OPINIÓN
Milei, Hitler y la república del pupitre
Por
Iván Nolazco

En la Argentina, las aulas han dejado de ser templos de conocimiento para transformarse en trincheras ideológicas. El caso de una profesora mendocina que comparó a Milei con Hitler desnuda una crisis más profunda: la educación reemplaza la duda por el dogma y, en lugar de formar ciudadanos críticos, fabrica obedientes con consignas prefabricadas.
Dicen que la Historia es maestra de vida. En la Argentina, a veces, la maestra de Historia se confunde con una jefa de campaña. El caso reciente del colegio Américo D’Angelo, en Guaymallén, es una postal de época: mientras los alumnos de 16 y 17 años tratan de descifrar si la inflación es una fórmula matemática o un castigo divino, la profesora, entre tizas y fotocopias, decide que es buen momento para establecer un paralelismo: “Milei es Hitler”. Y lo suelta así, como si en la mesa de luz de cada casa argentina no hubiera ya suficientes titulares incendiarios.
El audio se filtró, las redes estallaron y el barrio Quintanilla de Jesús Nazareno se convirtió, por un rato, en el epicentro de la geopolítica pedagógica. Pero lo verdaderamente inquietante no fue la comparación desmesurada —que se derrumba sola como un estante mal clavado— sino la confirmación de que, en la Argentina, el aula ya no es un aula: es un ring, una tribuna, una trinchera disfrazada de clase.
El atajo pedagógico
Comparar a Milei con Hitler es el atajo perfecto: rápido, efectista, indiscutible para quienes ya piensan igual y aterrador para quienes todavía no tenían opinión. Es el equivalente educativo de usar un meme en vez de un libro: provoca, pero no enseña. La Historia, en cambio, exige otra cosa: contexto, matices, causas y consecuencias. No se trata de absolver a Milei ni de canonizarlo, sino de ofrecer herramientas críticas para que los alumnos comprendan por qué ciertos procesos políticos desembocan en tragedias y otros en farsas.
Pero claro, el camino largo no seduce. Es más fácil entregar una consigna cerrada que abrir un debate real. De ahí que los chicos salgan del aula con una frase tatuada en la memoria: “Milei es Hitler”. Y listo. La crítica histórica se reduce a un eslogan; la enseñanza, a un silogismo chato.
La escuela como escenario de la grieta
No es la primera vez que la educación argentina se convierte en campo de batalla. Desde hace décadas, las aulas funcionan como cajas de resonancia de la política nacional. Se discute menos sobre independencia económica o integración regional, y más sobre si tal presidente es un salvador o un demonio. Los planes de estudio, ya de por sí desactualizados, se transforman en un borrador donde cada profesor anota sus militancias.
El efecto es devastador: los alumnos, que deberían aprender a dudar con método, terminan domesticados en la obediencia ideológica. No se forman ciudadanos libres, sino soldaditos de prejuicio. Y cuando alguno se atreve a disentir, no es evaluado por su razonamiento histórico, sino por su grado de obediencia al catecismo de turno.
El silencio institucional
El otro costado de la historia es el mutismo de las autoridades. Ni la escuela ni la Dirección General de Escuelas han emitido un comunicado claro. El manual argentino frente a la polémica es siempre el mismo: hacerse el distraído, esperar que la tormenta pase y confiar en que otro escándalo ocupará los titulares. Así, se naturaliza la confusión entre opinión política y enseñanza académica.
El verdadero debate debería ser otro: ¿cuál es el límite entre la libertad de cátedra y el adoctrinamiento? ¿Dónde termina el análisis histórico y empieza la militancia? ¿En qué momento la tiza deja de escribir fechas y empieza a dibujar eslóganes?
Una paradoja argentina
El caso desnuda la gran paradoja de la educación argentina: presume de pluralista, pero cultiva el dogma; dice formar críticos, pero fomenta repetidores. En nombre de la democracia se fabrican tribunas y, en nombre del pensamiento libre, se levantan alambrados ideológicos. El pizarrón ya no es un espacio de reflexión, sino un muro donde cada cual escribe su grafiti.
Y así llegamos al punto más triste: los alumnos dejan de confiar en la escuela como lugar de conocimiento. Si cada clase depende del color político del profesor, ¿qué garantía tienen de que lo aprendido sea algo más que una arenga disfrazada de lección? La educación pierde autoridad moral y, con ella, se erosiona uno de los últimos espacios donde el país podría, al menos, sembrar algo distinto al escepticismo.
La moraleja
En los cuentos antiguos, siempre había una moraleja al final. Y la de esta fábula contemporánea es brutal: en la Argentina, los maestros ya no enseñan Historia, sino su versión de la historia. Los alumnos no aprenden a analizar, sino a repetir. Y la sociedad, en vez de ciudadanos críticos, recibe egresados que saben comparar cualquier cosa con Hitler, pero no diferencian una inflación del 3% de una del 300%.
Al final del día, lo que más debería escandalizarnos no es la exageración de una profesora ni el audio viralizado. Lo verdaderamente trágico es que hemos naturalizado que el aula sea un comité con pupitres. Y en ese comité, los únicos que siempre pierden son los chicos.
Moraleja final, en clave de fábula argentina:
Quien siembra dogmas en el aula, cosecha obedientes.
Quien siembra preguntas, cosecha ciudadanos.
Y por eso, en la Argentina de hoy, sobran obedientes y faltan ciudadanos.
Tribuna de Periodistas
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