OPINIÓN
El estreno que hizo ruido en la taquilla y en los despachos

Por Iván Nolazco
El 14 de agosto de 2025, mientras en las oficinas refrigeradas del INCAA todavía se discutían planillas de costos y memorias justificativas de festivales fantasmas, Guillermo Francella arrasaba en la taquilla con una película que no le costó un peso al Estado. Homo Argentum, una comedia antológica privada, nacida sin subsidios, vendió más de 400.000 entradas en su primer fin de semana.
La paradoja es irresistible: en un país donde durante décadas se filmaron películas que solo vieron cuatro personas —y tres de ellas eran parientes del director—, la obra que apostó por el riesgo privado y el pulso del público terminó devorando en la boletería a toda la maquinaria subsidiada del “cine nacional”.
El INCAA y sus fantasmas
El Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales debería ser la catedral del séptimo arte argentino. Sin embargo, se convirtió en un organismo con más expedientes que películas, más empleados que espectadores y más litigios que estrenos. Subsidios a proyectos inconclusos, concursos donde el dinero se evaporó como magia kafkiana, festivales internacionales donde la bandera argentina flameó ante auditorios vacíos y dietas pagadas en dólares.
Mientras tanto, películas filmadas con fondos públicos se estrenaban en cines periféricos a salas vacías, con la crítica celebrando la “poesía minimalista” de escenas donde no pasaba nada durante veinte minutos. El espectador argentino, ese bicho raro que paga la entrada, brillaba por su ausencia.
El pecado de existir sin subsidio
En este escenario, Homo Argentum nació casi como un acto de rebelión. Sin licitaciones, sin carpetas selladas con membrete oficial, sin apelaciones al “cine de resistencia cultural”, Francella y el dúo Cohn–Duprat hicieron lo que parecía imposible: producir una película con inversión privada y devolver esa inversión multiplicada en la taquilla.
El escándalo no está en la taquilla, sino en lo que significa: que el público sí existe, que las salas pueden llenarse, que el cine argentino puede convocar si habla un lenguaje reconocible para la gente común y no solo para los programadores de Rotterdam. Que no hace falta la bendición del INCAA ni el maná de los subsidios para que el espectador se sienta convocado.
El público frente al espejo
El gran golpe de Homo Argentum es que se ríe del argentino… pero el argentino corre a pagar la entrada para reírse de sí mismo. En esas dieciséis viñetas, Francella es todos: el vivo criollo, el paranoico de la inseguridad, el padre celoso, el turista estafador, el oficinista hipócrita, el hincha desencantado. No hay moraleja edulcorada ni bajada de línea ideológica: solo un espejo sucio en el que todos nos reconocemos con vergüenza y carcajadas.
Y esa risa compartida es la que faltaba en las películas financiadas por el Estado, demasiado preocupadas en “explicar la identidad nacional” con planos de vacas pastando al amanecer. Mientras el cine oficial perseguía abstracciones para jurados europeos, Homo Argentum llenó salas con lo más concreto de todos: el ego, la trampa y la picardía local.
El velorio del cine subsidiado
No se trata de matar al cine independiente ni de clausurar las ayudas estatales, pero sí de admitir una evidencia brutal: el subsidio se volvió coartada de ineficiencia y clientelismo. Productoras que desaparecieron con los fondos, películas que nunca se estrenaron, talleres que no formaron a nadie, críticas que alababan lo invisible para justificar lo injustificable.
Homo Argentum no es la mejor película argentina de la historia, pero sí es la que llegó en el momento justo para mostrar el contraste. Como esos espejos deformados de las ferias, su éxito revela la ridiculez del aparato estatal que durante años convenció a todos de que “el público no importa, lo esencial es la obra”.
El coro de los indignados
El éxito desató un fenómeno paralelo: la larga lista de artistas indignados. Actores, guionistas, directores, productores y hasta críticos que durante años vivieron cómodamente de la teta del subsidio salieron en fila a cuestionar a Francella.
Las declaraciones se multiplicaron en redes sociales y suplementos culturales:
Que la película era “comercial” (como si eso fuera pecado mortal).
Que recurría a “estereotipos” (los mismos que ellos usan en obras que nadie ve).
Que “no representa la identidad nacional” (justamente porque, por primera vez, la gente sí se siente representada).
Curiosamente, la mayoría de los indignados son los mismos nombres que durante el kirchnerismo fueron habitués del INCAA, del Ministerio de Cultura y de programas especiales. Muchos recibieron presupuestos millonarios para rodajes que se perdieron en la nada o se estrenaron en festivales de madrugada, donde las butacas estaban ocupadas por jurados invitados con viáticos en dólares.
La indignación, en realidad, no es contra Francella ni contra Homo Argentum: es contra la evidencia de que el público puede darle la espalda al cine oficialista sin culpa. El enojo brota porque el modelo que justificaba sueldos, viajes y producciones opacas quedó desnudo frente a la risa popular.
Una lección incómoda
El día del estreno, los números fueron más elocuentes que cualquier editorial: medio país en las salas y el otro medio en shock. El INCAA no sabía si felicitar a Francella o iniciar un sumario interno por competencia desleal. Los críticos de la “alta cultura” se indignaron porque el pueblo prefirió pagar por una sátira de sí mismo antes que por una epopeya de cámara lenta sobre la soledad en la Puna.
En el fondo, lo que Homo Argentum demostró no es que Francella sea genial —aunque lo es—, sino que la argentinidad sigue siendo un espectáculo rentable cuando se la trata sin solemnidad. Y que tal vez el verdadero monstruo de este país no está en la pantalla, sino en las instituciones que, cargadas de subsidios y blindadas por artistas alineados, olvidaron la misión más elemental del cine: ser visto.
Tribuna de Periodistas
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