que la inteligencia, aunque en vías de extinción, tiene todavía una cualidad que la hace irreemplazable: la capacidad de reírse de sí misma. Y de todo esto escribimos y leemos.
Finalmente, como decía alguien inteligente: “Solo los imbéciles están absolutamente seguros de todo”. Y por eso aún queda esperanza. Aunque sea en minoría.
LOS ANDES
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