OPINIÓN
Dicen que en las quebradas de Ayacucho el viento no es solo viento

Por Iván Nolazco
La nueva Ley de Amnistía en el Perú no solo absuelve a militares y policías acusados de crímenes de lesa humanidad; también entierra, por segunda vez, la memoria de quienes fueron víctimas. La sepulta con el peso de una lápida oficial, y sobre esa lápida escribe la palabra “héroes” para quienes, un día, fueron verdugos.
En esta crónica, un investigador revive el testimonio de una mujer que apareció como un soplo de viento en la comunidad de Erusco, contó su verdad y desapareció, dejando un eco que vuelve cada vez que el país celebra a sus verdugos como salvadores.
Dicen que en las quebradas de Ayacucho el viento no es solo viento. A veces baja cargado de nombres y de pasos, de gritos apagados y canciones que ya no se cantan. Si uno cierra los ojos, puede confundirlo con el murmullo de un río, pero no es agua lo que corre: es memoria. Memoria que no duerme, que busca oídos para contarse antes de que la historia oficial la entierre otra vez bajo decretos y discursos.
Yo lo supe —o mejor dicho, lo sentí— mucho antes de que esa ley fuera aprobada. Lo sentí la tarde en que conocí a la abuela en Erusco, un caserío pequeño y terroso cerca de Cayara, donde el viento baja desde las quebradas trayendo voces que parecen no envejecer.
Llegué allí siguiendo un mapa dibujado a mano, con indicaciones que hablaban de árboles caídos y piedras con forma de llama. Íbamos a levantar un punto de escucha: un lugar improvisado para recoger testimonios de los sobrevivientes del terrorismo y de la represión estatal. No había lujo ni comodidad: un techo de calamina, paredes de madera desigual, un escritorio armado con tablas de descarte y, en el centro, una grabadora pequeña rodeada de cintas gastadas. Era todo lo que teníamos para guardar voces antes de que el tiempo las apagara.
En ese rincón, las palabras no se escribían: se atrapaban en carretes magnéticos. Llegaban en forma de relatos entrecortados, de miradas esquivas, de manos que temblaban sobre las rodillas. Había hombres que hablaban mirando al suelo, mujeres que interrumpían el relato para secarse las lágrimas con la pollera, niños que repetían lo que habían oído de sus padres como si fuera un rezo.
Fue allí donde apareció ella. Nadie la anunció. No venía acompañada. Simplemente llegó, empujada por el mismo viento que a veces hacía chillar las calaminas. Se sentó frente a mí como si supiera que yo la estaba esperando.
—Tata —me dijo con una voz que tenía grietas, pero también firmeza—, en este país hay muertos que caminan mejor que los vivos.
La abuela tuvo once hijos. Hoy, solo viven dos. El primero en irse fue su esposo, una noche en que Sendero Luminoso organizó lo que ellos llamaban “juicio popular”. Lo amarraron a un poste en la plaza, lo acusaron de traidor y lo mataron frente a todos. Las linternas encendidas iluminaron su rostro como si fuera un escenario, y los gritos —forzados o sinceros— actuaron como coro final.
Después vinieron sus hijos, uno a uno, pero esta vez no por la mano de Sendero, sino por la de los militares. Los mataron como ejemplo, para demostrar poder. No había acusaciones sólidas, solo la necesidad de marcar territorio, de sembrar miedo. Los ruegos y las lágrimas nunca ablandaron el gatillo de los criminales vestidos de Estado.
En su memoria, la historia no era una línea recta, sino una quebrada profunda, con curvas donde se escondían nombres de lugares y fechas que se repetían como un lamento. Cada curva guardaba un crimen, y todos juntos formaban un solo río de sangre.
“Accomarca”, pronunció, y en la forma en que lo dijo supe que era un lugar que dolía. El 14 de agosto de 1985, en la quebrada de Lloqllapampa, el Ejército llegó buscando un supuesto centro de adoctrinamiento senderista. No encontraron nada, así que inventaron al enemigo. Encerraron a mujeres y niños en chozas, separaron a los hombres y, tras un silencio espeso, vinieron las ráfagas. Después, las granadas. Sesenta y nueve muertos, veintiséis de ellos niños. Los que escaparon fueron perseguidos y ejecutados en los días siguientes.
