ALARMARSE ¿DE QUÉ?

OPINIÓN

Cuando el dólar orillaba la cota inferior de la banda y se movía entre los $1.150 y los $1.200, todos se rasgaban las vestiduras aduciendo que así la Argentina era poco competitiva y que el tipo de cambio estaba claramente atrasado

Por
Vicente Massot

Pero, a poco de que pasara los $1300 y, por espacio de algunas horas, trepara hasta acercarse a la cota superior de aquella banda, buena parte de esos mismos políticos, economistas y opinadores del montón argumentaron que era una muestra palpable del fracaso del plan económico.

No faltaron —claro— los que en su desesperación para que a los libertarios les vaya mal, predijeron una corrida hacia la divisa norteamericana, y el inevitable estallido de una crisis cambiaria similar a las muchas que hemos visto en el curso del último medio siglo.

Por supuesto, no había razones para alarmarse. En un mercado de divisas libre, el que en determinados momentos el dólar suba no tiene nada de extraño. Ni la gestión económica implementada por el dúo Milei-Caputo entró en una zona de turbulencias, ni existen motivos para echar mano a los salvavidas. Lo cual no quita que hayan sido perceptibles ciertos desajustes en el equipo de Toto ni que era previsible que algunas expresiones del titular de la cartera de Economía pudieran volverse en su contra.

Si el presidente y algunos de sus colaboradores más estrechos tomaran nota que la incontinencia verbal es mala consejera, correrían menos riesgos. No obstante, pretender que, a esta altura de su vida, Javier Milei cambie su personalidad es algo así como soñar despierto.

Como quiera que sea, sucedió cuanto se había anticipado. El dueño temporal de la Casa Rosada cumplió la promesa hecha pública semanas atrás y vetó, sin demasiados miramientos, las leyes que consagran el aumento de las jubilaciones, la moratoria previsional y la referida a la emergencia en discapacidad. No existía ninguna posibilidad de que el primer magistrado obrara de manera diferente.

Considerando cuál es la piedra angular de su estrategia gubernamental y en atención a las elecciones que se hallan a la vuelta de la esquina, nada que pusiera en tela de juicio el superávit fiscal iba a ser negociado. Respecto del tema, la consigna mileísta es tolerancia cero.

En esto lleva razón. Los diputados y senadores que le confirieron categoría de ley a aquellas iniciativas son —salvando a unos pocos, que se cuentan con los dedos de una mano—un conjunto de ignorantes o de irresponsables, o las dos a cosas a la vez. De lo contrario, no se entiende cómo pueden haber votado semejantes leyes que —claramente— horadan el enorme esfuerzo hecho por la administración libertaria en punto a reordenar las cuentas públicas y consolidar el superávit fiscal, de manera ininterrumpida y por espacio de diecinueve meses.

Quien con un mínimo de honestidad intelectual, pase revista a los números en cuestión se dará cuenta, más temprano que tarde, que si acaso el veto fracasase, el año próximo el oficialismo o bien debería crear nuevos impuestos o bien tendría que desempolvar la máquina de hacer billetes. No contentos en su afán de poner un palo detrás de otro a las ruedas libertarias, han redoblado su esfuerzo y están a punto de presentar nuevos proyectos de financiación genuina imposible.

Todo hace suponer que las voluntades que necesita el gobierno a los efectos de blindar los vetos fulminados por el presidente se harán presentes el día de la votación. Lo que resulta imprescindible tener en cuenta en una circunstancia como la presente —donde está en juego la clave de bóveda de la arquitectura política gubernamental— es la composición de lugar que se hacen todos aquellos gobernadores, senadores y diputados que no militan en el kirchnerismo furioso.

Si se les preguntase en petit comité, asegurándoles que su opinión no sería ventilada a los cuatro vientos, quién creen ellos que ganará en los comicios que se substanciarán en octubre, la totalidad diría que el ganador será La Libertad Avanza. Por lo tanto, la lógica indica que tenderán a alinearse de manera explícita —como lo acaban de hacer los seis diputados radicales que harán causa común con la bancada gubernamental— o implícita con aquellos que tienen las mayores posibilidades de salir airosos en las elecciones venideras. En buen romance, nadie que no sea un político testimonial desea quedar del lado de los perdedores.

Hay dos ejemplos que vale la pena traer a comento, demostrativos de lo expresado más arriba. Tras muchas idas y venidas y en medio de un mar de conjeturas, chimentos y especulaciones poco afinadas, el Pro y La Libertad Avanza terminaron de ponerse de acuerdo en la capital federal y marcharán juntos en pos de las urnas. En realidad, los amarillos no tenían otra opción que no los dejara marginados a perpetuidad de las grandes ligas.

Después de la estruendosa derrota que sufrió en el pasado mes de junio en su baluarte por excelencia, el partido liderado por Mauricio Macri sabía que, en caso de ir en soledad al acto comicial de octubre, lo más seguro es que saliese tercero, detrás del peronismo kirchnerista. Luego de un primer revés había quedado maltrecho. Si sumaba —en menos de medio año— otro golpe de knock out, desaparecería de la escena. Conclusión, primó el sentido común y va como furgón de cola en una alianza ganadora.

Las declaraciones del gobernador de Salta conocidas ayer —que tácitamente han hecho suyas sus pares de Jujuy, Entre Ríos, Catamarca y Mendoza— representan un indicio indisimulable de que su intención es también cerrar filas con el oficialismo nacional. Claro que, como lo hacen desde una posición de fuerza distinta de la del Pro, lo que aquellos mandatarios provinciales han expresado es que “la lealtad es una avenida de ida y vuelta”. Esto supone recordarle a Milei que lo han acompañado hasta aquí en todas las paradas difíciles que debió sortear y que están dispuestos a seguir el mismo camino, a condición de recibir algo a cambio del Tesoro nacional.

Lo que falta por ver es cuán generosos serán en la secretaría de Hacienda a la hora de abrir la billetera.

Conocidos los partidos que dirimirán supremacía en septiembre en el ámbito bonaerense y los candidatos que los representaran en cada una de las ocho secciones electorales en las que se divide la provincia más poblada del país, la pulseada que asoma en el horizonte tiene características únicas por su valor mostrativo.

En una situación diferente de la que atravesamos, unos comicios legislativos de carácter local en Buenos Aires hubieran pasado desapercibidos o —en su defecto— poca incidencia habrían tenido sobre la política nacional. Pero en este caso, en el inconsciente colectivo late la sensación de que aquel que se lleve la victoria dentro de treinta días,

también resultará triunfador en octubre. El razonamiento no es necesariamente exacto porque bien podría ocurrir que, de las dos fuerzas excluyentes — La Libertad Avanza y el kirchnerismo—, una ganase en septiembre y la otra lo hiciese un mes y medio más tarde. Sin embargo, la vox populi se hace escuchar fuerte en todos lados y es menester tenerla en cuenta. Por eso, en las tiendas de campaña de los dos frentes enemigos se preparan como si estuviesen a punto de jugarse la vida.

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