OPINIÓN
Hay momentos en la historia de un país en los que el silencio institucional no es prudencia, sino complicidad

Por Dani Lerer
Momentos en los que la Justicia no puede refugiarse en tecnicismos ni plazos administrativos. Momentos en los que el peso de una firma no es sólo jurídico, sino también ético. Y la Argentina está atravesando uno de esos momentos.
La Corte Suprema tiene en sus manos una causa que ya fue debatida y sentenciada en dos instancias: la condena a Cristina Fernández de Kirchner por corrupción en la causa Vialidad. El expediente está listo para ser resuelto. No falta nada. Todo está dicho, probado y escrito. Lo único que resta es una decisión. Y esa decisión no puede ni debe dilatarse más.
¿Por qué? Porque si la Corte no confirma antes del 19 de julio la condena a Cristina, quedará abierta la puerta para que sea candidata en la Provincia de Buenos Aires. La ventana legal está. Pero lo que está en juego no es un tecnicismo electoral, sino algo mucho más profundo: la decencia del sistema democrático. La salud moral de la república. La idea de que quienes han usado el poder para enriquecerse personalmente deben rendir cuentas.
No se trata de proscripciones. Nadie inventó causas. Nadie obligó a nadie a montar una matriz de corrupción durante más de una década. Los hechos ocurrieron, los tribunales los juzgaron, las condenas llegaron. Lo que falta es lo más importante: la confirmación final, la señal contundente de que no hay impunidad para nadie, ni siquiera para quienes manejaron el Estado como si fuera una empresa familiar.
Los argentinos estamos mirando. No con expectativa política, sino con hambre de justicia. Porque si después de todo lo que vimos, leemos y sabemos, Cristina puede volver a postularse, entonces el mensaje será devastador: en la Argentina se puede robar, manipular, someter a las instituciones, y aun así volver. No hay consecuencias. No hay ley.
La Corte no elige el calendario, pero tampoco puede ignorarlo. Tiene en sus manos una causa emblemática y una fecha límite. No se le pide un fallo político, se le exige una decisión jurídica clara, oportuna y firme. Lo contrario sería inadmisible.
Señores jueces de la Corte: no se equivoquen de rol. Ustedes no son equilibristas del poder. Son el último resguardo de la legalidad. La sociedad los observa. La historia también. Sean dignos del cargo que ocupan.
(Tribuna de Periodistas)
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