—Eso no fue guerra, tata, fue como matar dos veces: una al cuerpo y otra al recuerdo —dijo, y su voz bajó como si la vergüenza ajena pesara más que el dolor propio.
Sus lágrimas caían al hablar de Cayara, mayo de 1988. Allí, un ataque senderista fue el pretexto. Doscientos soldados bajaron al pueblo como si fueran a liberar a alguien, pero no había a quién liberar. Cuarenta y nueve comuneros murieron. Las casas ardieron y los cuerpos se esfumaron, como si el pueblo entero hubiera sido tragado por el fuego. El fiscal que se atrevió a investigar terminó huyendo del país.
Casi sin transición, me habló de Chuschi, 14 de marzo de 1991. El plan había sido simular un ataque senderista para detener al alcalde, al secretario y al teniente gobernador. Los familiares que intentaron interceptar la patrulla fueron atropellados. Nadie volvió a ver a los detenidos.
En voz más baja, como si nombrarlo atrajera desgracias, dijo: Pucayacu, 22 de agosto de 1984. La Marina de Guerra reunió a cincuenta personas. Las torturó y las mató antes de enterrarlas en una fosa común. Un periodista que llegó a preguntar por ellas también desapareció.
Luego vino Putis, 1984. Les hicieron cavar lo que creían sería una piscigranja. Cavaron con la esperanza de criar peces; cavaron, sin saberlo, su tumba. Ciento veintitrés campesinos. La fosa se abrió diecisiete años después, como si la tierra misma hubiera decidido hablar.
Mientras la escuchaba, comprendí que no me estaba contando hechos aislados. Estaba dibujando un mapa invisible de la violencia. Cada pueblo era una parada de una misma procesión, y en cada estación los victimarios llevaban el mismo uniforme y repetían la misma coartada: defendernos del terrorismo.
Después de semanas grabando su voz, un día la abuela no volvió. Nadie en la comunidad supo decirme dónde estaba. Así como había llegado, empujada por el viento, se fue cuando ya había contado toda su verdad. No la vi nunca más. Solo encontré, sobre mi escritorio, una flor de retama.
Pasaron los años. El día que aprobaron la nueva Ley de Amnistía —esa que borra culpas y convierte fosas en medallas—, me dormí tarde, con la radio encendida. Esa noche, la abuela volvió, no en carne y hueso, sino en un sueño. Caminaba por la plazuela de Huanta, y detrás de ella marchaban, en formación perfecta, los nombres que me había dejado: Accomarca, Cayara, Chuschi, Pucayacu, Putis… Eran pueblos convertidos en fantasmas.
Se detuvo frente a mí y, con la misma calma de la primera vez, me dijo:
—Tata… no olvides lo que te conté. Que no digan mañana que no sabían.
Cuando desperté, el eco de sus palabras seguía en la habitación. Sobre mi mesa de noche había otra flor de retama.
Años después de dejar Erusco, una tarde de invierno, abrí la caja de cintas que me acompañó en cada mudanza. La mayoría tenían las etiquetas borrosas, pero reconocí enseguida la que decía: “Voz 7 – Mujer mayor – Cayara”.
Puse la grabadora y escuché el zumbido inicial, seguido de su voz:
—Tata… en este país hay muertos que caminan mejor que los vivos.
El viento de la quebrada se colaba entre sus frases, como si quisiera ser parte del testimonio. Vi sus manos sobre el regazo, la mirada fija en un punto que yo nunca logré ver. Entendí que todo mi trabajo, mis informes y mis viajes eran apenas un intento torpe de conservar algo que ella ya había logrado: guardar la verdad en la memoria de quienes la escucharon.
Apagué la grabadora, pero su voz siguió en mi cabeza, mezclada con el rumor de botas y medallas que todavía marchan por las plazas. Afuera, el viento golpeó la ventana como aquella tarde en que la vi por primera vez. Por un instante creí que si salía, la encontraría sentada en la puerta, esperando.
Pero no estaba. Solo el viento, llevando quién sabe dónde las voces que él mismo había traído.
Hay muertos que no descansan… y vivos que no merecen dormir tranquilos.
Tribuna de Periodistas
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