OPINIÓN
Para expresidentes con deuda activa
Por Iván Nolazco
Hay condenas que no hacen ruido, pero oxidan igual. Cristina Fernández de Kirchner, mujer de palabras filosas y multitudes fieles, ahora cumple arresto domiciliario en un departamento de Constitución que alguna vez fue centro de comando y hoy es apenas un punto en el mapa judicial.
La expresidenta no cayó por un golpe ni por un escándalo explosivo. Cayó por algo más simple y duradero: por los documentos. La Corte Suprema confirmó la sentencia y la Justicia, en un gesto entre legalista y poético, le permitió cumplir la pena en su casa. Con tobillera. Con custodia. Y con condiciones.
Tres reglas. Tres.
Primera lección: no salir, ni por error, ni por nostalgia
La primera regla de su nueva vida es clara: no puede abandonar su domicilio sin autorización judicial expresa. Ni una escapada al almacén, ni una misa, ni una reunión clandestina con viejos compañeros de ruta.
El domicilio es prisión. La libertad es trámite.
Para quien fue presidenta dos veces, senadora, líder de un movimiento y abanderada de las causas populares, el encierro no es solo físico: es simbólico. Ya no puede abrazar multitudes ni improvisar discursos desde el balcón.
El balcón, ahora, es un límite.
Y eso duele más que la condena.
Segunda lección: no molestar al barrio, ni con banderas
La segunda regla le exige mantener la paz del vecindario. Nada de actos, bombos, vigilias ni arengas. Cristina debe evitar que su figura convoque ruidos que interrumpan el derecho sagrado del descanso urbano.
Así, el histórico departamento de San José 1111 se transformó en un lugar sin liturgia, sin cantos, sin fervor.
Quien alguna vez fue recibida como santa popular, hoy debe asegurarse de que sus seguidores no canten demasiado fuerte.
Porque el silencio, para la Justicia, también es un derecho humano.
Tercera lección: visitas con nombre, apellido y justificación
La tercera condición suena burocrática, pero pesa: solo podrán visitarla quienes estén previamente autorizados. Familiares, abogados, médicos. El resto, afuera.
Los abrazos, desde ahora, tienen que estar registrados. Los encuentros, programados. No hay espacio para la espontaneidad en una prisión reglamentada.
En algún rincón del archivo, alguien tiene un Excel con los nombres de quienes aún pueden tocarle el timbre.
Y más de uno, que alguna vez compartió palco, discurso o mate, quedó fuera de la lista.
El capítulo fiscal: Cristina, deudora de su propia patria
Pero lo que transforma este relato en farsa es el dato escondido en los despachos de la ARCA: Cristina Kirchner tiene una deuda millonaria con el Estado argentino.
Cobró jubilaciones y pensiones incompatibles durante años.
Y no es una cifra simbólica. Son millones reales.
Que el Estado, al que alguna vez mandó con puño firme, ahora le exige que devuelva, peso por peso.
La paradoja es grotesca: la mujer que denunció al FMI por saquear al país hizo de la corrupción su mejor aliada, y hoy aparece en los registros como morosa, no ideológica, sino contable.
Mientras tanto, la Nación le paga la custodia y le cobra sin intereses.
Un encierro más amplio que una celda
Cristina no está sola. Pero tampoco está libre.
Y tal vez, en sus silencios de ahora, repase no solo las traiciones, sino también los excesos, los abusos, los olvidos.
Porque toda épica que no se revisa a tiempo termina convertida en expediente.
Y eso, incluso para quien se creyó eterna, es una forma de derrota.
Ironía final (de esas que ya ni indignan)
Algún día, quizás, le llegue un mail automatizado del Estado notificándole que el monto de su deuda previsional ha sido actualizado con intereses.
Tal vez lo vea desde el celular, mientras el dispositivo en su tobillo parpadea.
Quizás el mismo Estado que le pide que devuelva millones le siga depositando su pensión “por error administrativo”.
Y tal vez ella, sin asombro, lo acepte. Porque, al fin y al cabo, en la Argentina nadie renuncia a lo que la patria le otorga.
En el mejor de los casos, algún juez con una cuota de cinismo y otra de realismo la autorice a salir a dar una vuelta por el barrio.
Y mientras camina por Constitución, entre vendedores ambulantes, militantes en pausa y jubilados que no llegan al 15 del mes, alguien le grite:
—¡Gracias por todo, Jefa!
Ella, sin apuro, levanta la mano.
No dice nada.
Porque la ironía más brutal no necesita palabras: es cobrarle al Estado… lo que todavía no se terminó de robar.
(Tribuna de Periodistas)
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