OPINIÓN
Por estos tiempos, simulamos ser más sensibles que un Hada Madrina en película de Disney, pero vivimos en estados exasperantes
Por Walter R. Quinteros
Cuando era un pequeño vecinito del barrio, sacaba la pelota de fútbol para jugar después de hacer los deberes. Bastaba que la hiciera picar dos veces en la vereda, me llevara los dedos a la boca y silbara para un lado de la calle, luego para el otro, y aparecían los canallas de siempre. Si éramos más de ocho, convenía ir hasta el "campito", donde teníamos más espacio para correr, y para que nadie nos escuche insultar. En aquella época, decirle globo al gordo, lápiz al flaco, tizón al negro, churro crudo al rubio, y enano al petiso, no hacía ruido, soltábamos risas y nada más.
Pero hoy, cada palabra que decimos y la forma en que nos comunicamos, parecen generar un alto conflicto, y nos tildan de que somos inadaptados o simples ignorantes porque tenemos un pensamiento y desenvolvimiento totalmente diferente al resto.
A aquellos niños "malcriados", hoy se los llama antisociales. Ya no podríamos decirle al que no usaba medias "patas en ayunas", mientras nos apostaba dos paquetes de figuritas a que nos hacía un "caño" con la pelota. Y al "cara 'e trompo" que era un diccionario de insultos, hoy daría motivos suficientes para que lo encarcelen, y pobre del orejudo "puerta de Bedford abierta", que se limpiaba los mocos en nuestra ropa. Pero cosas así nos divertían.
Por estos tiempos, simulamos ser más sensibles que un Hada Madrina en una película de Disney, nada más para que los compañeritos de nuestros hijos en la escuela no les hagan "bullying" en el aula o en los recreos. Nada más. A los docentes los llenamos de improperios de arriba a abajo por no controlar el comportamiento de esa pandilla de indiecitos despreciables.
Hoy, ¿podemos opinar y pensar distinto?
No, y en política menos, le saltan a la yugular al opinador y normalmente se lo menosprecia y si es posible, se lo agrede con lo que se tiene a mano. Lo que se tiene a mano puede ser desde un teclado, un celular, un mensaje, una piña, un insulto, se le muestra títulos, y hasta el pedigree familiar ya que estamos, porque por aqui, se creen que el otro es menos que uno.
En el artículo "Qué significa tener buen gusto", Paloma González nos dice que: Una persona sin buen gusto es una persona arrogante, que humilla o que trata mal a quienes considera que están por debajo de él, es una persona sin empatía y sin amabilidad, y que no sabe cómo comportarse o manejarse correctamente. O sea, estamos rodeados de gente sin buen gusto.
Miremos la realidad
Un señor sale de la iglesia después de oír misa, golpearse el pecho y pedir perdón tres veces antes de ver a su amante, pero se encuentra con su auto rayado y putea en cuatro idiomas ¡Me cachendiez! ¿Creemos que podemos ser mejores seres humanos con el solo acto de tratarnos con el mayor de los respetos? ¿Por vestir uniforme? ¿Traje cruzado con corbata de seda y zapatos charolados? ¿A eso apuntamos cuando hablamos de ser personas finas y bien educadas? Txoriburu.
Un presidente le dice a su Ministro de Guerra que tenga a bien confirmar los códigos. Éste se los confirma empezando con una frase que realza el alta estima, respeto y subordinación que entre los dos altos funcionarios de una nación debe existir. Se agradecen la deferencia y consideración que tienen por la causa, y aprietan el botón que les mandará sus mejores saludos al enemigo. Y los misiles que destrozarán vidas humanas, sueños, proyectos y ciudades, surcarán los cielos con sus coronas de muerte. ¡Qué educación! ¡Qué buen gusto! ¡Que delicadeza!
Tiempos felices eran aquellos en que saldábamos nuestras cuentas a la salida del colegio sin que se entere nadie, ni se desparramen los plumines y la tinta en las veredas. Por estos tiempos, no tenemos tantos buenos modales. Ni códigos. Uno es como es.
Intente, amigo lector, de vestir la armadura de caballero templario y anímese a conducir su vehículo en horas pico por nuestras ciudades, y trate de llegar a horario bañado en agua bendita, sin que nadie se acuerde de lo buena de su madre y el capullo de su hermana. Imposible.
