OPINIÓN
Historia de un continente sin cimientos

Por Iván Nolazco
La metáfora que nos persigue
Desde que James Monroe declaró en 1823 que “América es para los americanos”, se instaló la sospecha de que el sur del continente no era dueño de su propio destino. Estados Unidos asumió el papel de vigilante, y América Latina el rol de territorio vigilado. Durante décadas repetimos que la culpa era del águila imperial que nos sobrevolaba. Y no era mentira. Pero el tiempo también mostró otra cara de la metáfora: somos patio trasero porque no hemos aprendido a construir casa propia.
El patio es útil para el vecino que quiere espiar, pero sobre todo es cómodo para el dueño que nunca termina de poner cimientos, que confunde la improvisación con política, que levanta banderas de justicia y termina enredado en su propia corrupción.
Primeros pasos: amputaciones y concesiones
México, entre 1846 y 1848, perdió la mitad de su territorio frente a Estados Unidos. Fue el primer aviso: la soberanía podía ser arrancada a punta de cañón. Pero también fue el espejo de un Estado que no supo defender su frontera.
En 1856, Nicaragua padeció a William Walker, aquel aventurero que, con beneplácito del norte, se autoproclamó presidente. Lo expulsaron las fuerzas centroamericanas, no un gobierno fuerte. Desde entonces, el istmo aprendió a desconfiar no solo del extranjero, sino también de su fragilidad interna.
El Caribe como advertencia
Cuba pasó de colonia española a protectorado estadounidense en 1898. La Enmienda Platt fue el grillete legal que amarró la isla a Washington. Pero la élite cubana también aceptó, resignada o complacida, ese tutelaje.
Puerto Rico quedó como botín de guerra. Haití y República Dominicana sufrieron ocupaciones militares. Honduras se transformó en “república bananera”, no solo por la United Fruit, sino porque sus propios dirigentes hipotecaron el futuro a cambio de rentas inmediatas.
El patio se consolidaba como un espacio donde la intervención externa era posible porque la debilidad interna la invitaba.
Guerra Fría: el laboratorio y la coartada
Durante la Guerra Fría, Estados Unidos encontró en América Latina un campo de experimentos para frenar al comunismo. Guatemala, con Jacobo Árbenz en 1954, intentó una reforma agraria que fue aplastada por la CIA. Brasil en 1964 y Chile en 1973 padecieron golpes militares con bendición de Washington.
Pero si esos golpes prosperaron fue también porque había generales dispuestos, élites temerosas, sociedades fragmentadas. El Plan Cóndor —esa siniestra coordinación de dictaduras— no fue solo importación yanqui: fue posible porque nuestros propios ejércitos aceptaron convertirse en verdugos.
Nicaragua, El Salvador y Panamá repitieron la ecuación. El águila empujaba, pero los gobiernos locales entregaban la llave.
El siglo XXI: sanciones y espejismos
En este siglo, las botas en la arena fueron reemplazadas por sanciones y bloqueos financieros. Venezuela, Honduras, Bolivia, Cuba, Haití: distintos escenarios de la misma tensión.
Y, sin embargo, incluso donde la presión externa no logró doblegar del todo, las promesas internas se hicieron trizas. Gobiernos que levantaron la bandera de la dignidad popular terminaron atrapados en la telaraña de la corrupción: fortunas inexplicables, clientelismo disfrazado de justicia social, caudillos convertidos en dinastías. El patio trasero no es solo la huella de Estados Unidos; es también la incapacidad de los nuestros para barrerlo y convertirlo en casa.
El patio hoy: excusas y responsabilidades
Decir que todo es culpa del imperialismo es cómodo, pero incompleto. Porque si bien la sombra del norte nunca dejó de estar presente, la pregunta incómoda es otra: ¿Qué hemos hecho nosotros con nuestras oportunidades?
La izquierda, cuando llegó al poder, repitió muchas veces los vicios de la derecha: corrupción, concentración de riqueza, persecución a la disidencia. La derecha, por su parte, se refugió en recetas de dependencia económica. Entre unos y otros, el continente se convirtió en terreno fértil para la injerencia externa, pero sobre todo en tierra cansada de sus propios errores.
El patio que no sabe ser casa
El patio trasero, más que una metáfora de subordinación, es el retrato de nuestra incapacidad. Seguimos viviendo entre paredes ajenas, culpando al vecino del norte mientras en nuestra mesa se pudren los alimentos que nunca supimos compartir.
El águila de Washington seguirá volando, claro. Pero la verdadera tragedia es que seguimos sin levantar casa propia. Somos el continente de los discursos emancipadores que terminan en paraísos fiscales; de las revoluciones que acaban en burocracias corruptas; de las democracias que se corrompen antes de madurar.
Quizás el gran dilema latinoamericano no sea cómo expulsar al imperio, sino cómo dejar de comportarnos como trasero. Porque un patio puede convertirse en jardín, pero solo si hay voluntad de sembrar. Y hasta hoy, lo que hemos hecho —con rara unanimidad entre derechas e izquierdas— ha sido sembrar excusas.
El patio trasero no es solo lo que nos hicieron. Es lo que no supimos hacer.
Tribuna de Periodistas
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