Ni hablar de quedarse quieto y mudo en un estadio rodeado de vikingos vestidos con los mismos colores de su camiseta. ¡Qué atropello a la razón!
Ni entre amigos, rodeados de botellas de cerveza y otras cosas, cantando canciones de guerra mientras hacen "fondo blanco", y viene uno a decirle al oído que "allá, se la están cantando".
Mucho menos va a respirar paz y tranquilidad en una familia donde se disputan la partición de bienes de la mami fallecida que tejió sus escarpines con una enorme sonrisa. Vivimos en estados exasperantes.
También se publica hoy en este medio, un artículo de la periodista chilena Isidora Correa, que habla sobre la epidemia de la soledad de los hombres, y aunque no hace demasiada referencias sobre este tema de nuestras violencias cotidianas, creo que cada vez las personas somos más irracionables al hablarnos y, por tal razón nuestras relaciones se deterioran y elegimos la soledad.
Dice Andrés Zavattieri en el diario Los Andes, que cada vez es más frecuente tratarnos sin el respeto que toda persona merece. Se entiende que en nuestro país el insulto suele tomarse como un halago, "qué hijo de p… qué bien que la hizo", "che bolú… ¿venís?" O sino también el insulto a flor de boca para decir cuánto te interesa o deja de interesar un tema. O peor aún cuánto le importa la opinión de otros, como por ejemplo "para mí es así y si no le gusta me chupa un hue.. lo hago igual". Es verdad, aunque también creo que por respeto, elige quedarse corto.
Pero ahora toquemos otro tema; ¿Qué vemos y oímos en los medios de comunicación? Que muchos de los conductores de los programas se dirigen a su público muy lejos de lo que uno llama buenas costumbres. Eso va generando tal vez, algún tipo de violencia. Es decir, entraron a nuestros hogares con su carga de irrespetuosidad en nombre o no, del rating. Divinos los cosos.
Para que en toda la película de Disney nos sintamos como el Hada Madrina buena, debemos comunicamos con respeto, porque demostrar respeto siempre genera algo bueno en el otro. Y nuestras palabras y actos también, aunque les pese a los demás que pensemos totalmente diferente a ellos. Iván Lins, en el artículo "La celebración de la vida y el tiempo en 'Abre alas'", nos dice: "Nosotros no éramos asi, no éramos asi, no".
No se si viene al caso, pero recuerdo una anécdota en Cruz del Eje, del día en que ganó la presidencia mediante el balotage Javier Milei. Era el día de mi cumpleaños, yo había caminado por todos los lugares de votación, había saludado a todas las autoridades de mesa, les brindé a todos lo más que pude ofrecerles. Luego de conocer los resultados fui al bar, pedí un whisqui, mis amigos peronistas me felicitaban finalizando la frase con el típico insulto cordobés. —"Tanta elegancia junta en cada saludo, no se consigue así nomás". Les respondí a cada uno.
Vuelve la burra al trigo; Cuando era chico, mientras jugábamos al fútbol, les ponía sobrenombres a todos mis amiguitos, los insultaba a los gritos y les cepillaba los tobillos a patadones, pero luego íbamos a casa y tomábamos mate cocido juntos. Y entre todos, tratábamos de llenar un álbum de figuritas fulbito, sea de quién sea, porque había que conseguir otra pelota. El objetivo nos unía.
Pero aquí y por estos tiempos, parece que eso de empujar todos juntos no se entiende ni se practica. Cada uno con su librito o grado de instrucción muestra su irascibilidad, dispara sus misiles sin medir consecuencias, porque vivimos en estados exasperantes.
Para cerrar
Había veces en que mi abuela vasca me llamaba desde la vereda asi; ¡Txoriburu, txoriburu! Yo sonreía porque tenía una abuela malhablada y eso, me hacía un niño feliz.
PD: La palabra "Txoriburu" (se pronuncia choriburu) proviene del euskera "txori" (pájaro) y "buru" (cabeza). A la hora de calificar a alguien de 'txoriburu' estamos diciendo que es un cabeza de chorlito.
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